jueves, 30 de diciembre de 2010

tres seis cinco (dos cero uno cero)


"Con todo lo que tú no sabes,
se podría escribir un libro"


Anoche robé una lima en el Popanrol entre gin-tonics. Supongo que cerraba un círculo más. Me gusta mirar atrás estos días y soltar lastre, como Loquillo. Pero, cómo contar con palabras el mejor año que he vivido. Cómo contar el retorno del rey, de cuando me volví a creer capaz de hacer lo que siempre quise hacer, y ese empuje aún me dura. Cómo contar lo que valen los besos de verdad y que el esfuerzo es parte de la recompensa. El año que fuimos campeones en el verano que la metimos, tan jodidos como contentos. Cómo contar que ni la arena del desierto sirve para siempre, pero sí la de la playa, un amigo en cada puerto, que el verano son todas las canciones. Los trenes que se fueron, las despedidas en la estación y lo que aún está por llegar. Todo lo que he descubierto, todo lo que aún no sé. La música siempre detrás de las orejas. Las letras que son el refugio y otras un poco la tortura, las noches que cambian el mundo y las mañanas que lo dejan cabeza abajo. Los gintonics, los monólogos, los relatos, el humo en la ropa que nunca va a volver. Videmala, siempre presente. Salamanca y Zamora. Los amigos, la familia. Vuestros nombres a fuego en alguna parte, la Moleskine, Portugal. Las grandes pasiones. Las pequeñas pasiones, el fútbol y el motor. La vida que damos a los demás es la que vivimos en realidad. Atardecer al borde de la piscina, cumplir 22, aporrear la guitarra, buscar siempre buscar pero no huir. Los errores que son aciertos, los aciertos que valen por dos.

Muchas gracias, 2010, ha sido un placer. Me encantaría volver a encontrarnos alguna vez y contarte cómo me ha ido.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Navidad

Vereis. Yo intuía que tras 4 años con exámenes, estas navidades por fin libres iban a ser la polla.

Cuando esta tarde he visto la cara de felicidad de mi padre y su videocámara nueva, he visto a mi sobrina sin parar de jugar en todo el día y nos he visto a mi madre, a mi hermano y a mí en VHS hace unos 15 años en un viaje a Jerez, me ha parecido justo constatar que es el mejor inicio de Navidad del que soy consciente.

Felices días, como cualquiera del año.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Tonight, tonight

the impossible is possible tonight,
tonight.

La niebla es un invento de los políticos para tapar la ciudad, por eso a todos nos gusta el otoño, nos gustan las portadas de los periódicos donde salen los héroes que no se dan cuenta de que los héroes de verdad no tienen voz ni cara, nos gusta la niebla porque podríamos esnifarla hasta volvernos transparentes y quedarnos a dormir en las esquinas, haciendo de este sitio Moscú o Viena, volviendo turbio el vodka y claro el pensamiento, haciendo el amor como hacen las huelgas los controladores aéreos, arranquémonos el frío de la piel a tiras, y hagamos una cuerda para atar al perro que quiere escapar hasta los agujeros del puente donde se estancan las crecidas, donde el barro y los juncos no son sinónimos ni parecidos, donde la niebla, la eterna niebla se tiñe de amarillo por los rayos de las noches electrolíticas del ayuntamiento, que patrocina los paseos y las vallas de obra, los socavones en las aceras y los badenes en las avenidas que hemos dejado de sentir hace ya tanto tiempo que ni lloramos por ellas, parte infalible del ensanche, de los planes urbanísticos trazados por la mafia, y mientras tanto nosotros en la ciudad, el espacio aéreo cerrado y las calles vacías, la alarma en el telediario, la paz en el sofá, los agujeros de gusano en la almohada y el vaho en la ventana, desde donde se ve la niebla.



viernes, 3 de diciembre de 2010

Pasillos

Para A., D. y S.


A veces me siento en los pasillos del Hospital. Hay que creer en ciertos seres humanos en estos tiempos que pasan, canturreo. No le cedo mi asiento a los viejecitos, los veo deambular y me imagino sus destinos, sus consultas y sus volantes. Me imagino un laberinto burocrático que desemboca en un hilo de Ariadna con forma de catéter epidural y marcas radiológicas.

No me habría importado demasiado tener una raja más o menos en el culo, pensaba mientras me metían un enema opaco de papilla baritada, blanca como la leche, blanca como el semen de las clínicas de fertilidad, blanca como el tippex que tapa los errores escritos. No me importaba, las cosas podrían haber salido al derecho o al revés y lo único que se puede hacer cuando en el culo tienes un solo agujero es untar bien de vaselina cada uno de los objetos animados o inanimados que corresponda introducir.

La máquina de rayos producía ruidos robóticos parecidos a los que habría podido usar Kubrick en 2001, yo pensaba en cada una de mis células bombardeada con electrones, que en mi mente adquirían consistencia y forma coloreada, una lluvia versicolor de chispas sobre mi barriga, cuya reacción esperabamos todos con ansia, o con temor. Quizá a la mañana siguiente tuviese superpoderes, o quizá simplemente llevara 0,5 milisieverts más y una placa con seis fotos encima. Eso nos parecía a todos lo más probable, aunque no se lo pregunté al colega por miedo a una respuesta cortante o a más tubos por el culo; que no me importasen más rajas no significaba que me gustaran.

A veces me siento en los pasillos del Hospital. La gente camina, todo fluye. Los viejos, a la muerte. Las estudiantes de enfermería, al matadero. Las limpiadoras, a los cuartos de la limpieza. Los residentes, también. Todo fluye, con una clase de justicia que se nos escapa: tenemos un chicle pegado en la suela por cada otro que hayamos escupido a la acera. Las camas del hospital son un intrincado juego de encaje y nunca faltan piezas en este dominó. Me siento en los pasillos a esperar nada, a mirar las caras de la gente que camina, a imaginarme sus afecciones más íntimas y también las superficiales, a entrenar mi ojo clínico.

