lunes, 31 de diciembre de 2012

Querido 2012

Querido 2012:

Yo no creía en estas cosas. No creía en la gente cuyo correo acababa en dos cifras recordando un año de su vida. No creía en la Generación del 27 ni tampoco en el Mundial 94. Yo no creía en los números hasta que te conocí, 2012.

Y ahora que te conozco intentaré amarte de la mejor forma: dejándote escapar. Porque es la libertad la que hace grande al amor. Y yo te he vivido y te he besado. Te la he metido hasta el fondo y he dejado que te cueles por todos mis poros, querido 2012. He cumplido los sueños más elevados que tenía, y algunos de los más oscuros.

He llegado a algunas de mis cumbres humanas, personales, académicas. He estado en todos los lugares que he querido, he sido muy libre y me he tenido a mí mismo para compartirme. La vida que le damos a los demás es la que realmente vivimos, y por eso este 2012 ha sido grande, porque lo he vivido con los demás y no sólo conmigo. Porque ha tenido 6 meses de salvaje felicidad y otros 6 de abnegada entrega, ha sido la mezcla perfecta entre lo que un hombre quiere hacer y lo que un hombre debe hacer. El tándem que conduce hacia adelante. He sabido llorar y reír, he bebido y vivido hasta extenuarme. Me he aburrido y me he esforzado.

Te echaré de menos, pero volveremos a encontrarnos en algún lugar. En libros pequeños y ocultos, en los sueños que siempre quedarán guardados como hojas secas, nos veremos las caras cuando alguien abra una botella, o cuando ella me bese con el sabor de aquella primavera en la que fui el Rey de Mundo o del otoño en el que fui una hoja al viento.

Querido 2012, nunca te estaré lo suficientemente agradecido por que me hayas pasado por encima, por que me hayas dejado huella. Cerraré la puerta despacio en cuanto te eches a dormir, me iré en silencio y sin mirar atrás, porque en la próxima habitación hay otros 365 días que tengo que gastar hasta reducir a cenizas que perfumen la vida. Y la vida es maravillosa, volveré para contartelo.

lunes, 17 de diciembre de 2012

El fin del mundo

Entonces
(en ese entonces, que ya no habrá más entonces)
acontecerá el fin del mundo
y diremos:
"Tuvimos un entonces, tuvimos un principio
y ahora no tenemos más que el final
que es esta lluvia negra,
porque fueron negros nuestros zapatos;
que es este cielo gris,
porque gris es el hormigón que habitamos;
que es este fuego rojo,
como todos los postres que compartimos;
que es este río azul,
como azules las mañanas escapadas."

Entonces
(en ese entonces,que será el último entonces)
cuando acontezca el fin del mundo,
nosotros, unidos, diremos:
"Qué vendrá después, qué tendremos;
tendremos ya la eternidad para recordar
que una vez nos creímos eternos
abrazados bajo ese árbol,
inquietos en una fotografía detenida
mientras a lo lejos se ponía el Sol"

Entonces
(en ese entonces, que acabará en los labios)
nos reiremos del fin del mundo,
cantaremos:
"Nuestro reino no es de este mundo,
nuestros entonces son partituras,
somos únicos siendo iguales,
porque en cada rincón de este globo
que ahora se resquebraja
(azules las mañanas, detenidas las fotografías)
alguien como nosotros cierra los ojos, y en el siguiente entonces
los abre de nuevo
y el mundo vuelve a empezar."

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Fukushima, mon amour

La noche que yo quiero contigo no conoce de estrellas más que la tremenda explosión de helio y sirope, la antimateria alrededor del agujero negro. Llevas la bomba atómica en las entrañas, no de hormigón ni de agua hirviente, sino del breve hilo con el que nos tejes porque yo no sé coser y ya me habría perdido a pesar del brillo de mi pijama, ya me habría perdido, minotáurico, sin el cable de hierro que me echas a la mano y en ocasiones al cuello. La noche que yo quiero contigo revienta en mil colores sin violencia, revienta en silencio y a puro grito, para que nadie salga volando de este bosque, para que el nórdico que nos cubre (testigo de un círculo y de un tiempo polares) cubra también el presente pero no el pasado ni el futuro. El pasado fue central nuclear, cuadriculado e inaccesible protegiendo el núcleo donde, inestables habitan las partículas elementales en las que nada sucede sin control, mientras las olas rompen contra la pared los días de tormenta y sopla la brisa calmada cuando hace sol. El futuro será electrón, de carga negativa e infinitesimal. El presente es un bosón, impredecible, que dota de masa a todos los cuerpos con los que contacta. Así, son posibles nuestros abrazos y no son sólo de aire, así es posible que me esquives los besos y las manos y no sólo gires en órbitas elípticas en el vacío.

 La noche que yo quiero contigo no se parece en nada a todas las anteriores y a la vez es angustiosamente similar, porque es fría y carente de verano intrínseco, es de un invierno sublime de esos que invitan a una reacción en cadena, de esos que no aceptan la fusión fría y necesitan que se libere toda la energía, que la entropía nos deje derribados por los rincones de la habitación, que se hagan visibles los corpúsculos y choquen, indómitos de la ciencia, siempre súbditos del quizás pero no de la certeza, certeza que nos repele como si compartiésemos carga y nos lanza hacia el infinito, hacia otros núcleos diferentes, isótopos, representando el elemento que podríamos ser, similares, pero almacenados en extremos lejanos de la tabla, y siempre esperando algo imposible: que un protón salte de hacia un orbital superior y, deshaciendo la calma preestablecida, barramos a millones de grados los edificios del centro de la ciudad y esta colina desprotegida, se despierte el huracán nuclear y aunque al apagar la hoguera sólo quede ruinas, en las retinas de quien mirase se grabe a fuego el brillo inalcanzable que conseguiremos.

viernes, 26 de octubre de 2012

Born to run

Empezar, y seguir. Forrest lo vio todo mucho antes. Y corrió, y corrió. Forrest había nacido para correr, yo no. Ya nací para otras muchas cosas a las que nunca me dedicaré, pero ahora corro. Y corro, y corro. Sin una gorra roja, sin salir de Alabama. Corro por Zamora, corro por Salamanca. He corrido en La Habana por el Malecón bajo una tormenta tropical. He corrido por la playa en Varadero con el atardecer más espectacular que recuerdo.

 Empezar, y seguir. No me siento especial. Otros corren más que yo, algunos corren mucho menos. No dedico mi vida a mis piernas, y ellas tampoco me devuelven nada. Sólo sé que algunas veces cuando corro, y está lloviendo, o corro y hace 35ºC, o corro y escupo, o corro y llego de la mano a la meta, después, sólo después, siento que he hecho algo digno, algo que simplemente se ha construído con mi esfuerzo, con mi sudor.

Empezar, y seguir. Hoy he corrido mi día 100 desde Marzo de 2011. Un año y medio desde que comencé. Entre tanto, muchos días solo, muchos acompañado, algún esguince, alguna tendinitis. Una San Silvestre, un par de carreras populares y dos Medias Maratones.

 No es mucho, pero es, a día de hoy, todo lo que tengo, y me siento muy orgulloso. Y puede que yo no naciera para esto, pero, amigo Bruce, diselo tú.

 

martes, 16 de octubre de 2012

Goodbye, Norma Jean

El día que se terminaron para siempre los croissants de chocolate en todas las pastelerías de la ciudad todo mundo hablaba de un astronauta. Qué opinan los periódicos de las tardes perdidas, te preguntaré detrás de un café que no será si no hay un croissant, porque sin croissant de chocolate no habrá un yo ni un tú ni mucho menos un café. Qué opinan los periódicos de si llueve en todas las casas a las tres de la tarde, de lo triste que es Lisboa.

Por eso bajo corriendo de pastelería en pastelería. Las caras de las pasteleras me parecen todas la misma. Se ocultan detrás de la harina o del maquillaje. Yo siempre quise follarme a una esteticienne. O a una peluquera. Pero esteticienne es más sexy. El propio nombre se te derrite en la punta de la lengua según lo pronuncias como uno de esos buñuelos de crema que estoy viendo en los expositores. Con la pequeña salvedad de que no quiero un buñuelo de crema ni una esteticienne, al menos hoy no. Es lunes. Un astronauta copa las portadas. Y yo no tengo croissants. La cara de la pastelera que se repite de pastelería en pastelería me informa con pesar de que no, no tenemos de esos magníficos croissants de chocolate que anunciamos por un euro con cincuenta céntimos. Quizá los tuvimos a las ocho de la mañana, pero a esa hora tú sólo intentabas no vomitar tu desayuno en la cafetería de un hotel mientras a tu lado bebían basureros y empleados de banca.

Luego lo intento en la gasolinera. En la gasolinera nadie ha oído hablar de un astronauta enrollado con una esteticienne que se lanzó por la ventana en busca de varios récords del mundo mientras su mujer los perseguía a ambos. Es por eso que tampoco saben que ahora los croissants se rellenan de crema de chocolate, que es lo mismo que el chocolate pero derretido, que es lo mismo que quedará del astronauta cuando toque tierra, que es lo mismo que quedará mañana de los periódicos de hoy. Pero en la gasolinera me dicen que busque en un supermercado. En el supermercado me envían a una máquina de autoservicio que hay en un garaje a la vuelta de la esquina. La máquina de autoservicio está vacía: es lunes. Nadie la ha repuesto. Marilyn me mira lujuriosa desde el escaparate del videoclub adyacente. Goodbye, Norma Jean. ¿Qué saben de ti los periódicos? ¿Qué saben de ti las adolescentes cuyas habitaciones adornas con ese rubio platino y esa sonrisa lujuriosa que hoy me dedicas?

El día que se terminaron los cafés, los periódicos, los astronautas y los croissants era lunes. Los lunes son así. Acaban con todo. Acaban contigo, que acabas limpiando el cristal de tu habitación, retirando cuidadosamente todos los mosquitos estampados que lo manchan, con la esperanza de encontrar un croissant y subir a verte. Pero hoy no hay croissants. Hoy será un día más en el París-Dakar. Una tarde de tantas en la Ruta de la Seda. Hoy quizá baste una napolitana para merendar, si es que alguien en esta ciudad sabe dónde queda Nápoles y que allí decidieron meterle crema de chocolate dentro a los dulces. Los lunes, si te despistas, ya no llegas a por los croissants. Los lunes, si me despisto, ya no llego a por ti. Pero mañana será martes.

domingo, 14 de octubre de 2012

El emocionante asunto del suicida aeroespacial

A Felix, aunque no te conozca.

[...] Pongamos por caso este hombre, que, culminadas todas sus metas en la porción terrenal donde podía poner sus pies, de pronto, una mañana, decide que hay una nube que le está llamando. Este hombre que podríamos ser usted o yo, o ninguno de los dos, decide que tiene que subir por encima de aquella nube y que ese emocionante asunto es lo único que en adelante le merecerá la pena. Se embarca en amargas tardes llenas de crucigramas al vapor donde todas las palabras que se le cruzan tienen un significado oculto que le remite a mirar al cielo. Si come sopa, ve reflejado el espacio exterior entre las constelaciones de fideos. Si bebe vino, cuando cierra los ojos, acunado por el burdeos, navega en caída libre sobre la almohada, sin mover más que su estómago.