La enfermera de los ojos marrones me está mirando. No es una imaginación mía. Cuando tienes una sonda en el culo y midazolam en vena, no te imaginas cosas. Al menos, no esas cosas. Te imaginas que no tienes nada ahí, te imaginas en un playa de Hawaii con alimentación y daiquiris parenterales. La enfermera de los ojos marrones me está mirando, me mira a los ojos, espera desde detrás de su cristal que yo le devuelva la mirada, pero yo cierro los ojos un poco dolorido. Diez minutos después me posa la mano suave pero firme en la cintura mientras saca la sonda globo. Me insufla aire con algo de violencia para un segundo contraste. En aquel momento creí entender de forma sutil que la violencia era accesoria para el segundo contraste, de modo que me pareció justo devolverle la mirada cuando volvió a refugiarse detrás del cristal. Ella sonrió, y la segunda vez me sacó la sonda más suavemente, y su mano en la cintura fue más firme.

Los hospitales son hormigueros, son esas columnas enormes de arenisca donde las termitas pasan el verano, con la diferencia de que nadie quiere pasar un verano en el hospital. Pero todos somos hormigas y termitas, somos susceptibles de ser eliminados por una buena pandemia, por un pesticida nefrotóxico, somos débiles y somos dependientes. Caminamos por los pasillos blancos del hospital vestidos de blanco y verde con aparejos al cuello y al bolsillo con un aire diferente al resto del mundo, sin saber que el aire diferente está fuera, que dentro somos sólo dos caras de una moneda. Y el sentido en el que gire la moneda no depende de nosotros.

A veces me siento en los bancos de madera, sin bata, junto a esos viejecitos cuya máxima aspiración en la mañana es entregar el volante que rellenó su paciente médico de cabecera en el ambulatorio de barrio donde purga sus pecados o se gana el cielo. No hace falta ir a Angola para ser misionero, concluí mientras dos monjas de clausura con permiso especial del obispo recorrían el pasillo hacia las consultas de marcapasos de Cardiología, donde el doctor descubriría con sorpresa que una de ellas llevaba implantado uno cuyo fabricante había sido denunciado por fraude.

En el hospital hace calor, sea cual sea la época del año. Pero era verano. Nadie quiere pasar un verano en el hospital, de modo que intenté girarme para ver más de cerca a la enfermera de los ojos marrones, la que me había metido y sacado una sonda untada de vaselina por el culo para llenarme el colon de papilla de bario. Cuando yo cuento esta historia, la mayoría de mis colegas afirman que todo fue producto del midazolam.

Yo intento explicar que el midazolam fue sólo un medio hacia el fin en sí mismo en que convirtió ella. Robaría su hoja de servicios para aprenderme su DNI y sus turnos, le pediría a su supervisora que me hablara durante un par de horas de cómo pasaba las camas, cambiaba las vendas, hacía las curas, de cómo encontraba una vía y mezclaba medicaciones. Me pondría malo de nuevo, me dejaría sondar diez veces.

El calor y los analgésicos opiáceos son enemigos acérrimos desde que el mundo es mundo y la morfina facilita la vida paralela. Los analgésicos opiáceos pueden ser antidiarreicos. Los analgésicos opiáceos pueden causar estreñimiento. Un estreñimiento no explicado puede ser indicación de un enema opaco. Un enema opaco el martes que viene en el turno de mañana puede ser para la enfermera de los ojos marrones. El calor, y el midazolam en general, pueden llevar a pensamientos deliroides como esos. Pero aquel verano, en aquella ciudad y aquel hospital nunca me parecieron tan deliroides.

Uno, desde fuera de esas estructuras rectangulares con aspiraciones elevadas, nunca podría imaginar cómo laten los cuerpos y las máquinas allí dentro. Nunca podría adivinar la extraña sincronía que sucede en ocasiones, y cómo tiembla todo cuando se entra en resonancia, el emocionante peligro de explosión, igual que los soldados rompen el paso al cruzar un puente para que éste no se venga abajo. En mi mente la enfermera y yo latíamos al unísono, nuestro nodo sinoauricular se despolarizaba en el preciso instante en que daban las 12, y yo torcía el gesto notando la sonda, pero me obligaba a sonreír para impresionarla. En mi mente todo era bello, en mi recto todo lo era menos.

A veces me siento en las escaleras de servicio del Hospital y deseo poder fumar, deseo que atardezca y que alguien me saque una foto, para firmarla y entregarsela a ella. El verano nos vuelve deliroides. No me importaría tener una raja más o menos en el culo. Sus ojos marrones y un poco de midazolam. Daiquiris parenterales, noches de guardia y cigarros que nunca vamos a fumar. La radio suena con canciones de Mecano, y eso me hace volar todavía un poco más, eso refuerza la impresionante sensación de irrealidad, y yo rezo por los anestésicos que nunca vamos a tener en vena, por las desconexiones, las máquinas respiratorias, los besos de una enfermera de ojos marrones y los viejos que a base de volantes, visitas a consulta y marcapasos habrán de sobrevivirnos y cobrar nuestras pensiones.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Un miticérrimo legado que es La Polla


Todo mundo se reía cuando se hablaba de La Polla Rojiblanca, peña gastronómica y futbolera del Zamora CF.

Y sí, esta peña ha visto fútbol y ha bebido cerveza como los que más. Posiblemente los que más. Sin embargo, La Polla se acerca a su décimo aniversario, y sucede que su legado cultural va aumentando. El foro que se ha convertido en el ágora casi oficial del Zamora CF, a falta de otro lugar, unificando a todos los usuarios cibernéticos del deporte zamorano.

El semanario JuAs (que en paz descanse, en el cual tuve la oportunidad de participar gracias al gran Manuel Á. Blanco, alias Shion), y del cual bebe gran parte de su inspiración el semanario "El Tren del Gol", dirigido por Rubén Bartolomé, alias, Derteano. Incluso unos premios Polla del Deporte Zamorano, que tuvieron dos etílicas y entretenidas ediciones en 2008 y 2009

El mediometraje "De Cacabelos al Camp Nou: una historia rojiblanca", el anuncio de abonados para la campaña 2008-2009 del Fútbol Sala Zamora, que culminó en ascenso a División de Honor, los cortometrajes de Mario y Pablo Crespo ("Odio" y "Sin título") bajo la denominación de LPR Productions.

Y después la producción literaria de David Refoyo, alias Clifor (25 centímetros, ediciones DVD, 2010) y ahora del propio Mario Crespo (LS6, de Bohodón ediciones, 2010), los artículos de Roberto Félix Fuentes en diferentes medios de Semana Santa, sus diferentes blogs, el blog de Derteano y el mío propio, si bien soy de la última hornada ,casi sin relación con el núcleo duro y original.

Todo este legado cultural es muy digno de mención, al calor de la publicación del libro de Mario, es más, me parece dignísimo, puesto que, salvo contadas excepciones, siempre se asocia el sentimiento futbolero con unos valores alejados de la cultura. De la Cultura, así con mayúsculas, y la Polla Rojiblanca, en una ciudad pequeña como es mi Zamora, nuestra Zamora, ha sabido sacar lo mejor de cada uno de nosotros, y lo que es más importante, compartirlo. Por eso, ahora quiero compartirlo una vez más.

Ahora, os toca juzgar a vosotros. Cerveza, fútbol, cultura, y una panda de genios irrepetibles a los que les debo mucho, y espero pagar con creces.

Web de la Polla Rojiblanca, con enlace al foro:
http://www.lapollarojiblanca.com/

Sección del semanario JuAs:
http://lapollarojiblanca.com/juas.html

Semanario "El Tren del Gol"

http://www.eltrendelgol.com/

Mediometraje "De Cacabelos al Camp Nou, una historia rojiblanca" (parte 1 y enlace a posteriores)



Cortometrajes de Mario y Pablo Crespo:

Sin título (2009)


Odio (2008)


Campaña de abonados Fútbol Sala Zamora (2008)


25 centímetros, de David Refoyo (DVD Ediciones, 2010)


LS6, de Mario Crespo (Bohodón Ediciones, 2010)


Blog de Mario Crespo:
http://mariocrespo.blogspot.com/

Blog de David Refoyo, Clifor:
http://perdicioncity.blogspot.com/

Blog de Rubén Bartolomé, Derteano:
www.kronania.es

Blog de Roberto Félix, Mítico RF:
http://corriamitico.wordpress.com/

sábado, 20 de noviembre de 2010

Marlowe sigue vivo, me lo dijo un amigo (Parte XIII)

Enlace a partes anteriores

13. "Que la chupen. Que la chupen, que la sigan chupando."

Lo admito. El puzzle se me iba de las manos. Por eso esperaba el viernes como se espera el cruasán a la plancha por la mañana, con el estómago vacío y la boca sabiendo a sueño y babas recalentadas. La épica no es para tíos normales. Yo cuando salí de casa quería dinero y vidas fáciles. Mujeres cada semana, limpiezas dentales dos veces al año. Cuando acabamos con la Central, ya sólo quería un bar que no oliese a mierda. Dos años después, quiero una cama que no se me clave en la espalda. Las cosas cambian, y nunca a mejor.

Cuantas más vueltas le daba, más se me revolvía la barriga. Tengo un doctorado en vómitos, pero ahora no podía echar ni bilis. El suelo del apartamento me odia. Supongo que el casero y las vecinas viejas también. En el espejo salía mejor que en persona. En el espejo era otra persona. Fue entonces cuando lo vi todo mucho más claro. La séptima náusea me hizo vomitar algo que no recordaba haber comido. Empezaba a sentirme bien.

Después de que el cabrón de Alfie cantara, confirmé que tirandome el farol con Rose Black y con Mickey había acertado. Una jugada a favor. Si había al menos dos pollos que querían matarme, había acertado. Dos jugadas a favor. Si dos y dos son cuatro, Joe Lucarno, alias el puto gordo, alias Joe el Gerente, no estaba muerto. Dos y dos son cinco.

En mi pueblo, los muertos no caminan. En mi pueblo, los muertos no sacan su Alfa Romeo del depósito. Pero esto no era mi pueblo, como descubrí la primera tarde. Hemos llegado a un callejón sin salida, y no puedo matar ningún madero para hacer una escalera. El viernes vamos a estar en el Art's Mickey, Rose, Anna la viuda y yo. Baile de máscaras. Mickey se lo huele, y lo tengo a mi favor. Rose ni de coña lo sabe, pero quizá me apoye también. ¿Anna? Ni puta idea. Le conviene la muerte de Joe. Más que a nadie. Joe debía pasta, pero nadie va a por una viuda. Ella heredó un poco de tranquilidad, y un hijo estúpido. Si supiera que su marido está vivo, no pasearía por la calle con calma y gafas.

No fumo y se hace de noche otra vez. Cae otra vez. No fumo. Si lo hiciera, sería una estampa cojonuda. Tampoco tengo una cámara de fotos, ni hay música. Se me ocurren canciones que quedaría bien aquí y ahora. Aquí y ahora, como si todo fuera tan fácil, como si los muertos no caminasen, o los vivos no fueran una pandilla de bastardos en un baile de máscaras. Yo no sé bailar, peguémonos de hostias mañana.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Ardores de agosto

A Guasimara.

La noche de San Juan arde la ciudad, todo mundo debería saberlo, todo dios debería salir a los balcones a guardar silencio, a ver la noche bicolor, la noche siempre es bicolor, pero no siempre tiene humo y fuego como en San Juan. Todo mundo debería saberlo, pero la ciudad estaba vacía, y los suburbios estallaban. Conocí a Guasimara en un lugar común, en otro lugar común, uno de tantos lugares comunes.