Este hombre, como decía, que podríamos ser usted o yo, ya no suspira más que por dar el gran salto. Aburre a sus incrédulos familiares y amigos, que ya hartos de escucharle dan su caso por perdido, y continúan con sus apacibles existencias, ante lo que el suicida aeroespacial decide hacer uso de la más absurda introversión y llevar a cabo todos los preparativos en silencio. Así callado piensa, medita, planea, se prepara para la subida y la bajada, pues nada más que el silencio tendrá entre botellas de oxígeno y cables de la luz.

¿Qué se llevará consigo? Nada pesado, decide. Empieza a desterrar por lo tanto todas las chinas que ha llevado siempre en los zapatos para acordarse de que los pasos, para ser útiles, tienen que doler un poco. Se quita la camiseta y se arranca despacio, con las uñas, todos los reproches, insultos y arrepentimientos que cargaba en los hombros. Quizá si pierde un poco de sangre ascenderá más deprisa y la caída será más leve. Vacía el dinero de su cartera entre los pobres de su calle, tira las fotos de carnet que llevó siempre consigo y deja en herencia a sus sobrinos los perros que le custodiaban el jardín.

El suicida aeroespacial, pese a la discreción meridiana con la que lleva a cabo todos sus preparativos, ha despertado recelos e interés a partes iguales en su vecindad. Al final se traducen simplemente en comentarios insidiosos que se hacen a media voz pero con la suficiente intensidad para que lleguen a sus oídos. Todo no hace más que reafirmarle en su intención de subir y bajar. Confecciona una cápsula con dos bañeras de poliéster y un poco de papel de celofán que le permita contemplar el globo terráqueo durante el tranquilo ascenso, para el cual ha comprado cuatro bombonas de butano pese a lo cara que está la vida.

Los conocidos y desconocidos que están al tanto de su misión lo juzgan. Es un suicida. Tiene demasiado tiempo libre. Sólo piensa en él. Lo que hace no es útil. ¿Qué va a aprender de esto? Nadie se acercó a este hombre para darle una mínima palmada en el hombro. Nadie valoró su constante ímpetu de fracaso, su valiente ánimo hacia la caída más absoluta y estrepitosa. Nadie le preguntó dónde pensaba aterrizar, si en el mar o en el desierto. Nadie entendió nunca que detrás de una bañera y muchos kilómetros de altitud sólo estaba escondida la pequeña revelación de que, culminadas todas sus metas terrenales, no podía quedarse de brazos cruzados y tenía que llegar un poco más alto, un poco más lejos. Aunque aquello supusiera renunciar a todo lo demás. A una tranquila vida de crucigramas, sopa de fideos y vino de Burdeos. Monedas en el bolsillo, cordones atados correctamente.

Pongamos por caso este hombre considerado por todos un loco y un suicida que, una vez asciende, y se halla a varios miles de metros de altitud, abre la rendija de su pequeño adminículo aeroespacial y ve la Tierra desde arriba. Una vez que se ha concedido cinco respiraciones, saluda al infinito, consciente de que nadie lo ve. Y entonces, se deja caer, sin saber del todo bien cómo va a funcionar su ridículo plan, sin saber si habrá una cámara para recoger sus declaraciones al pisar Tierra o una corona de flores de la cofradía de su barrio. Sólo sabe que ha saltado por encima de la nube que le llamó, y que la próxima vez tendrá que hacerlo más alto. [...]


martes, 18 de septiembre de 2012

Dios está en las resacas

Está gris la ventana: lo sé porque lo veo, lo sé, pero no llueve, nunca llueve y hoy no será otra excepción, vivo en el desierto. Cuando brillan los tejados no es por el agua, es simplemente porque se abre un agujero entre las nubes y ahí está Dios, pensaba de pequeño. Esos rayos de sol que se deslizan, se hacen un hueco y se vuelven corpóreos por el efecto Tyndall, eso era mi Dios cuando yo no tenía cabeza ni piernas ni estas manos para escribir. Luego cambié de opinión y resultó que Dios era ese trozo de pan extraño que se reblandecía en la boca y el vino dulce que a veces robábamos de la sacristía, y eso era Dios, esperar misas enteras sin entender la homilía para ese sublime momento del pequeño convite y, después, salir corriendo. Pero el tiempo se acabó para ese Dios cuando nos fuimos al instituto porque los domingos se volvieron ocupados por miles de cosas, y si queríamos vino podíamos tenerlo fuera de la Iglesia, y si queríamos hostias las podíamos conseguir en cualquier esquina. Así que no nos hicimos ateos; simplemente nuestra religión se volvieron las tetas, el fútbol y las videoconsolas. El alimento del alma que nos movía entre semanas sospechosamente parecidas, la fe que necesitábamos para cuando no nos quedaba nada en que creer. Ganar el Mundial con un gol en la prórroga. Descubrir a qué sabe el sudor de un buen polvo. Pulverizar tu récord de puntos a las tres de la mañana de un miércoles. Todas las caras universitarias de ese Dios poliédrico. Y mientras tuvimos todo eso, tuvimos el cielo: fue después el descubrimiento de que hay un cielo porque hay un infierno. El día que se rompe el mando. Caer en los penaltis. Matarte a pajas. El último derivado del infierno fueron los bares, las barras. El arco de triunfo ideal, el cruce en la autopista. Alcohol metílico de garrafón para los sábados por la noche, y es ahí donde nos volvió la fe en los domingos por la mañana, el día del Señor. La penitencia de destrozarte las neuronas con salvajes raciones de acetaldehído, la confesión de todos tus pecados pretéritos. El matrimonio con la cama y el sofá, no tomarás el paracetamol en vano. Dios está en las resacas, el único Ente intangible que se nos ha manifestado en toda su plenitud de poder, y eso es lo único que mi generación ha pedido, sabedores de que salvarnos no es posible.


 

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Fuego en Videmala

Vengo aquí para escupiros toda la bilis a ti, o a vosotros, culpables, porque sólo sois culpables. Sois culpables de haber destrozado la sombra de mi descanso. El árbol de mis confidencias. El camino hacia mi baño en el embalse. La cabaña de mi amigo. Habeis quemado en una sola noche el verano, mi verano, porque mi verano tiene nombre de Videmala.

Puede que hayais quemado campos enteros. Puede que hayais estado a punto de destrozar casas y vidas. De cruzar vuestras miserables existencias con la de una diezmada población que resiste al ataque del invasor, que no es otro que el Olvido, que es la muerte, que es el desierto en que se está convirtiendo nuestra Tierra de Alba.

Escuchadme, yo os acuso. Os acuso de haber traído en una sola noche el desierto, la muerte y el Olvido a mi pueblo. Os acuso. Habeis quemado bosques. Habeis quemado sombras y arroyos. Habeis sembrado de fuego y humo el atardecer y la madrugada. Vengo a escupiros en la cara palabras que nunca vais a tener la desgracia de leer, ni la fortuna de entender, porque las palabras no son vuestro juego. Vuestro juego es lo oscuro, lo oculto, lo ignoto. Vuestro estilo es astuto sin pretenderlo, y en vuestras caras, que desconozco pero imagino, se dibuja la imagen del miedo cuando os da la luz del sol y se vuelven taimadas cuando se pone y la oscuridad os protege.

Vuestro reino de fuego y miedo no es de este mundo, como no lo son vuestros corazones de alguna clase podrida de piedra resistente a las heladas, a las nieblas y a las tormentas que nunca llegan cuando encendeis la chispa adecuada, la llama que nunca os alcanza el vello púbico, el humo que nunca os estrangula la garganta, la cuerda más fina que nunca vereis y cercenará no vuestro cuello, sino vuestra maldad.

Pero no, no compartimos reino ni deseos. No compartimos las charcas inmundas en las que bañais vuestra piel mugrienta, porque yo lavo mi conciencia con agua de manantial, para que se arrastre río abajo y al llegar al mar, que probablemente nunca hayais visto, se convierta en lluvia que me vuelva a caer encima, que me empape y me haga sentir. ¿Alguna vez habeis sentido? ¿Alguna vez se os ha cortado el aliento delante de un paisaje? ¿Habeis amado? ¿Habeis sido amados? No, me niego a creerlo. Si lo hubierais hecho no tendríais la sangre fría de asesinar una Tierra. De poner en peligro vuestras vidas y el futuro de otras muchas.

Nunca tendreis un sentimiento. Nunca vuestras escasas neuronas sentirán el poder de una corriente eléctrica que las mueva a emitir una sonrisa sincera, nunca tendreis la necesidad de practicar el altruísmo porque nada os hace trascender, no temeis a un Dios ni, por tanto, a ningún humano, vuestro pensamiento superior está subdesarrollado, vuestros lóbulos frontales atrofiados y todos los circuitos mesolímbicos donde se almacenan las emociones, los recuerdos y el poder de la memoria para mejorar vuestras vidas están simplemente llenos de paja seca.

Confío, por lo tanto, en el poder de vuestra mente para que algún día, por esas simples casualidades que suceden, dos neuronas entren en contacto iónico y toda esa paja prenda. Y que ardais por dentro, que ardais sin llama, que se os consuman las pupilas igual que se han consumido los avellanos, que se doblen y resquebrajen vuestros huesos igual que ramas de las jaras y escobas que hoy ardieron.

Entonces, arrodillados de dolor y con los ojos lagrimeantes de fuego, os deseo lo mejor. Que conozcais, nada más que durante unos breves segundos, el significado de varias palabras que nunca habeis usado. Arrepentimiento, responsabilidad, culpa.

Perdón.

domingo, 26 de agosto de 2012

Desiderata para un primer lustro

Para Almudena

Ojalá que te quiera el verano y, en el silencio que rompo con las teclas, encuentres los grillos para dormir. Que las estrellas te sean lámparas incombustibles sin sol que las alimente, que sean noches como esta las que te abracen en el recuerdo. Ojalá esté el viento detenido cuando corras o, si corres, que sople a tu favor, hinchando la vela. Que hagas de tu ilusión un estandarte y que si lo dejas caer en el suelo sea sólo para dar abrazos completos. Ojalá tengas los labios llenos de palabras precisas y que no te moleste la ausencia de ellas, que hagas de callar un arte y de reír música sublime.

Pero también ojalá que te falte todo un día para que sepas, al cerrar los ojos, lo que has tenido. Que sepas lo que es perder pero nunca te acostumbres al fracaso. Que adornes cada obra maestra con un poco de humildad y no seas rica más que en amigos, sabiendo que con tres uno ya es millonario. Ojalá que te amen y ames, pero también que te falte el amor, que ames sin correspondencia y entiendas el valor de una lágrima y la recompensa que supone ahorrarlas. Que te gane quien te gane pero nunca te derrote tu orgullo. Ojalá que te equivoques un millón de veces para que así aprendas lo que cuesta pedir perdón con el corazón y no con la boca.

Me permito desearte países extraños que te deslumbren con su amanecer impregnado en especias y luz crepuscular al borde de playas vírgenes. Que conozcas la luna y, si tú tampoco puedes pisarla, que la hagas tu compañera. Que estés sola cuando lo necesites, y que sepas estar sola cuando te toque sin elegirlo. Ojalá que dés la vuelta al mundo. Pero también te deseo que no olvides tus raíces. Que la tierra donde naciste tire de tus pies si la estás pisando, y, si no la estás pisando, que te pese lo justo para que la sientas en el corazón.

Te deseo que nos encontremos dentro de varios lustros y seas capaz de contarme cómo te ha ido y en todo lo que me he equivocado.

viernes, 24 de agosto de 2012

El hombre, el mito.

"El mundo se divide en dos categorías:
Los que tienen el revólver cargado y los que cavan.
Tú cavas."
(Clint Eastwood, El Bueno, el Feo y el Malo)


Nos enseñaron a ser los hombres que podríamos ser, pero nadie nos ha enseñado a ser los hombres que debemos ser. Nadie nos ha puesto en nuestro lugar de una bofetada cuando tenemos más de veinte años y nos creemos los reyes del mundo. En cambio, dejan que sea la vida, sutil arquitecta de terribles momentos, la que se encargue de ponerse cara a cara con nosotros, de volvernos la mejilla de una o de muchas hostias. 

Nos han regalado el mundo del hedonismo, el placer, la autocompasión. Nos lo han dado todo y no nos han negado nada. Nos han tapado los ojos y, sin embargo, no son ellos los responsables: lo somos nosotros, por quedarnos sentados usando el pasado como sillón y no como trampolín. No saltamos hacia adelante, ansiamos nuestro mejor momento sin salir al ring a sudar.

Nos han plantado en las narices los modelos ideales de conducta social. Nos han dado lo políticamente correcto mientras después, cuando se apagaba la luz del salón de actos, nos explicaban lo genial que sentaba follar sin condón, consumir marihuana y setas alucinógenas, ir de copiloto en un deportivo rojo sin cinturón y con un conductor borracho. Nos vendieron la moto e hicieron de nosotros lo que nosotros quisimos ser: esos hombres que nos enseñaron.

Pero nadie nos enseñó que la adquisición de libertades conlleva responsabilidad. Nadie nos dijo que nuestros padres también han llorado con y por nosotros. Nadie nos puso una película en la que todo nos salía al derecho durante un par de semanas y del revés durante seis meses. Nadie nos mostró que las puertas del hospital son naranjas y opacas, que hay barrios en los que entras pero nunca sales, que hay cicatrices que no se van a borrar, que hay gente que se marcha más rápido de lo que soñarías y otra que no se iré aunque lo sueñes.

Un revólver cargado, un disparo siempre a punto, una frase certera que te desarma. Hay hombres en las películas que lo han conseguido todo sin renunciar a nada. La vida real está repleta hasta las cejas de hombres de verdad que han renunciado a todo sin conseguir nada.


jueves, 23 de agosto de 2012

Ola de calor


El calor se mueve tan despacio como se pronuncia, llena todos los rincones de la casa y de la ciudad, el calor se descompone en todas sus letras: c-a-l-o-r, así penetra en todos los poros del cuerpo, expulsando el s-u-d-o-r que se refugia entre las fibras de la camiseta, que cuando cruzas a la sombra se convierte en escalofrío descendente por la columna, y al cruzar la frente con el dorso de la mano los dedos vuelven húmedos al bolsillo porque ha llegado el calor, c-a-l-o-r, tras cincuenta minutos a pleno sol todo lo que no es negro es un charco, y la casa queda demasiado lejos para alcanzarla andando, todo es sol, todo es un desierto poblado por los gitanos, cuyos coches atruenan guitarreo con las puertas abiertas, sus viejos en sillas de mimbre, pero yo realmente prefiero pensar mientras me deshidrato, pienso en raparme al cero delante de cada peluquería, pienso en vasos de agua del grifo delante de cada bar, pienso en parejas que se deshidratan follando delante de cada portal, o cuando elevo los ojos al cielo y encuentro el piso en el que me desvirgué con las persianas bajadas, habrá calles con nombres de poetas y de científicos ignotos que arden igualmente con este calor que se mueve tan despacio como me hace moverme, sin la bendición millonaria del aire acondicionado, que se reservan para sí las grandes fortunas y las pequeñas bibliotecas y por fin, sin nada más ya, sin ni siquiera el aliento y el corazón golpeando en la boca, las llaves tintineando en el bolsillo encuentro el tercer piso sin ascensor y me tumbo en el sofá a esperar la noche que tampoco refrescará pero al menos será una noche, en la noche no es extraño el calor porque se mueve despacio, c-a-l-o-r que se pega a las sábanas y hace que los sueños y las pestañas trastabillen, la almohada y la cama son tan inútiles como una alfombra espinada y sólo queda la lámpara de la puerta del frigorífico, intermitente, alumbrando el agua que una y otra vez sale y entra, no queda hielo ni cerveza, quedan la televisión y el s-u-d-o-r, queda la noche y queda otro día menos moviendose tan despacio como esta ola de calor.

sábado, 18 de agosto de 2012

Nunca sentireis las avenidas

"Hubo un tiempo de inocencia, de confidencias;
hubo un tiempo, hace mucho, 
de cuerpos como museos"
(Víctor Balcells, No sentir las avenidas)

Tejemos remedos con hilo de esparto para las armaduras de plata, por si al reflejaros sentís la necesidad aberrante y vampírica de retirar la cara, de no poderos mirar a los ojos, tejemos remedos con hilo de esparto para los agujeros que dejó el óxido en la bacía, por si algún día tenemos que salir de esta sombra y aprieta el sol, por si tenemos que cruzar caminando el desierto.

Nos teneis refugiados en las palabras y en oscuros rincones de vuestras mentes a los que acudís de tarde en tarde cuando ya ha terminado todo lo que tenía que terminar en la televisión, aparecemos desdibujados por la bruma que forman miles de otros rostros cuyos nombres se parecen entre sí. Salimos a flote en las tormentas, igual que los cadáveres en el Cabo de Buena Esperanza.

Es posible, quizá es eterno, que nunca os desperteis sudando con nuestra voz en vuestro oído. Es factible que nunca os desperteis con nuestro odio, porque aprendimos a amaros nada más, y todas las demás lecciones se imparten en colegios que no son el nuestro.

Es posible que nunca sintais una punzada a la altura del estómago al pasar por alguna esquina, escuchando una canción o bebiendo más de tres copas. Quizá es eterno el daño que pasa de largo por vuestras puertas y sin embargo pasa las tardes en nuestro barrio.

De todo lo que podría pasar, lo único que tenemos seguro es que, aunque visiteis esas playas con ceniza, esas ciudades abandonadas, los lugares a los que huímos, por muchos paseos que seais capaces de dar, nunca sereis capaces de sentir, como hicimos nosotros, las avenidas.

domingo, 22 de julio de 2012

Una del oeste

Que yo lo sé de sobra:
las misas no van a traerte.
Te conservan los western,
los pinchazos de la insulina,
siete sardinas y media,
la mano huesuda que me agarra por las escaleras
del colegio.

Hay quien prefiere el dolor,
adictos a la ausencia
crónica 
de endorfinas.


Yo sé de sobra que no es mi caso,
que me quedo con tu mano,
o su ausencia,
y no una lápida.

Lo aprendí de ti:
en los western
el bueno las pasa putas.

jueves, 19 de julio de 2012

Balada del principio del tiempo


      Quién sabe lo que hubo al principio del tiempo. Al principio del tiempo no había más que un principio, y se contemplaba a sí mismo en eterno onanismo. Ese principio no había pensado en el tiempo. No había pensado en los infinitos instantes que suceden entre una vez que se contemplase y la siguiente. No había pensado en la suma, la resta y demás operaciones matemáticas que podían acontecerle con las fracciones en las que dividiese su existencia. No había pensado en echarse a andar. Si se hubiera echado a andar, quién sabe, quizá se habría tropezado consigo mismo descubriendo, al mismo tiempo (qué paradoja) que existían los círculos y el suelo. De esta manera, poco a poco todo fue tomando forma. Primero, como ya queda dicho, el suelo. Sobre el suelo, el círculo. Alrededor de ese círculo, el principio se movía. Veía su propia cola y, reconociéndola como propia, no se planteaba la ruptura de la continuidad. Cómo iba a plantearse este principio un final. Cómo iba a plantearse que existían letras y no eran infinitas. Que quizá un día se terminasen todas las combinaciones de letras posibles y entonces todo estuviera ya dicho. Que habría sonidos y también serían finitos. Que quizá un día las combinaciones de sonidos dieran al traste y todas las canciones componibles ya estarían compuestas. En resumidas cuentas, aquel principio del tiempo no concebía un final mientras sólo podía mirar su cola, parte nata de sí mismo, caminando sobre el círculo.

      Quién sabe lo que hubo al principio del tiempo. Pero sucedió que un poco después del principio las cosas ya empezaban a ser cosas. Y entonces el principio fue consciente. Fue consciente de que caminaba, y miró hacia abajo. Vio el suelo, que no iba a ninguna parte. Entonces, por algún rebote, miró hacia arriba y como no vio nada se extrañó. Pensó que si había un abajo, debería haber un arriba. Se sentó en el suelo e imaginó, pero no se veía nada. No había luz. El principio no conocía la luz ni las formas. Pero todo era posible, porque era el principio. Y con un dedo tocó el techo e hizo una marca de luz. Le entusiasmó, e hizo más, muchas más. Por fin era consciente de que existían cosas que no eran él mismo. Cosas que no eran el principio, pero que eran tan nuevas que eran alcanzables. Cosas. La palabra le produjo cosquillas en la lengua y fue así como se enteró de que tenía lengua y podía formar palabras. Decidió dejar las palabras para después de tocar el techo un rato más y hacer unas cuantas estrellas. Cuando se cansó de hacer estrellas, fue a por las palabras. Empezó por lo simple. Yo. Abajo. Suelo. Estrellas. Lo básico, lo que conocía, no había mucho más. Mientras hacía palabras, seguía caminando. Caminaba en círculo. Cuando la palabra Círculo vino a su boca dio saltos de alegría, porque era esdrújula, y a nadie antes se le había ocurrido una esdrújula. Así que Círculo fue la primera palabra esdrújula. Las que vinieron más tarde, más trabajadas, pulidas, manufacturadas, fueron mucho menos meritorias, visto desde ese lado. Sólo seguían un genial camino marcado por el primer círculo sobre el suelo. El principio se sentó y le contó a las estrellas lo que era un círculo con las pocas palabras de las que disponía. Eso también tuvo mucho mérito, porque fue la primera historia, y lo fue sin apenas más verbos que los de la primera conjugación y alguno de la segunda. Lo irregular no existía aún. El principio no había tenido tiempo para pensar en la imperfección.

     Quién sabe lo que hubo al principio del tiempo. Pero sucedió que mientras le iba contando a las estrellas lo que era un círculo con sus nenonatas y escasas palabras, el principio se dio cuenta de que aquello era imperfecto. De que no tenía palabras suficientes para definir la maravillosa redondez del círculo sobre el que caminaba. Desearía haber tenido palabras como Suave, Lineal, Simétrico (que fue, por lo tanto, la segunda esdrújula) y como todo era posible, las palabras afluían a su boca en cuanto las pensaba. Sin embargo, ni aún así se sentía capaz de definir la belleza y la admiración que el círculo despertaba en él. Entonces se sintió triste. Se sintió triste al ver que lo imperfecto existía y no sólo eso, sino que lo llevaba dentro. Caminando de nuevo, puesto que había descubierto que era su forma favorita de pensar, el principio pensó. Tanto pensó, y tanto malo sobre la imperfección, que acabó pensando algo bueno. Pensó que su círculo era perfecto y ya no era mejorable. Pero que por el otro lado, todo lo que era imperfecto, como su burda explicación, era susceptible de ser mejorado. Así que siguió caminando pensando cómo mejorar su historia. Así fue componiendo nuevas palabras. Llegado cierto momento, se cansó. Al fin y al cabo, pese a ser algo tan importante como el principio de los tiempos, no era más que un principio. Un principio. Eso es, eso dijo. Un. Si había Un, podía haber varios Un. Unos, se dijo a sí mismo. Y se puso a agrupar los diferentes Unos. Un y Un podría llamarse Dos. Un, Un y Un serían Tres. Así, en adelante.