Te pareces a alguien. Todo el mundo se parece a alguien. Esta historia habla de todo el mundo y de dos personas en particular. Cada uno tenemos un doble en algún lugar, te contaba mientras detrás me tocabas el cuello y abajo la ciudad ardía, y dentro yo también ardía, y ardíamos, pero sin arder, sin llama y sin fuego y sin ciudad.

Luego nos encontramos en su cama. Yo roto en el pecho y tú rota entre las piernas, tanto que acabamos por descosernos. Fuera arde la ciudad, no lo oyes. Una ventana al amanecer, al amanecer una cama. Vi amanecer y luego, mucho más tarde, vimos amanecer. Podría hablarte de los mecanismos de la memoria, pero nunca escuché nada al respecto, nunca aprendí nada de olvidar, aunque quizá sí lo aprendí pero puede ser que no me acuerde. No se me olvida.

El calor de una ciudad que días después seguía abrasada, y en nuestra espalda estaba estancado el lago que podría apagarlo todo, por eso no nos dábamos la vuelta, y jugábamos al cíclope, y desayunábamos en el balcón al amanecer de las 11 de la mañana. Los lugares comunes, las caras comunes, las historias comunes, y nosotros dos encerrados en alguna parte a la que mucho después nunca he intentado volver por si ya no está, para no pensar más que en un tiempo nada común de una felicidad nada común.

La noche de San Juan arde la ciudad; nadie se ha preguntado qué se hace con las brasas que quedan después. Guasimara y yo las pisamos hasta hacernos ampollas. Ahora que el verano ya se ha ido, confío en el retorno de una primavera, y de un verano, siempre de un verano, siempre de una noche de hogueras. Nadie se ha preguntado de qué están hechas las hogueras, qué se quema en ellas. A lo mejor se queman las preguntas, a lo mejor las respuestas son ceniza. Nosotros ardimos, el resto es historia.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Más vino y mujeres

“La española cuando besa, besa de verdad
y por eso te infecciona con cualquier enfermedad”
(Anónimo, retrete Fac. Medicina)

Ya nadie baila pasodobles, y con ello muere algo de nosotros mismos. Todo queda más lejos, se apagan las estrellas, Manolo Escobar se pudre en una residencia de ancianos lamentándose por su carro, del mismo modo que se lamentarían los poligoneros si les robasen el Seat León. Con el pasodoble que ya nadie baila, en las bodas es más jodido pillar con las primas de la novia, es casi imposible conseguir en las verbenas de los pueblos que ninguna de las apuestas campesinas repare en nuestro aguerrido baile tribal, en nuestra indirecta y carnal oferta de un prometedor futuro y un vientre colmado. Qué más dará que ya nadie vaya a los toros en minifalda, si las cachondas de veinte años donde van es a las bibliotecas y allí la música más bailada es el reggaeton de los amantes, donde Julio Romero de Torres es sólo un recuerdo desterrado a las enciclopedias, y las rejas floridas quedan para mear.

Ya nadie baila pasodobles. Brilla el desencanto en las calles de nuestro país. Se puede respirar en el aire acondicionado, en nuestras manos a distancia es palpable este pesimismo natural que se asociaba de forma ineludible al Atlético de Madrid cada lunes de derbi, ese gen natural en el ADN de todos los nacidos al sur de los Pirineos y norte de Torremolinos. Ya nadie baila pasodobles.

La creciente ola de españolía en el mundo universal, ese que se extiende más allá de las fronteras de Zamora y Mordor, la protagonizan esos muchachotes con el escudo patrio sobre su pecho, y atrás queda esa figura de macho estereotípico con el palillo en la boca, el sol y sombra en la mano y el cagüendiós en la punta de la lengua. Las tertulias sobre toros, fútbol y mujeres están en el ocaso de este imperio donde vuelve a no ponerse el sol.

Sin embargo, engañados están todos aquellos que creen que con eso conocen España, por cuanto piensan que nuestra esencia es la del balón, el juego limpio y los genes de belleza casi aria de Piqué y Llorente. Nuestra esencia, de la que reniegan estos ídolos, la esencia que quieren tapar es la del whisky DYC, producto nacional como pocos, la del Seat 600, el bocata de tortilla de patatas, los Ducados Negros, la Derbi y la Bultaco, el clavel en la boca. Pero, ¿cómo va nadie a bailar pasodobles si ellos no lo hacen?

Y claro, todo es mucho más complicado desde entonces. Porque vosotros no lo sabéis pero, sin un pasodoble, ninguno de nosotros estaríamos aquí. Fue con un pasodoble con el que mi abuelo conquistó a mi abuela, con el que Franco conquistó Ceuta, con el que Isabel la Católica conquistó Granada, y con el que Viriato cazó una cierva. El pasodoble va unido a la historia natural de nuestro territorio desde que el hombre de Atapuerca acertó a agradecer a sus deidades la existencia del vino y las mujeres, que por algo son regalo del Señor.

Nadie es consciente de la pérdida que supone para toda nuestra intrahistoria el destierro de los valores preconizados por la copla, rupestre expresión de la emancipación femenina, si ahora la Jurado está a dos metros bajo tierra, cómo nos va a amar, cómo nos va a amar la Pantoja si llora que llora por los rincones de Alcalá Meco. El Fary, Concha Piquer, Rocío Dúrcal, todos se han ido, y nosotros aquí caminando en penumbra. Las cenizas a las cenizas.

Uno a uno caen los mitos, los ídolos con pies de barro, y mi abuela, ahora viuda, se consuela con el doctor Torreiglesias que a través de la pantalla le receta cosas para la tensión, y el salón lo preside una foto donde baila agarrada con mi abuelo, presumiblemente un pasodoble. Ya nadie baila, pero todos siguen subidos al carro pidiendo más vino y más mujeres, y seguro que en su vil hipocresía y negación, son los primeros que se aferran a la amistad cuando al abrirse el Séptimo Sello suenen las primeras notas de Paquito el Chocolatero.