      Quién sabe lo que hubo al principio del tiempo. Quizá hubo un principio que se estaba empezando a cansar de serlo, porque al principio era bello imaginar y crear, pero siguiendo así aquello hastiaba. Desearía haber podido imaginar un sofá y una televisión en la que emitiesen algo que le permitiera desconectar de su labor voluntariamente aceptada. Por otro lado, estaba satisfecho consigo mismo. Había hecho muchas cosas y muy bonitas. Tantas que le llevó un buen rato pensar en todas ellas. Al principio el principio no se dio cuenta, pero en vez de caer en el sueño, según pensaba en todo lo nuevo, se iba despertando poco a poco. Se despertaba porque se estaba asustando. Se estaba asustando porque aquel fue el primer instante en el que se dio cuenta de que. Perdón, empezaré de nuevo: se estaba asustando porque aquel fue el primer instante. Fue el primer instante porque el principio del tiempo se dio cuenta de que lo era: de que había un tiempo, había un río constante e intangible que encauzaba todo lo que estaba sucediendo. Dentro de ese río cabían todas las vueltas que había caminado. Cabían las veces en que se había sentado a descansar. Cabía todo lo que había sacado de sí mismo para hacer las estrellas, las palabras, los sonidos. El principio del tiempo se dio cuenta de que aquello no era un juego, aquello era irreversible. Fue consciente de que aunque se quedase quieto, sentado y con los ojos cerrados, aunque no le contase a nadie lo que había sucedido, algo dentro de él ya sabría para siempre de la existencia del tiempo, y eso no tenía marcha atrás. Cada vez que pensase, aunque fuera de refilón, en el tiempo, caería un nuevo instante a la lista de instantes que ya se quedaban atrás. Con cierta ironía comprobó que esto de la irreversibilidad también era imperfecto.

      Quién sabe lo que hubo al principio del tiempo. Lo que sabemos a ciencia cierta es lo que hubo un poco más tarde. Un poco más tarde del principio, aunque no sabemos cuánto más, el principio, después de mucho pensar con los ojos cerrados, se decidió a seguir caminando para siempre, porque si se detenía, detenía el tiempo. Si seguía caminando habría nuevas palabras esdrújulas, canciones inauditas, estrellas nuevas en lugares recónditos de un cielo muy negro. Luego de estar caminando, quizá mucho tiempo después, aunque no sabemos cuánto más, vio que al otro lado del círculo estaba él mismo, que podía ver su propio final y que, por lo tanto, algún día se sentaría de nuevo, cansado de pensar cosas, canciones, algún día las estrellas dejarían de girar en círculos, se pararían y caerían. Al principio del tiempo, después de varios principios, el principio se dio cuenta de que habría un final.  

martes, 10 de julio de 2012

Miembro fantasma

Hay un uñero en mi dedo gordo del pie derecho. Hay un uñero y yo sueño con él. Lo sueño vaciarse entre burbujas purulentas, sueño entonces que descanso. Otras veces lo vacío con mis propios dedos y acabo con las yemas manchadas de sangre. No huele tan mal, no es tan fea. La deslizo entre el índice y el pulgar hasta que deja de ser líquido y se convierte en hematocrito triturado. Mi uñero no me deja correr y no me deja jugar a fútbol. Mi uñero me obliga a sentarme en la silla que menos me gusta de la casa para dedicarle atenciones. Agua templada con sal. Povidona yodada. Nos miramos y, si una vez nos comprendimos, poco a poco empezamos a odiarnos. Ya apenas sueño con mi uñero, ni obtengo placer vaciándolo. Ahora sólo pienso en todo lo que podría hacer sin mi uñero. La cantidad de sangre que me ahorraría. Todos los calcetines que evitaría limpiar. Los kilómetros que podría correr de nuevo y los goles que marcaría. Esta mañana no me gusta mi uñero. El hacha está demasiado cerca. Esta mañana ya no tengo un uñero en mi dedo gordo del pie derecho. Esta mañana ya no tengo dedo gordo del pie derecho. No volveré a jugar con él, ni envejeceré sentado obligatoriamente en la silla mientras engordo por mi inmovilidad obligada. No gastaré más sal ni más betadine. No me dará más placer, pero tampoco más dolor. Pero lo que me asusta en realidad es nadie me librará de volver a soñar con mi uñero.

 

lunes, 9 de julio de 2012

Películas

no te rías, que es verdad:
que no me lo ha hecho nadie,
(Marea)


1.
El rocanrol y el verano me lo han enseñado todo. Reducir marcha, acelerador que se besa con el dedo gordo, la suela de las zapatillas fundida. El aire caliente entrando por la ventanilla bajada, la marca de las gafas de sol. Las bicicletas aparcadas a la sombra fueron nuestro paraíso. Ahora no queda nada de los pueblos. El apocalipsis zombie terminó con la tercera edad y las calles están vacías de mutantes con boina y bastón. La hierba siempre amarilla yace esperando el abrazo de un incendio que la mate pero que le dé la última emoción. Quizá es que son así los pueblos y los veranos que conocimos. Sólo están tumbados sobre la ladera de la colina esperando a morir de alguna forma que sea tan emocionante como si prometiera la resurrección.


2.
Sin tener por qué, pero lo has hecho. Yo iba a dormir en un garaje y me has dado la espalda en tu cama. Es más de lo que nunca he tenido, porque yo nunca he tenido nada. Ahora tampoco tengo nada, pero no tengo un garaje y un orinal, no tengo el olor a gasolina en el pijama de manga larga, tengo la suerte de que cuando te dés la vuelta de nuevo quizá me respires un poco más cerca. Y eso, sin ser nada, sino sólo por el hecho de que lo has hecho sin tener por qué, es más de lo que he tenido nunca.


3.
El riesgo está medido en las cervezas que hemos bebido. La cuerda floja es una medida exacta del silencio que almacenas. Luego vienen las noches y las huídas. Los secretos crecen tanto que se escapan de las bocas y de las manos. Las ciudades son demasiado pequeñas para guardarlos. El riesgo y la cerveza siempre han viajado juntos, la cuerda floja no ata el tiempo ni nos ata a ti y a mí.

4.
Las películas son todo lo que queda al final de las películas. Hubo un tiempo en que las vidas se recogían en 8mm y por lo que leo en las carteleras hoy se tropiezan todas a 3 metros sobre el cielo. Las películas son todo lo que queda para una adolescencia tardía, quedan las frases y momentos fingidos. Quedan besos bajo la lluvia, héroes con sonrisa descompuesta que resisten el infinito plano americano. Los guiones adaptados, los finales abiertos. El cine que hace soñar no tiene nada que ver con la película que ponen cada mañana en mi calle. En esa no gana ni pierde nadie, no hay buenos y malos, no hay blancos y negros. Hay millones de grises.

5.
Se pueden construir existencias completas en base a tópicos. La vida es un folio en blanco. El fútbol son 11 contra 11 y siempre gana Alemania. Podría pasarme horas enteras jugando a un divertido juego en el que no dijese nada, y sin embargo, no dejaría de hablar. Son juegos de silencio. Hay canciones que están construídas a base de silencios: From the beginning, Thriller, Down to the waterline. Lo importante del silencio no es cuanto dure, sino dónde acaba. El silencio no es un tópico, el silencio es sólo el camino que, una y otra vez, te lleva a la casilla de salida. Si quieres un tópico, cada día es empezar de cero. Pero eso sería demasiado peliculero.

 

sábado, 2 de junio de 2012

Rocanrol

He said: "Pete, you think you've changed,
But you have not."
(Bruce Springsteen)


He entrado en el local. He sacado la Fender Stratocaster de la funda negra con pegatinas de Mahou. Huele a humedad y rocanrol. Nunca aprendí a fumar, por si le dejo el rastro a madre cuando la beso para darle las buenas noches. Las carreteras secundarias son nuestro himno, pero yo esta noche ni siquiera huiré hacia adelante. He entrado en el local, he conectado la Fender al amplificador y he dejado que se agolpe el ruido en las manos. Este Mayo se merecía un final heavy, se merecía que me dejara la garganta. Ya no hay historias que se derramen como cerveza, ya no hay rocanrol ni humedad ni condones sin caducar, la otra mitad de ellos están en la papelera, llenos del semen de veladas gloriosas con humo de velas y Marlboro, mucho Marlboro. Yo lo que quería era llorar un poco después de follarte, pero a mi generación no se nos permiten esos lujos sentimentales más que en películas de serie B. Se nos permite caminar siempre hacia adelante, se nos permite ver sólo canales temáticos de cine y motor pero nunca de economía. Se nos permite beber hasta perder el control y vomitar en las aceras, pero no brindar por la felicidad y el futuro de nuestros hijos. Alguien nos ha prohibido la esperanza y nosotros la hemos enarbolado en bolígrafos.

He entrado en el local. He abrazado la Stratocaster como si fuese Mark Knopffler y la he golpeado como si fuese la versión más degenerada de Iggy Pop. Pero yo siempre quise ser el Boss. The other Boss. He viajado en el tiempo, he hablado con el "yo" que fui, el "yo" que sigo siendo y ya no soy. ¿Qué haría el Boss? Me he dejado la garganta, que es lo único que puedes hacer cuando no puedes hacer nada más que rendirte a la evidencia y sentir que el tiempo se te va, y a ese ni lo puedes abrazar ni puedes golpearlo, ni mucho menos puedes esperar que de todo eso salga música. El rocanrol no va a salvarte, chico, no te va a devolver la sonrisa ni la esperanza, pero hará que esta noche bailes como el demonio, que te sangren los dedos, hará que vuelvas a soñar que puedes irte de esta ciudad por una carretera secundaria y ser el protagonista de un himno. De tu propio himno. Eso, y que habrá un estadio coreandote.

viernes, 25 de mayo de 2012

Mapas

Pienso en el hambre que me enciende el estómago cuando atardece, porque nadie enciende la luz de esta casa y las canciones son tristes. Debería haber guardado las estrellas en un tupperware de plástico, plástico reciclado, plástico que evite los agujeros negros formados al vacío del ayer, plástico que podamos guardar en el maletero para huir hacia adelante. Las debería haber guardado para que me alumbren y evitar deslumbrarme con la lámpara de tu mesilla cuando me voy. Es por eso que me visto a oscuras, que me palpo la ropa y, si me despisto, te leo a mano la espalda.

Pienso en quién sería si fuera quien no soy. En las discusiones de derrota donde no encuentras ninguna réplica instantánea, en las respuestas inútiles de la mañana de después. En las copas de más y los polvos de menos. Pienso en los días que se rompe la primera persona del plural y dos cubitos de hielo se miran despacio, igual que Casiopea y Libra, frente a frente, separadas por millones de años luz y destinadas a nunca colisionar. El carro también adorna el cielo de este primaverano. Casiopea y Libra se tumban en las calles de piedra, retando a los coches, derraman la cerveza, buscan la épica del sistema nervioso parasimpático, que no es más allá que otro juego de palabras esdrújulas. Otro juego, diferente a todos los demás.