Titi-titi....

lunes, 8 de noviembre de 2010

El Tren del Gol



En la vida hablan de trenes que pasan. En mi tierra, Zamora, el ferrocarril está en franca decadencia. Supongo que no es una metáfora decir que por aquí ya han pasado muchos trenes que hemos dejado marchar. Dicen los viejos que hay trenes que no vuelven. Yo no soy aquí el más viejo ni el más joven, pero he visto trenes desde Domez, desde Manzanal, desde Videmala...he visto incluso trenes a Murcia.

Cuando el Zamora CF jugaba en el estadio Ramiro Ledesma, al lado del río Duero y de la vía del ferrocarril, contaba la leyenda que cuando salía el tren de la Ruta de la Plata y pasaba al lado del estadio, los equipos rivales se desconcentraban y el Zamora marcaba, lo que le valió al expreso el apelativo miticérrimo de "El Tren del Gol". Una oportunidad que sólo pasa una vez en todo el partido.

En la vida hablan de trenes que pasan, y nunca sabes cuál es ese tren que sólo tiene una parada. Nunca puedes saber en el instante en que te quedas en el andén si vas a arrepentirte. Miento. Sabes que no puedes arrepentirte. Que tienes que ser consecuente con tus aciertos y sacar cada Martes Santo un Viacrucis por los errores, para quemarlos como otros queman en las hogueras los malos espíritus. Hay trenes que se pierden en la niebla de noviembre, la que nos vio nacer y a la que adoramos.

Hay trenes que pasan, pero nadie nos ha contado jamás que algunos trenes tiene que arrancarlos uno mismo, y el billete puede que no tenga retorno, pero siempre hay cruces de vías. ¿Y si este fuera el bueno?

En la vida hablan de trenes que pasan, pero nadie nos ha contado nunca que tenemos que subir en el Tren del Gol, en esta vagoneta número 23, porque puede que sea la buena, aunque nunca la definitiva.

Felicidades, sir Kronen.



El Tren del Gol

domingo, 7 de noviembre de 2010

Marlowe sigue vivo, me lo dijo un amigo (Parte XII)


Enlace a partes anteriores

XII.Tu belleza no te salvará

Como es de lógica, ese jueves tenía resaca, y tenía que preparar el paripé del viernes. Le daba vueltas a todo lo que me contó Alfie. Quería pensar que era mentira, todo mentira.

De camino al Parklife pasé por la Central. Yo antes no era melancólico. Ahora sí, ya ves. Subí al último piso. Miré al sur. Atardecía. Te equivocas, no me eché a llorar, aunque pagaría por haberlo hecho. Esa sensación de nunca haberme ido, esa sensación de que durante dos años había querido tapar algún agujero en mi barriga, o en mi culo, yo qué sé. Desde allí arriba pensé más y mejor en toda la historia. En el jodido Joe el Gerente, en cómo nos la había jugado a todos incluso muriendo. Me estaba acojonando con toda la basura que había debajo de la alfombra.

Alguien sabía que yo iba a estar en el Parklife, lo cual no me sorprendía. Si Alfie había hablado para mí, no veía el motivo para que delante de otros se hubiera callado. Alguien sabía que yo iba a estar ahí porque me estaba esperando el psicópata de la libreta y el lápiz. A estas alturas me la traía al fresco. Me senté en una mesa a oscuras. Bee-bop-a-loola. La banda suena de miedo esta noche.

- La banda suena de miedo esta noche -dice una voz.

Tengo al psicópata a mi izquierda. En guardia. Si algo está claro, es que de aquí no salgo. Hoy canta Eileen. You can remember this, a kiss is just a kiss. Ahora lo veo todo mucho mejor. El psicópata, aunque abrió el fuego, no creo que acepte conversación, y lo que mejor se me da es hablar. Puedo hacerle daño a un tipo atado, pero contra este estoy muerto. Llamo al camarero, y pido dos gin-tonic. Nunca bebo gin-tonic, así que me la juego con el psicópata. Incluso los asesinos en serie tienen ganas de echar un trago.

- ¿Ves a la tía que canta? Una vez estuvimos juntos. Luego ella se largó, hizo bien.

El psicópata me sorprende probando la bebida. Mierda, debí echarle veneno, como en los libros de Agatha Christie. Me va a atravesar el pecho con un lápiz de madera y encima le he pagado una copa, soy gilipollas. Y entonces se acaba la canción y Eileen, que me ha visto, baja a nuestra mesa a besarme en la mejilla, mientras se sienta en mi regazo.

- Phil, amor, ¿cómo te va?

Joder, Eileen. Quiero contarte que estoy más solo que la una, que anoche te habría llamado y te habría dicho te quiero unas cinco mil veces, que este tipo no me va a dejar salir del bar, que estoy metido hasta las cejas en un lío por culpa de otros, un lío de los gordos.

- Bien -si dices eso, y sonríes, a la gente le vale-. ¿Conoces a mi amigo? Mira, esta es Eileen, creo que te he hablado alguna vez de ella.

Por primera vez en cinco años una mujer hacía algo bueno por mí sin pedir nada a cambio. Ella se sentó entre el psicópata y yo. Yo echo un trago, y según bajo la mano hacia la mesa, le tiro la copa a la cara a ese cabrón dandole de lleno, mientras salgo por patas del local, dejando a Eileen en sus manos. Lo siento, cariño, siempre te dije que tu belleza no te iba a salvar.

Después paseé por la ciudad de noche con el corazón en la boca. Me gusta, me encanta la ciudad de noche. Me tranquiliza. Bajé al río y tiré piedras. Si Joe el Gerente quería acojonarme, no lo iba a conseguir.