Pienso en que, de todos los lugares de este Universo infinito, sólo puedo besarte en un callejón oscuro, sólo pasando un canalón oxidado, sólo encima de un escalón. Y pienso en todas las veces que lo dejo pasar, se pasan los silencios, se pasan las épocas y las lunas vuelven a crecer con las campanadas de las 10. El tiempo de las cerezas que los pájaros nos robaron, el tiempo de los tulipanes llamarados que no vimos crecer. Eres tan extraña como mil mapas de metro de los que nunca llegaré a conocer ni el centro de la ciudad, no manejaré la línea que une tus escápulas. Eres tan fascinante que me mudaré a los suburbios y desde allí, con los ojos cerrados y las estrellas en un tupperware para merendar, intentaré encontrar un callejón sin nosotros.

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miércoles, 16 de mayo de 2012

Carta abierta a tus vestidos cortos

Muy Sres míos.

Por la presente les comunico mi total apoyo y adherencia a la causa que vds. sostienen. La valiente misión de mostrarle al mundo dos piernas que van más allá de lo comúnmente aceptado es una loable tarea que no siempre encuentra el suficiente sustento social.

Anclados en esta terrible sociedad de faldas hasta los tobillos y cuellos altos, la opresión de los pantalones largos pitillos, cuellos alto y bufandas, ya es hora de que se empiecen reconocer méritos a la carne que arriesgadamente se sitúa entre los tacones y las bragas.

Su audaz empeño de vida alegre y desmedida me encoge el corazón y la entrepierna, me llena de orgullo y satisfacción, me congratula y me devuelve la fe en este mundo enfermo de veranos con trikinis y bañadores de abuela en las playas de Benidorm.

Sus recogidas y ceñidas curvas me deleitan, convierten una quizá apacible y monótona existencia como la mía en agradables instantes para la vista, harta ya de letras, negro sobre blanco, y planas imágenes de revista. Asimismo me despiertan, por qué no decirlo, el sublime giro del intelecto que pasa de la más palpable realidad a unas fantaseantes, incluso delirantes, imaginaciones en las que chispean escenas rodadas en los más recónditos y públicos rincones de la ciudad.

Agradecido por todo ello y más, me despido cordialmente, poniendome a su entera disposición, declarandome un fiel seguidor y admirador eterno con el que pueden contar para labores de toda índole.

Atentamente, siempre suyo.

V.Prieto.

lunes, 7 de mayo de 2012

Sr. Chinaski

Por la mañana, Lily estaba tumbada boca arriba, roncando. Me fui al baño, meé, me lavé los dientes y la cara. Después me arrastré de nuevo a su cama. Me la acerqué y empecé a jugar con sus partes. A mí siempre me ponen muy cachondo las resacas, no para besar ni chupar, sino para echar un polvo sin contemplaciones. 

Joder es la mejor cura para las resacas.

Charles Bukowski, Mujeres

lunes, 30 de abril de 2012

El mar.

Que yo vivo enamorado de la chica de la mirada triste en los abriles, igual que las lluvias, igual que las tormentas que huyen de nosotros porque somos demasiado eléctricos, igual que los ríos que nos bañan los pies y siempre se acaban yendo, que yo vivo enamorado de la ausencia porque nunca he sabido lo que es tener ni que me tengan, que yo soy un poco el viento y mucho las piedras, que yo vivo en el frío de la primavera que no nos pertenece jamás, porque no nos pertenece nada de lo que somos ni tenemos. No nos pertenece el amargo del chocolate ni el dulce de las manzanas, no nos pertenece esta carne ni los huesos que la circunscriben por el interior, no como tus huesos esdrújulos que se salen gritando por la piel de tu espalda, que me gritan a través de la piel de tu espalda, y me dicen que me escape, pero yo no me quiero escapar, y por eso duermo de frente a ti y no detrás, no quiero escuchar ni tener que dar la razón aunque todo el mundo lo supo desde siempre, y bien es cierto que eres tan grande que no me cabes en un bolsillo, por eso no podría llevarte a los atardeceres que he tenido que ver sin ti, pero eres tan pequeña que a veces se me olvida en qué estantería te he dejado. Que yo vivo enamorado de tu sexo que me recibe despacio y deprisa, que a veces me expulsa de tu cama, que a veces me lleva al techo y otras me obliga a dormir en el suelo, vivo enamorado de tus mil caras y tu único nombre, de todos los colores, de todas las estaciones, de los trenes que nos alejan, de los sueños que se pronuncian antes de nacer, del miedo que nos crece dentro del estómago cuando al mirarnos nos reconocemos como mortales, nos palpamos los fallos tatuados en la piel, nos hurgamos en las heridas hasta hacernos estallar y cuando estallamos todo es calma, todo son palabras, todas las palabras no sirven para nada, igual que las lluvias, igual que las tormentas, igual que las noches en las que todo es silencio, y dentro de nosotros silencio, silencio de ti, de tu mirada triste y de todas las veces que no llegamos a existir, que son, han sido y serán eternas, al contrario que nosotros, que somos silencio y por eso nos romperemos al pronunciarnos, pero mientras te desharé a ti,a  tus huesos como polvo de estrellas por mi nariz y mis labios y mis dedos y la arena que se mete entre mis dedos, bañados en arena pero nunca en el mar porque el mar nos sigue esperando.

martes, 17 de abril de 2012

Titanic 2012

        A vosotros, que os la pone dura una bandera de colores, pero que seguís teniendo la ropa interior de color carne. A vosotros, que os inventaríais letras de sangre y destrucción para un himno pero sólo agarraríais la escopeta para cazar codornices. A vosotros, que os desentendeis de las letras y los libros de la calle pero recurrís a volúmenes polvorientos para defender vuestros soliloquios. A vosotros, os ofende la idea de que el pueblo se deje oír en la calle y que eyaculais sin erección ante la sola idea de la propiedad privada. A vosotros, cuyas justificaciones se apoyan en lo trascendente y lo que no es de Este Mundo pero os horroriza pensar que os quiten vuestro dinero, tan material y tan verde. A vosotros, portadores del estandarte de La Verdad Absoluta y honorables creadores de Lo Blanco y lo Negro, que no soportais la desaparición de las diferencias y la pérdida de la Razón. A vosotros, que gritais porque os han robado YPF pero os callareis hasta extenuar vuestras gargantas con el silencio ante el robo de vuestros derechos. Del futuro de vuestros hijos, abuelos,padres y hermanos. De vuestro trabajo. De vuestro país, porque según decís es vuestro, no es mío, mi sangre no ha caído ni caerá sobre esta tierra y si he de irme, me iré. A vosotros, que levantais la rabia y después afirmais la paz, escondiendo la mano. A vosotros, que jamás habeis roto un plato y llegasteis arriba siendo los primeros de la clase y los últimos en abandonar el despacho.

       A vosotros, que jamás habríais abandonado el Titanic, en realidad os imagino agarrados a una puerta que flota entre los trozos de iceberg contra el que se destrozó el barco, silbando melodías de Shostakovitch, con los dedos de los pies congelados, listos para ser amputados y pensando que en realidad no fue ninguna equivación fletar este crucero y comprar los billetes porque así, al menos, entrareis en la Historia diciendo que no es vuestra la responsabilidad de que alguien hubiera puesto ahí ese trozo de hielo contra el que chocamos todos mientras nosotros dormíamos y vosotros bailabais un vals.

lunes, 16 de abril de 2012

miércoles, 4 de abril de 2012


[...] A veces uno busca lejos lo que tiene bien cerca. Es una cosa que nos sucede a menudo a los astronautas. [...]

Eduardo  Mendoza, Sin noticias de Gurb

martes, 3 de abril de 2012

La ciudad del alma

Zamora.
Todos llevamos dentro una ciudad
que nos alienta y nos acusa;
La ciudad del alma
(Claudio Rodríguez)

A veces me palpita la ciudad como queriendo salirse de mi pecho. La ciudad me hace tanto ruido que algunas noches no consigo dormirme y pienso en piedras y árboles que se dan la mano. En otras ocasiones la ciudad es sangre que me sube a la cabeza y soy absolutamente incapaz de concentrarme en nada más. La ciudad son los pelos del antebrazo erizados del frío y todo el sudor del verano. Llevar la ciudad dentro exige dominio de las situaciones, pero cuando no estoyse traduce en nostalgia y descontrol. Es por eso que siempre, aunque llegue a evitarlo de forma consciente, acabo volviendo. La ciudad que vive en mí tiene, a su vez, una vida propia y contra eso sí que no puedo luchar.

 El mundo se hace pequeño más allá de los límites de Zamora. Me he paseado por los miradores periféricos buscando al atardecer una panorámica de cualquier otra parte para poner en mi casa y nunca me sale la foto tan bonita como para compararse al recuerdo idolatrado.

 De una u otra forma las calles me han visto igual que yo a ellas. Hemos cambiado y al tiempo somos los mismos. Querríamos partir de cero pero nos hemos atado, tenemos la vida que hemos merecido, pero no siempre la que nos gustaría. Y a pesar de todo aquí estamos, un año más, en la acera. Como hemos hecho desde que el mundo tiene sentido, porque los libros dicen que tiene sentido. Como hemos hecho desde que llueve, como hemos hecho desde que estas piedras se apoyan una sobre la otra, como hemos hecho desde que la primera luna llena de primavera nos reúne alrededor de las velas y bajo las estameñas, porque hiela. 

Nos unen, por lo tanto, la ciudad y la tradición. Nos une todo aquello que nunca sabremos cómo expresar. Porque lo vivimos, lo vivimos incluso si es a base de tópicos, de sonidos, olores e imágenes que repetimos mil veces a lo largo del año, y con ellos intentamos engañarnos, engañar a nuestros sentidos, pero al final nunca lo conseguimos. La ciudad que nos palpita dentro necesita de este tiempo, necesita de esta semana tanto como nosotros, porque en realidad la ciudad somos nosotros, y nosotros somos la ciudad, extraña simbiosis que nos esclaviza a ambos.

Nos esclaviza a un pasado del que no podemos renegar, porque es la base raíz de lo que vivimos. Los huesos de los que fueron debajo de las losas que pisamos. Nos esclaviza a un futuro porque no hay demasiados caminos entre los que elegir y siempre está ese constante recelo al cambio escrito a fuego en nuestra genética zamorana. Nos esclaviza a un presente de horas bajas y cielos de tormenta en el que estamos sin paraguas.

 Y, sin embargo, somos libres. Somos libres hasta el punto de tener miedo de la libertad. Somos libres como zamoranos porque en nuestra Semana Santa se encuentran todos los detalles que hemos escogido para reconfortarnos el alma, sin que nadie nos obligara, porque lo hemos vivido, bebido, oído y aprendido. Cuándo nos daremos cuenta en realidad de que no estamos atados. De que se puede seguir adelante, a un futuro que nos espera ansioso, sin tener que darle la espalda al pasado que nos ha dado todo lo que tenemos. De que se puede cambiar si se respeta la esencia. Cuándo nos daremos cuenta de que, en una ciudad que nos necesita tanto como nosotros a ella, el miedo a la libertad y al cambio es el que nos obstaculiza el presente.

 A veces la ciudad me palpita dentro del pecho, me palpita con un poco de rabia, y ya no sé si soy yo, o es ella, o somos ambos. A veces estoy lejos y me siento cerca, y, a sabiendas de que algún día pasará, nunca querría sentir un Viernes Santo lejos de Zamora. O que es Zamora, quiero creer, la que no querría que yo faltase un Viernes Santo. A veces la ciudad me palpita dentro del pecho, y es rabia, pero también es de alegría, alegría que no nos falta, el impulso necesario que, sin saberlo, ya tenemos dentro y que sólo nos exige ser un poco más valientes de lo que ya somos. Que Zamora y su Semana Santa no es sin nosotros, pero nosotros no somos nada sin ellas.

(Publicado en la Revista Barandales 2012)

lunes, 19 de marzo de 2012

Días como hoy

Hay días como hoy en los que no me quito el pijama. No es depresión, es una feliz obligación del domingo. Deambulo por la casa, reconozco los baldosines de la cocina, nos tuteamos. No hay alcohol en este piso, no queda droga. Todo lo que hay es una gran ventana a través de la que pasa el tiempo, en sombras y nubes. Por eso vivo solo los domingos. No quiero ver a nadie: no es depresión, es necesidad. Necesidad de dejar la luz oscura, de sacar el carrete que he ido grabando durante la semana y revelarlo. Me siento en el sofá, miro por esa ventana. Está amaneciendo, son las 7 de la mañana. Debería estar de resaca como todos mis coetáneos, pero no, he dormido bien, he dormido despacio. He dormido tan bien que recuerdo las imágenes y las frases que he soñado. Me acarician, no me castigan. Recuerdo las veces en que no era así. Las imágenes y frases que he soñado se confunden, según pasa el día, con las que voy soñando despierto. Con los escenarios que construyo en mi mente, y los interpreto hasta quedarme dentro de ellos, por eso hoy no necesito ver a nadie, hablar con nadie, por eso hoy cualquier ser humano que cruzase mi puerta no sería bienvenido, porque hoy quiero estar conmigo. Las fotografías van tomando forma en su cubeta. La magia de la química, la ciencia de la luz atrapada en el nitrato de plata. Me vuelvo a sentar en el sofá, con la botella de agua. Todo funciona despacio. Aparecen las caras, y es entonces cuando empiezo a entender que todavía hay gente que tiene magia. Mejor aún: hay gente que guarda magia. Hay gente tan diferente a mi verborrea, a mi lacerante ruido exterior que me siento completo de un modo indoloro, agradable. Veo cada fotografía, intento reconstruir el contexto. Si cierro los ojos escucho la risa, escucho los vasos que entrechocan. Escucho, si aprieto los dientes, cómo se quema el cigarro que ya no está. Puedo palpar la piel de escay de otro sillón que no es este. Oler perfumes en cuello ajeno. Llevarme un poco de carmín a los labios. Son las cuatro de la tarde, y sigo en pijama. Sonrío ante fotografías que no existen. Imagino diálogos que no han tenido lugar. Los fantasmas de la semana me abrazan. Veo su magia, me siento afortunado por las hojas del calendario que están corriendo, que tanto me llenan. Llegarán oscuras golondrinas, dice una voz. Pasarán más inviernos como este que se te va, dice otra. Yo callo todas las voces con un sólo gesto de la mano derecha, completamente abierta, extendida. Stop. Es domingo y todo lo externo me es ajeno, irreconocible. Hoy ni siquiera necesito música. Es mi domingo. Fuera de la ventana viene la primavera, pero hoy no abriré. Hay un microclima en este salón, cae el sol. No será un domingo radiofónico, no será un domingo productivo, será un domingo para mí, que este domingo vivo solo. Todo es familiar, extraño sentimiento acogedor de que cada miga de pan que ha caído sobre la alfombra está exactamente donde le corresponde, exactamente a la distancia de mí que le corresponde. Hay días como hoy en los que no me quito el pijama, días completos en los que no pronuncio ni una miserable palabra, ni veo a nadie. Días como hoy en los que no me necesito ni me echo de menos, porque me tengo. Fuera ya es de noche. Quizá haga frío, no lo sé. Ya no necesito cambiarme, es hora de volver a dormir. Mañana ya no será igual, mañana no me tendré, sino me daré. Aún hay gente que tiene magia, habrá que seguir entrenando para merecer algo del reparto.

jueves, 15 de marzo de 2012

Zona Azul

El guardia de aparcamiento conoce la tristeza absoluta mejor de lo que tú y yo nunca lo haremos. Él pasea arriba y abajo las calles de la ciudad, pero son siempre las mismas calles, y nunca puede salir de ellas. Conoce cada farola por su nombre, ha bautizado todas las papeleras con colillas de Chesterfield, sabría cerrar los ojos y orientar el olor de cada contenedor de reciclaje. Memoriza los hábitos de tráfico. Sabe qué Audi aparca en qué lugar a qué hora, y también hasta cuando. El guardia de aparcamiento es el esclavo perfecto de la rutina, nunca se enamorará de nadie que le canse por monótono, porque él sabe lo que es la monotonía. Conoce todos los instantes que oscilan entre las 9.00am y las 8.00pm. Vive encerrado en el mismo día cada día. Sabe lo que es la auténtica tristeza porque se alimenta del pecado. Se alimenta del despiste de aquel que no vio una línea azul debajo de la rueda delantera. Se alimenta de la pereza de quien no quiso acercarse al centro de la ciudad caminando. Se alimenta de la avaricia de aquél que no quiso gastarse treinta céntimos porque sólo iba a estar cinco minutos estacionado. Se alimenta del egoísmo del que reclamaba las calles para sí mismo y nunca para el Ayuntamiento. En general, está henchido del mal ajeno y, como si de un moderno inquisidor se tratase, merodea con un hambre vampírica de pecados, merodea arriba y abajo. Él fue una vez alto, esbelto. Él una vez sintió que su uniforme en colores fluorescentes y letras blancas le convertía en atractivo. Pero ahora no. Ahora está encorvado, ennegrecido de tanto estar al aire libre. De caminar con las manos cruzadas a la espalda. Ahora no, ahora no cree ni en sí mismo ni en nadie, porque necesita no creer en nadie: si no cree en nadie está convencido de que los pecados ajenos se retroalimentarán, y eso le hará más grande dentro de su pequeña inmundicia de cardenal apóstata que no cree en el perdón. No cree en el perdón, porque si existe el perdón, por 3 módicos euros se puede echar a perder una multa de 30 que él ha buscado ansiosamente a lo largo de toda la mañana. Si existe el perdón, el guardia de aparcamiento deja de existir, porque dejan de existir las multas, deja de existir el castigo divino, deja de existir el cielo y el infierno, dejan de existir las líneas azules y las verdes y las amarillas, y entonces, sólo entonces, el Universo sería una terrible y tremenda y enorme línea blanca donde todo el mundo podría aparcar y nadie cometería infracciones y el guardia de aparcamiento se despierta sudando del sueño. Y de pronto. Se despierta sudando del sueño. Está solo en la cama. Conoce la monotonía, conoce la tristeza, conoce la soledad. Se asoma a la ventana, y a la luz naranja de las farolas reconoce el color azul de la línea que circunscribe la acera. Sonríe, con un poco de malicia, y se vuelve a acostar sabiendo que mañana el mundo le necesitará de nuevo.

martes, 13 de marzo de 2012

Sólo un Fado

Un fado son cien patadas en el alma. Un fado es salir a la calle un día de lluvia y pisar encima de todos los charcos en los que te reflejas para ver cómo se desfigura tu rostro. Un fado es echarte un pulso en el espejo y perder. El fado es la voz de un Portugal que le canta al dios a quien un día se encomendó, y que hoy le ha dado la espalda. Portugal, con ironía y tristeza, que no es gris ni amarilla ni azul, mirando al mar hace sonar la guitarra. Hay sol y ropa tendida nas ruas de Lisboa. Un fado son todas las miradas que se te han escapado mientras te callabas. Un fado habla de todas las discusiones que has perdido y de aquellas en las que, venciendo, no ganaste nada. Un fado para el día que te vas de casa, un fado para el despido improcedente, un fado para el futuro que no te ofrece esperanza. Un fado para celebrar las tardes felices, para ponerte en el lugar que te corresponde debajo del cinturón de Orión. Un fado entre amigos y buen vino, un fado que suene mientras limpias tu casa o cocinas para ella. Un fado son todas las horas de una semana metidas en un metrónomo que se balancea arriba y abajo en lugar de a izquierda y derecha. Un fado son todas las palabras que eres capaz de contextualizar en un silencio milenario. Un fado son fotografías gastadas por el paso del tiempo halladas en un cajón, un fado son las historias que viviste y más aún, las que dejaste por vivir. Un fado es capaz de llorarte todos los sentimientos que nunca podrías dibujar, y mientras lloras, un fado es el foco transverso de luz que deriva en arco iris la cortina de agua. Un fado por los que ya no están, un fado por los que vendrán.

Un fado son cien patadas en el alma pero, si cierras bien los ojos, un fado es el recuerdo que tienen tus labios cuando guardan el beso más bonito que nunca has dado.


sábado, 10 de marzo de 2012

Perfúmenes fatales

1.
El ascensor de mi edificio, cada vez que se vacía, conserva dentro el olor de su último ocupante. Cuando entro en esa especie de armario de olores, juego a reconocer al asesino de las viejecitas. Cada olor tiene una forma geométrica, cada olor al materializarse en un cuerpo que ya no está, me habla. Me hablan todos, y os aseguro que he oído magníficas historias sobre aseos que no funcionan y costumbres higiénicas olvidadas, como el uso del bidé. También he olido, perdón, oído, romances de alto standing, oficinistas, hombres de sport y caballistas de lujo. Una noche, saliendo del ascensor en el vestíbulo descubrí a la vecina del séptimo izquierda arrugando la nariz tras cruzarme con ella. Desde entonces cambié de colonia y ya sólo uso las escaleras.
 2.
Todo mundo debería ver alguna vez en su vida una autopsia. Deberían conocerse interiormente. Conocerte interiormente no implica memorizar todas las enseñanzas de la vigésimo tercera reencarnación de Siddharta Gautama, a.k.a. Buda. No implica hacerte con la colección completa del bueno de Paulo Coelho. Conocerte a ti mismo significa que alguna vez metas el dedo índice dentro del canal que dibujan todas las vértebras juntas para que se deslice, anguilosa, la médula espinal. Que veas un riñón emerger de entre la grasa retroperitoneal. Que entiendas la contracción en sístole del corazón sometido al rigor mortis. Que palpes las placas ateromatosas dentro de una arteria coronaria. Que huelas un intestino cerrado. Que escuches trepanar y ceder el hueso. Una experiencia multisensorial al alcance de pocos afortunados.
 3.
Vimos la muerte. La tocamos con los dedos. Fue una noche de abril. Acababa la Semana Santa. Nos montamos, borrachos como cubas, en un Seat Ibiza. Nos fuimos de la ciudad. La música sonaba. Las señales del cielo sólo eran señales de tráfico. Éramos intocables. Había luna llena. Las encinas se iluminaban al paso de la comitiva. Una cuerda colgaba de los bajos. Intentamos arrancar de cuajo el letrero que delimitaba un pueblo. Nadie nos vio, nadie pudo vernos. Luego, vencidos, nos fuimos de vuelta. Era muy tarde, tan tarde que casi era pronto. Según descendía el alcohol de nuestras venas y se llenaban nuestras vejigas fuimos viendo cómo se deslavazaba la niebla y la luna brillaba. Sonaba el Réquiem de Mozart a todo volumen en el equipo de música. Íbamos callados. Éramos conscientes, ahora sí, de que una cuerda colgaba de los bajos del coche y se deslizaba por la carretera, siseando como una serpiente. Allí se había agarrado la muerte. Llegamos a la ciudad, cortamos la cuerda en un semáforo. Nos fuimos a nuestras casas después de atravesar aquel túnel, y nunca más volvimos a verla tan cerca.
 4.
He entrado en el ascensor. Hay tres tipos. Hay un tipo que está arrugando la nariz intentando olernos a todos. Dicho esto, los otros dos huelen raro. A alcohol. Pero uno es alcohol del barato. Puede ser Ron Negrita. El otro es alcohol industrial. Formol, huele a formol. A los tres les va a dar igual todo, porque no saben que vamos al último piso. Qué curioso, no saben que dentro de poco los tres estarán en formol.