Sí, he dicho Joe el Gerente.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Marlowe sigue vivo, me lo dijo un amigo (Parte XI)

Enlace a parte X y anteriores

XI. No hay peor soledad que la soledad compartida

Alfie estaba acojonado. Le faltaban los 40 kg que le sobraban al sargento. Tenía culpa en los ojos, lo había hecho él. Ahora yo sólo quería saber:

- ¿Por qué?

Me paso la vida preguntándole a la gente el por qué de sus acciones. Es un buen medio para ganarme el pan, pero detrás de eso está el puro vicio por la contemplación, un voyeurismo no sofocado. Un por qué detrás de otro, y tienes el puzzle, tienes la historia.

- No lo sé.
- Sí lo sabes. Sabes qué pasó con el negro, sabes qué hacías en casa de Rose Black, sabes de qué la conoces y sabes muy bien qué pintas en toda la historia del Joe el Gerente. Cuéntamelo.
- No lo sé. No te lo voy a decir.

No soy violento. No me gusta. Pero venía coleccionando unas ganas impresionantes de partir la cara de alguien desde hacía unos días. Se lo hice saber a Alfie con una patada en la entrepierna que lo tiró al suelo. Pobre, daba pena verlo así, tan desmejorado, hecho un ovillo sobre su ombligo y retorciendose. Necesitaba que cantara. Y por mis cojones que iba a cantar. Lo levanté por las solapas. No grité, no me gusta gritar. Puedo pegar, pero no hace falta gritar, eso es de nenazas y verduleras. Dos hostias más bien pegadas eran mejor que cualquier tónico revitalizante para la memoria. Y empezó a soltarlo todo, después de unos escupitajos de sangre y mocos. No me repetí, no me gusta repetirme, pero se lo avisé de nuevo:

- Siempre supe que ibas a acabar mal, Alfie.

Me fui dejando un billete de 20 en la mano de Jimmy, el Sargento, que los utilizará para comerse diez hamburguesas más en Gino's, para engordar, para convertirse en un ser aún más inútil para la ciudad y un poco más útil para mí. Me fui haciendome el duro, y pensando que era inmune, pero a media tarde descubrí que no. Que estaba solo, que estaba hecho una mierda, una basura. Que Alfie tenía los barrotes y un guarda al otro lado, que Rose Black tenía pañuelos y chuloputas, que Mickey tenía una trompeta, que Eileen tenía a su cantante, Joe tenía su ataúd. Y yo qué cojones tenía aparte de una buena historia, una historia como un puño al estómago, una historia que me deshacía, una historia abierta donde ni siquiera tenía un papel. Sólo hilarlos a todos.

Empecé a emborracharme como un cerdo a eso de las 5 en el Nirvana. Saqué la libreta del bolsillo interior del abrigo, donde guardaba una chapa de cerveza por cada efeméride de triunfo. Valoré uno a uno todos los nombres a los que podía telefonear esa noche de miércoles. Cada vez estaba más mamado, cada vez pensaba menos. Elegí al azar desde la cabina del Nirvana. Ella no se opuso. No sé quién era ella. No recuerdo quién era ella. No quiero recordarlo. La chupaba con los ojos abiertos, sólo las putas lo hacen así. A las 8.30 de la mañana me daba asco, desnudo encima de la cama sin dinero y con resaca, solo. Solo. Y con una buena historia como un puño al estómago, ¿lo he dicho ya? No me gusta repetirme.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Cuá, cuá

Merece la pena levantarse con la resaca, pero pronto, para que mi hermano me lleve a 150 con la moto. Merece la pena salir de bares y dejar el dinero para compartir el tiempo que nunca hemos de perder, sea de día o de noche. Merece la pena comer como bestias siempre que sea en familia, porque la familia siempre tiene algo que decir. Merece la pena helarse si dentro hace un poco más de calor. Merece la pena llegar hasta aquí, pero, sobre todo, merece la pena seguir adelante.

El Comando Videmala sigue informando un año más. Y mejor, siempre mejor.

viernes, 29 de octubre de 2010

Marlowe sigue vivo, me lo dijo un amigo (Parte X)

X.¿Sabes? Me acuerdo de ti cuando oigo aquella canción.

He dormido mal. Soñé con los rizos de Rose Black. Ibamos a un bar. Un bar oscuro, un bar con música de trompeta. Bee-bop-a-loola. Había rostros conocidos, borrosos. Luego corríamos por toda la ciudad. Las farolas proyectan luz redonda. Después hay sombra. Luz. Sombra. Luz, sombra. Y al final, en una sombra, Rose me agarra el paquete y me despierto empalmado. Debería haberme ido de putas hace tiempo, esto me está matando.

Son sólo las siete. Llevo una semana queriendo café y nunca tomándolo. Gino's ya está abierto. Hay historias que me hacen creer en el amor. Creo en el amor cuando le veo las tetas a Gina, la mujer de Rob. Él es un calzonazos, le puso el nombre de su mujer al café, y luego cambió el sexo para parecer que era quien llevaba los pantalones. El autoengaño es un buen complemento para quien no sabe vestirse adecuadamente. Pero eso no significa que el resto estemos engañados. Sólo tienes que ver los que repetimos taza sin pagar. Gira la cabeza: esos tres pimpollos y yo nos la hemos pasado por la piedra. Quizá la semana que viene haya otro más, y a lo mejor el año que viene el bar ya no produce ganancias. Da igual, a Rob le da igual con tal de sentir que tiene a Gina. Esa es la auténtica felicidad para unos, otros con la tercera taza y un sueño húmedo nos conformamos.

El periódico habla de gilipolleces. Hay un gilipollas que manda en el país, hay otro gilipollas que manda en la ciudad. Hay gilipollas que corren detrás de un balón. Escondidas entre tanta paja están las páginas que me gustan, las que me dan de comer y de beber. Esquelas. Anuncios clasificados. Morena, 25 años, tetas grandes. Lulú, me gusta recibir. Joder, esto está lleno de enfermos. Jamie, cubana, griego, francés. Nena, con ese dominio de los idiomas podrías hacerte un máster y salir en primera página, no en las cinco últimas. Y vienen los sucesos. Eso es pura carroña, la gente decente no mira entre las líneas, sólo los que tragamos un poco de mierda nos damos un paseo por ahí.

Esta mañana hay dos asesinatos. Uno no me interesa. Otro sí. Un asesinato en el 345 South Valcabado Ave. Un criado negro. Asalto a una mansión, dos tipos enmascarados, qué extraño. Huelo que no iban a robar. El negro sacó la pipa. No la del medio. La de matar. No, no la del medio. La de matar tíos. Y mató a uno, pero eran dos, y eso, incluso siendo negro, te pone las cosas difíciles. En ningún sitio nombran a Rose. Han cazado al segundo hombre armado un par de manzanas más abajo, herido en la pìerna. Voy a llamar a Jimmy, a ver si aún me queda algún amigo en comisaría. No quiero policía en esta basura, pero a veces incluso ellos son necesarios.

Media hora después estoy en comisaría. Jimmy pesa cuarenta kilos más que la última vez, le han sentado bien los ascensos. Está contento de verme, parece orgulloso de haber pillado a un idiota al que un negro le ha colado una bala en el muslo. Jimmy me explica por encima la historia, y yo escucho como si me ofreciera una enciclopedia que no voy a leer en mi vida. Ahora quiero ver al detenido. Ahí lo tienes, con la cabeza entre las manos, con tres o cuatro morados en los brazos, un ojo a la funerala y la pierna izquierda vendada.

- Alfie, siempre te dije que acabarías mal.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Marlowe sigue vivo, me lo dijo un amigo (Parte IX)

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IX. IX.Jesucristo dijo “perdonad” pero también dijo otras muchas cosas.

Por la noche, en todas las partes del mundo existe un lugar desde el que se pueden ver las luces de la ciudad, un sitio silencioso desde el que se oyen los pocos coches que pasan a lo lejos, se ven neones y farolas, se pueden imaginar vidas ajenas y hasta se puede beber cerveza. En verano esos sitios suelen estar atestados de adolescentoides con coches de segunda mano recién estrenados en los que llevan a sus pseudonovias a fornicar salvajemente en el asiento trasero y en el del copiloto, pero cuando llega el frío y el instituto empieza a las 8.30 todos esos niñatos se volatilizan y el lugar elevado sobre todas las ciudades del mundo queda libre.

Queda libre para personajes poco recomendables como podemos ser Mickey y yo. Subimos en su coche con botellas de cerveza.

- Por los viejos tiempos -le engañé.

Me había planteado fríamente por dónde llevar el asunto, y decidí que no podía ir solo a la reunión con todos los buitres. Al menos no a cara descubierta. Necesitaba un farol, un joker, un hombre de paja. Ese tío podía ser Mickey perfectamente: al fin y al cabo si estaba en esto era por él. ¿Gracias a él? Era otra forma de decirlo, cada uno se puede expresar como quiera. Ahora podía inculparlo sin que lo supiera, y él, ignorándolo también, podía expiar su culpa siendo mi marioneta. Para eso tenía que ponerlo de mi parte con otro farol más.

- Verás. No sé cuánto sabes sobre Joe el Gerente. Pero yo lo sé todo.

Su mirada...Su mirada fue de completo acojono. Eso significa cosas. Significa, en orden cronológico: primero, que sabe más que yo. Segundo, que lo tengo por los huevos con sólo un giro de mano. Tercero, que tengo que hacerle beber toda esta cerveza para hacerle hablar. Cuarto, que tengo que fingir muy bien.

- ¿Cómo lo sabes? - creo que olía un poco a mierda.
Rose Black.

Joder, a veces me sorprendo incluso a mí mismo de lo bueno que soy. Le acabo de enseñar una escalera de color real. Mickey ya no puede abrir más los ojos sin que se le salieran de las órbitas. Le he dado en todo el estómago. Así que hay tema con Rose Black. Este tema no está tan perdido como creía, tenemos un hilo.

- Rose...jodida Rose. Nunca pensé que cantara.
- Ya ves, amigo. No puedes fiarte ni de tu padre en este sitio.
- ¿Cómo lo sabes?
- Esa pregunta ya la hiciste, Mick. No te repitas. Ahora dime por qué no me contaste nada.
- Tío, tío, tio... lo siento, de verdad. De verdad, de verdad. Tío, tío, lo siento.

Este pollo se repite. Está nervioso. Tiene que beber más. Estoy jugando con algo que no sé y no parece que vaya a contarme nada nuevo.

- Vamos, colega. Cuéntame por qué. Por qué todo. Por qué Joe, por qué Rose, por qué Alfie y por qué yo -le miré directamente a los ojos, durante unos diez segundos, hasta que se derrumbó.
- Sientate, que esto va para largo.

En todas las ciudades existe ese lugar desde el que sentado en el capó de un coche te puedes sentar en silencio a ver las luces allí abajo mientras escuchas la más inverosímil de las historias. A la duodécima cerveza Mickey ya no atinaba demasiado bien con las palabras, y yo ya sabía lo suficiente, de modo que lo senté de copiloto, y arranqué su coche, un coupé verde esmeralda con el que paseé por las calles vacías pensando un rato antes de dejarle en su casa. Con todas las canciones que ha entonado podríamos hacer una ópera, aunque yo nunca he ido al teatro ni podría soportar dos horas sentado en una mierda de butaca viendo a una gorda gritando.

Prefiero imaginarme delante de Joe el Gerente dando un Do de pecho, mientras a su espalda bailan en círculo muy bien agarraditos Alfie, Mickey y la señorita Black. De pronto aparecen tres barítonos más para que me hagan un coro, y Anna la viuda cantará un dúo de féminas con otra novedad.