viernes, 9 de marzo de 2012

Humildat

Aprendí yo solo a envainarmerla. Aprendí a morderme la lengua por encima del estruendo, aprendí a escapar de las peleas cara a cara. No he aprendido nada, pero al final, hoy es el día. Y sabes, gente como yo, estamos esperando tu lugar. Gente como yo nos hemos castigado, hemos llevado encima de los hombros muchos días grises y noches blancas. Aprendí el valor de la humildad. Sin embargo, quiero que estés por aquí para contemplar mi triunfo, porque siempre he estado seguro. Tan seguro que no habría valido la pena seguir adelante si no hubiese creído. Se guarda por ahí, ya ni me acuerdo dónde lo he dejado. En algún cajón, quizá el de los cigarrillos, quizá el de los folios en blanco. Nunca he sido bueno apostando: si lo fuera hace años me la habría jugado. Pero no, aquí estoy, creciendo con arrepentimiento y repartiendo clases magistrales en aulas magnas de barra. Este proyecto es lo más grande que he tenido entre manos. Ojalá me viera mi maestra de párvulos. Hoy es un día como tantos otros, y no es, ni de lejos, el día de la victoria. Es sólo un día, un paso más, y sigo estando de pie. De pie, cada día me queda un poco menos de humildad, pero confío en que cuando se me termine del todo, todo haya acabado. Y por mucho que falte aún para ese día, falta un día menos. Sólo entonces podré desenmascararme del todo, aunque ya me conoces y por eso me temes, porque vivo y me alimento de tus sombras, de tus miedos. Nos miraremos a la cara, y sabrás que la tengo envainada, que me muerdo la lengua, que juego muchas divisiones por debajo, pero que ya has perdido un buen partido. Seguiré jugando a la humildad, seguiré con mi paciencia. Por una sola noche, me alimentaré de la sangre que en el agua deja tu herida mientras te alejas. Mañana nadie se acordará de este tropiezo, uno de tantos. Mañana todo seguirá en su sitio, todo será igual, salvo que yo estaré un poco más convencido de mantener la apuesta. Envainado, mordiendome la lengua por encima del estruendo, escapando de la lucha. Y nunca dejando de luchar, para quizá vencer al final. Pero con humildad.

martes, 6 de marzo de 2012

Otros cien años

Lo confieso, soy aquel que no pudo con "Cien años de soledad". Soy el hombre que se perdió entre las matas de la jungla y se le derritió el hielo antes de llegar a Macondo, y me siento absolutamente culpable de todos los cargos al Nobel que quiera aplicarme este pelotón de fusilamiento delante del que recuerdo, como en una sucesión amable de diapositivas en Power Point, todos los días de mi vida y todos sus libros, desde mis primeros ejemplares de "El Gusanito de la Manzana" hasta "Qué son esos caballos que hacen sombras en el mar" del siempre clarividente Lobo Antúnes.

 Lo confieso, señora, y no me mire así, que su hijo también se droga. No soporté a ese prohombre de las letras hispánicas más allá de la centésima página de su obra maestra, todo lo contrario que me ocurrió con ejemplares menores como el inútil resabiado de Lorenzo Silva o la reiterativa Matilde Asensi, cuyas lejanas obras y prosa mundana consiguen ese reto de atraparme desde la primera a la última página.

Lo confieso, disparen, de vez en cuando me dejo caer entre los mitos de la Literatura Universal y me bebo de un trago a Stefan Zweig, al oscuro Camus, al reversible Cortázar o al póstumo J.K. Toole que me provocan los mismos escalofríos que una chica a la que me quería follar, la cual, una noche en París, me contó que era capaz de llorar mientras leía las páginas finales de "Cien años de soledad", que en sus oídos resonaba una gran orquesta sinfónica y se le ponían los pelos como escarpias. Nunca me la follé, porque no terminé con Gabo, así que, señores del pelotón, disparen.

Pero antes déjenme echarle el último vistazo a mi volumen preferido de "El Gusanito de la Manzana".

volcano

La erupción volcánica de El Hierro ya es historia dicen los periódicos pero nadie me va a quitar las noches que me quedé viendo llover piedras incandescentes, viendo hervir el lecho del mar. No me preguntaste de nuevo por tu foto ni por la isla que hicimos crecer. Conservo ambas con cierto fervor, las guardo para el día de primavera que nos veamos de nuevo, porque sé que lo haremos, y sé que será primavera, tras este invierno en barbecho. Ese día te hablaré de cómo siempre tuviste la razón, de cómo no te la di para no perder mi partido. Estás en cada cigarro en la ventana y en el umbral de todos los telediarios, que se me ha pasado el hielo sin verte, que te recuerdo en la estación, Humphrey y yo subidos con las maletas al tren. No llueve si no es necesario, esa es la causa de esta sequía. No llueven ya rocas de lava sólida ni se contamina de azufre el cielo como en nuestro otoño. Entiendo ese cielo rojo, entiendo que estés lejos, entiendo la extinción de los volcanes y las noticias de los periódicos pero no por ello te echo menos de menos.

viernes, 24 de febrero de 2012

ZZ Top

He descubierto que en realidad el basurero de mi barrio es el cantante de los ZZ Top. Lleva su escoba, su traje reflectante en amarillo fostorito, su gorro de lana azul. Pero sé que es el cantante de los ZZ Top, por cómo le cuelga el cigarro, por las gafas de montura dorada heredadas en 1984 de su difunto hermano, pero, sobre todo, por la barba, por esa barba pelirroja que habla de rock and roll sureño, habla de Texas profunda, y yo sé bien que es él, nos miramos cada noche que yo vuelvo tarde a casa y él barre colillas mirando al suelo, pensando en sonidos psicodélicos de guitarras hechas en casa. Siempre le deseo buenas noches, al fin y al cabo, no deja de ser una estrella del rock. A veces pienso en pararme y pedirle un autógrafo, pero sé que a él le gusta el anonimato, por eso dejó Houston y se vino a limpiar Salamanca de madrugada, porque los auténticos rockeros no pueden dejar de vivir la noche, aunque sea dejando los adoquines relucientes. También he valorado la posibilidad de llevarmelo al Bar Los Amigos, que está a media altura de la cuesta de mi casa, donde casi siempre me lo encuentro. Le pagaría unas cañas y escucharía la vez que se fue de gira con Jimi Hendrix, o quizá nos acabaríamos emborrachando y vociferando a coro Gimme all your lovin' porque yo siempre quise ser sureño y destrozar los trastes con un slide, pero qué le vamos a hacer, si Dios no quiso que la música y yo conviviéramos en el mismo universo, qué le vamos a hacer si nací en medio de la estepa siberiana y no al lado del Río Grande. Cantaríamos Gimme all your lovin' porque, en realidad, no me sé ninguna otra de los ZZ Top, y simplemente he reconocido al cantante por su barba, pero yo sé que me saluda siempre educadamente porque se huele que conozco su secreto, está acojonado, y que, de hecho, si me lo llevo algún día al Bar Los Amigos, me pagará las cañas y puede que incluso me deje tocar la guitarra que le regaló Jimmi Hendrix con tal de que yo no cante.

miércoles, 22 de febrero de 2012

mentidetas

Os hablaré de amor, os hablaré de las mujeres a las que he amado. Os hablaré de cómo me recompensan y me castigan las noches, os hablaré de que no he olvidado ni un solo detalle. Las fechas, los colores, los lugares. Las palabras se me van yendo a todos los lugares del cerebro que no utilizo para preparar el desayuno. Os hablaré del amor aunque no lo conozco en absoluto, así podré ser sincero. Conozco todos los campos de minas que he ido dejando atrás, los que yo mismo planté y también sobre los que he saltado. Ellas. Os hablaré de su pelo y de sus ojos, de cómo en cada una toda la luz bailaba diferente por las mañanas, a veces tango, a veces ballet, qué sería del amor sin la música. Os hablaré de que, casi con total seguridad, son lo peor y lo mejor que me ha pasado, reconozco en público ser incapaz de sacarlas de mi vida. Os hablaré de camas de noventa y también de matrimonio, de las veces que jugamos a ser ricos y también de aquellas otras en las que siendo tan pobres que sólo nos teníamos a nosotros mismos fuimos felices. Os hablaré de las tormentas y de cómo nunca he aprendido de los errores que cometo ininterrumpidamente. Os hablaré de las tardes en soledad, pero también de los paseos por ciudades que nunca nos pertenecen. Os hablaré de correo postal, teléfonos y líneas adsl, que son todos los sinónimos que se le pueden poner a la distancia. Os hablaré de mi deseo, de mi falta de deseo, de su falta de deseo, de sus deseos. Todas las citas que no han sido de Coelho. Vanos intentos de impresionar, de cambiar, de mejorar, de volver atrás, de ir adelante. De lo bien que nos lo hemos pasado estando juntos y lo mal que hemos estado separados. Ellas, que le han dado y quitado sentido a la vida que llevo, ellas son el motor absurdo de una existencia entretenida, y nunca han tenido un homenaje más que las letras que les he regalado para hacerlas sentir especiales mientras yo también me siento especial. Ellas se marchan, pero nunca se van y siempre se quedan algo mío, aunque, incrédulas, siguen caminando como si nada, y yo, sigo corriendo. Sigo corriendo, por qué no decirlo, para poder seguir hablando de amor y de mujeres a las que todavía no he amado.


lunes, 13 de febrero de 2012

Fuego griego

Hay fuego en las calles. Dormid tranquilos. Mañana todo seguirá en su sitio. El Estado arreglará todo. Huxley y Orwell os hablan al oído. Os hablan al oído sobre la salvación del mundo, un mundo que, cada día estoy más convencido, en realidad no quiere ser salvado. Un mundo que ya está salvado. Se salva con regalos de amor cada 14 de Febrero, se salva con buenas intenciones al empezar el año, se salva con veranos completos en playas atestadas en costas deshechas por leyes de especulación.

Hay fuego en las calles y no es la primera vez. Pero esto ya no es el pasado. No soñeis. No soñeis con que la policía abandone su puesto en favor de la moral, cruce la colina y se ponga de nuestro lado de la valla, entre nubes de gas lacrimógeno. No soñeis con que mañana todo será distinto. Esto ya no es el pasado. La Bastilla no se podrá desmontar piedra por piedra porque está construida con amianto y pegamento de Prypyat entre sus muros, y nosotros lo queremos todo. Todo salvo morir.

Hay fuego en las calles y nosotros no queremos morir. Queremos vivir a cualquier precio, y puede que no seamos culpables del precio de nuestras cabezas, pero tampoco nos molestaremos demasiado en regatear a la baja. Nadie nos compró, no nacimos en venta. Sólo llegamos aquí cuando ya era demasiado tarde como para bajar a una trinchera de Verdún a llorar por el barro, demasiado tarde para picar piedra en la Sierra de Madrid. Creer ha sido nuestro delito, creer es el delito de nuestros padres. Creer es nuestro delito y nuestra redención.

¿Quién vendrá a redimirnos? Los diarios deportivos auguran que Messi y Cristiano son el advenimiento de Jesucristo y la vigésimo tercera reencarnación de Siddharta Gautama. Y quizá lo son, pienso en esta noche de fuego griego, aquel que se pegaba a los barcos persas y ardía al contacto con el agua. Ojalá ese fuego griego ardiera, pegado a nuestro barco que zozobra, al contacto con la lluvia de mediocridad y conformismo que nos cae encima. Ojalá nos hundamos por completo y entonces, sólo entonces, nos reinventemos de verdad. O antes de eso, que vengan Messi y Cristiano a salvarnos si es que, en realidad, queremos salvarnos, que cada noche lo dudo más.

sábado, 11 de febrero de 2012

Bebiendo solo bajo la luna (Li Po)

Tomo un frasco de vino y entre las flores bebía.
Somos tres: la Luna, yo y la sombra que me seguía.
Por suerte, no sabe beber, La Luna, buena amiga,
y a mi sombra la sed nunca la mortifica.
Cuando canto, hete aquí, la Luna se lo mira;
cuando me pongo a bailar, la sombra me hace compañía.
Cuando se acaba el festín, los invitados no huyen:
he aquí una tristeza que nunca he conocido.
Si me vuelvo a casa, me sigue la sombra muda,
y un poco más lejos, me acompaña la Luna.



Poema de Li Po (701-762)

miércoles, 8 de febrero de 2012

la fiesta

El paquete de Marlboro, la botella
de Frascati encima del equipo
de alta fidelidad (sus brutales
decibelios silenciados
por la sorda ciencia de la cámara)
Fiesta, Roger Wolfe.



Cuando acaba la fiesta los desechos orgánicos pueblan las mesas del salón y donde hubo bullicio, gritos y copas contra la pared, quedan ahora el silencio más absoluto y la oscuridad total. Las efemérides nos han herido por intentar cerrar círculos que ya estarán siempre abiertos y son, por lo tanto, espirales. Esperaba verte, pero nunca estuviste, así que decidí no estar ni triste ni contento, decidí un baño hirviente de espuma en lugar de la taza del váter con la que solía adornar antes mañanas como estas, mañanas de cuando acaba la fiesta. En la oscuridad que reina en el salón dan vueltas ahora las guirnaldas y las colillas, porque alguien dejó la ventana abierta al marcharse, para que así los vecinos puedan admirar nuestras múltiples cualidades vocales y lluevan denuncias y notas amenazantes en el buzón de la comunidad. Esperaba oirte, pero nunca llamaste, así que decidí no quedarme más en el umbral, bajar al portal a congelarme mientras otros tiraban la basura, mientras pasaban coches y me miraban y pensaban qué hace ahí ese tipo. Abajo hacía frío, lo sé porque sé quedarme de pie, quieto, los labios convertidos en pistas de aterrizaje de escarcha y surcos milimétricos de sangre que no corre porque se congela y se coagula. Esperaba olerte, pero mi nariz, siempre grande y desaprovechada, no pudo hacerse contigo ni resbalarte desde la nuca hasta el hombro impregnandose como solía hacer para que después, las tardes que faltabas, pudiera aspirar fuerte y meterte un poco más en mi cabeza. El salón después de la fiesta huele a tabaco y a humedad, calando las fundas de los sofás, atandose a cada fibra que durante semanas, cuando aspire fuerte, recordará la gente que daba vueltas alrededor de la lámpara bailando, las conversaciones a hurtadillas en una esquina, las miradas escondidas desde detrás de un hombro alto, los vasos estalladas en el suelo y la pared, pegajosos desde la próxima mañana. Esperaba morderte, pero la fiesta ya se ha terminado y no eres el limón que mastico, torciendo las mejillas en un gesto muy desagradable, un gesto que me desconfigura la pose con la que salgo en todas las instantáneas que nos congelan ya para siempre, que miraremos recordando quemaduras, recordando dónde y cuándo estuvimos y qué hicimos y por qué lo hicimos, si es que eso llegamos a recordarlo alguna vez, puede que eso nunca lleguemos a pensarlo, puede que lleguemos a pensarlo pero lo olvidamos, porque es el limón que mordemos, ese es el toque concreto del limón que nos tuerce el gesto, hasta entonces es jugo y carne, no es ácido. Esperaba tocarte y que después, cuando todos se vayan y la casa vuelva a ser nuestra, te vengaras reventándome un poco la espalda haciendo como sientes que me duela pero nunca parando para que enlace un pinchazo de tus uñas con el siguiente, mientras pasa la noche en el despertador con sus números tan digitales y tan brillantes y pienso en las fiestas que ya no son fiestas, sino que son sólo lo que queda cuando a la mañana siguiente paseo despacio oliendo a tabaco que no es mío, después de un baño de espuma con una que no eres tú. Entonces me paro a comprar el periódico y me encuentro mi corbata enrollada dentro del bolsillo interior del abrigo; eso es lo que queda de la fiesta, eso es el por qué de echarte de menos, porque hoy no huele a nada, hay luna llena y alguien debería recoger este salón.

martes, 7 de febrero de 2012

Manual de soledades para una Grimaldi


Los días que han pasado no nos dejan más que sombras. Hemos visto rodar las nubes, juntos y separados. Guardamos libros que leímos y escribimos en algún rincón y compartimos, siempre que podemos, las noches. Creímos una vez tener tanto en común que nos la jugamos y saltamos a un vacío que, efectivamente, estaba vacío. Sin embargo hoy, mucho después, volvemos a encontrarnos. Nos encontramos casi sin querer, casi sin saber, sin saber que es ahora, cada uno en una esquina del cuadrilátero, cuando más tenemos en común, un tesoro, una lápida, una bendición y un castigo.

Nuestro tesoro es todo lo que nadie nos ha dado. Por eso estamos aquí, porque somos los que esperamos y deseamos. En otra parte del mundo, lejos o cerca, existen las existencias que tenemos olvidadas a propósito. Existen las historias que nos cuentan y nos queman en el estómago cuando recordamos. Vivimos de un modo paralelo a ellos, pero la historia es una red, y no una vía, lo que nos obliga a cruzarnos de frente al miedo, al deseo, a un destino que nadie ha escrito para nosotros, a las complicidades hirientes, a la melancolía de saberse similares, de saberse correspondientes e incluso correspondidos pero nunca, quizá ese es el defecto, nunca enfrentarse al miedo.

Todos los pesos parecen tristes, tristes tardes, tristes bolas de cadena al tobillo. Luego, de algún modo inexplicable, esos mismos pesos que nos atan nos hacen encarar los instantes con el desencanto de quien intuye que no tiene nada que perder, porque nada tiene y, por eso mismo, al final ganamos. Ganamos instantes de pequeña e inmensa felicidad para bebernos la vida en noches eternas, en mañanas de sol y tardes de lluvia que siempre son martes. Aparecen las perlas al borde del camino, el alma se calienta cuando menos lo esperas y así, de forma inconsciente, vamos siempre avanzando.

El camino no es uno, son miles. Pero cada camino es propio, personal, intransferible. Caminamos solos aunque a veces nos encontremos. Caminamos solos por decisión propia, al fin y al cabo somos los dueños de nuestro destino, no podemos culpar a nadie salvo a nosotros mismos de haber grabado las letras y los nombres a fuego. Quien lo entienda y quien no lo haga nos mirarán desde fuera sin saber, o a veces sabiendo y sin entender, o a veces incluso entendiendo que el querer que gastamos es un crédito limitado, que todo el oro lo tenemos en una cuenta cerrada de un paraíso fiscal y no sabemos si la policía nos renovará el pasaporte para salir del país y daremos vueltas en la terminal con el billete en la mano.

Las de estos caminos no son historias, por tanto, tristes ni alegres; eso depende del día. No son historias de soledad, porque en ocasiones son historias de grandes compañías. No son historias que buscan una palmada en el hombro, no buscan la épica ni la gloria, es sólo un poco de paz y siempre quieren un rato de buena conversación. No tratan en ningún momento de olvidar y superar, porque eso sería caer en una dinámica de perdedores que se destruyen. No intentan, estas soledades acompañadas, ser cantadas en canciones épicas, lo que intentan es ser íntimas, es formar parte algún día de un buen recuerdo. Son infinitesimales y no responden a las leyes de la física que tanto nos han sometido. Se escapan y crecen en múltiples dimensiones más allá del espacio-tiempo. Se toman un descanso y, cuando menos lo esperas, vuelven en boomerangs decorados.

Las historias que contamos no caben en pequeños manuales, y no son mejores ni peores que cualquier café. Sólo son soledades muy bien acompañadas que se rebelan porque se saben incompletas y no encaran batallas por el miedo a cansarse y agotar ese sublime componente que es la paciencia. Mientras tanto, mientras no nos falle, vamos poco a poco, paso a paso, siempre por delante, con la maravillosa convicción de que lo sabemos todo de antemano y, de esa forma, siempre nos sorprendemos y podemos sonreír cuando descubrimos que, en realidad, no tenemos ni idea de lo que nos espera a nosotros que tanto y tan poco sabemos.  

lunes, 30 de enero de 2012

El fútbol a sol y sombra, de Eduardo Galeano


Si os gusta el fútbol, la prosa, la poesía, el balonmano, las mujeres, el vino.... Qué más da lo que os guste, porque este libro os va a encantar. Galeano es un mago de la palabra, ya que no lo pudo ser del balón. Es un excelente sociólogo, un retratista de multitudes anónimas y también de caras idolatradas. Un libro que se devora con facilidad, casi con ansia, mínimas historias enciclopédicas plagadas de anécdotas y frases para el recuerdo. Si os gusta el fútbol, disfrutareis este libro. Si no os gusta, después de leer a Galeano,quizá empiece a hacerlo.


"El gol es el orgasmo del fútbol. Como el orgasmo, el gol es cada vez menos frecuente en la vida moderna. Hace medio siglo era poco frecuente que un partido terminara sin goles 0 a 0, dos bocas abiertas, dos bostezos. Ahora, los once jugadores se pasan todo el rato colgados del travesaño, dedicados a evitar los goles y sin tiempo para hacerlos.

El entusiasmo que se desata cada vez que la bala blanca sacude la red puede parecer misterio o locura pero hay que tener en cuenta que es un milagro que se da poco. El gol, aunque sea un golcito, resulta siempre goooooooooooooooooool en la garganta de los relatores de radio, un Do de pecho capaz de dejar a Caruso afónico para siempre, y la multitud delira y el estadio se olvida de que es de cemento y se desprende de la tierra y se va al aire"