Empieza a gustarme el music-hall.

domingo, 24 de octubre de 2010

Marlowe sigue vivo, me lo dijo un amigo (Parte VIII)

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VIII. Desde un autobús, con gente extraña, me mirarás, perdida en el atasco de tus sueños

El apartamento estaba hecho un asco. En las películas cuando quieren aparentar desorden, reparten al azar la ropa, revistas y demás cachivaches por la habitación, simulando un caos que es totalmente irreal, porque no pueden recrear dos elementos indispensables: el polvo y el olor. Mi apartamento sí tenía polvo y sí que olía, olía asquerosamente mal. Después de media hora en el Nirvana seguía estando calado, así que lo primero que hice fue pegarme una ducha. El agua caliente ayuda a reflexionar, es como si el espejo al empañarse te aislara de todas lo prescindible, y te dejara una única vía de pensamiento. Me quedé un cuarto de hora debajo del chorro con los ojos cerrados y todos los personajes de la servilleta dando vueltas en la cabeza, bailando una danza ritual en círculo, sonriendo al ritmo de Chuck Berry y un riff en Si.

Cuando salgo de la ducha, me paseo en pelotas por el piso. Los vecinos no miran, no saben, o no quieren saber. No soy Apolo ni Adonis, no me llega hasta las rodillas. Qué coño más da si me paseo vestido o desnudo. Desnudo y con la cabeza más despejada, consideré que era un buen momento para ordenar un poco.

Empecé por la habitación donde tenía el despacho. Había periódicos de los últimos dos años, amontonados en cuatro columnas. Si volvía a leerlos, podrían pasar otros cuatro años más, por lo que los tiré. El detective en el cine, abriendo al azar uno de los periódicos, siempre encuentra una noticia que le da la clave del caso, lo resuelve y se larga en un fundido a negro. Intenté la misma jugada: uno nunca sabe con estos chanchullos. No, no funcionó. Las noticias de la página de sucesos eran auténticas payasadas, y ninguna mencionaba a los chicos de la servilleta, ni de rebote.

Acabados los periódicos me puse con mi mesa. Aquí ya tenía más cartas en la mano para que apareciera algo jugoso. Solía organizar los casos en pequeñas cajas de cartón, más pequeñas que una de zapatos. Cuando estaba Eileen, sí que utilizaba las de sus zapatos, pero se las llevó todas, dejandome sin sitio. Había cinco cajas sobre el escritorio. Las tres últimas infidelidades que había tenido que seguir, un asunto de pasta en herencia, y un moroso. Lo guardé todo en el armario, no me apetecía bajar a la calle a tirarlo. Barrí un poco de la mierda que poblaba el suelo, y me sentí mucho mejor con la casa y conmigo. Para todo lo relacionado con la Central, tenía una caja de mis propios zapatos y un archivador de papeles. Un buen psicoanalista habría determinado que esos tres años me traumatizaron, pero yo tenía dinero para conseguir un diagnóstico. Aquellos tres años allí, la comida, la gente, la 408, los malos y los buenos momentos, son recuerdos que no se borran fácilmente, quizá porque no quería que se borraran. Habían sido muy interesantes, sobre todo porque me pusieron en mi sitio. Cuando de allí era el mismo, pero también había dejado de serlo.

No sé si me explico, todas esos rollos trascendentales se han hecho para gente mucho menos pragmática que yo. Yo sabía que conservaba mis principios, pero la máscara que llevaba puesta al salir era de otro color. En ocasiones, pocas, pero suceden, echo de menos aquello. Echaba de menos a Mickey, Paul, y Mine. Y sin embargo, los esquivaba para ir dejando atrás todo. Me jodió cuando vi a Alfie y Mickey en aquel portarretratos. Pensé que lo sabía casi todo sobre ellos, estaba convencido de su transparencia, y de pronto se volvían opacos como el jodido cielo en las noches de tormenta sobre la ciudad, con ese resplandor naranja que no te presagia nada bueno ni te deja ver lo que hay detrás.

En la caja había una foto de nosotros tres. El sepia se iba desdibujando, me encantan las metáforas de algo que sucede en la vida real. Allí estábamos, más jóvenes, sonreíamos. Me salen arrugas por meterme en estas cosas. No tenía huevos a pillarlos a los dos de frente y soltarles todas las bravuconadas que me venían a la cabeza. Empecé a escribir el desarrollo.

Es martes por la noche, el viernes tenemos la cita en Art's Coffee. Dos días y medio, casi tres. Mañana tomo café bien cargado y llamo a Mickey. Ese hijo de puta sabe algo y quiere algo. Si no, ¿por qué me iba a haber cogido por banda aquel lunes para emborracharme y meterme en la cabeza este lío?

sábado, 23 de octubre de 2010

Marlowe sigue vivo, me lo dijo un amigo (Parte VII)

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VII. J'veux ton amour, et je veux ta revanche.

Cuando salí de la casa, diluviaba. Diluviaba y no había autobuses. Mal, mal las dos cosas. Sin dinero para un taxi, caminé durante una hora y media hasta llegar al barrio. Calado por completo, decidí de forma errónea entrar en el Nirvana. El Nirvana era un antro al lado de mi casa donde se reunían los de siempre día tras semana tras mes tras año. Si alguno de ellos hubiera vivido un siglo, habría seguido yendo allí a privar. Lo de que vayan siempre los mismos tiene su parte buena y su parte mala. La buena es que no tienes nada que temer, la mala es que todo se sabe. Yo lo sé todo sobre ellos, vivo de eso, pero creo que ellos también lo saben todo de mí, y eso no me conviene en absoluto.

De lo de Joe el Gerente no le había dicho ni una palabra a nadie, absolutamente a nadie. Quería hacer todo el asunto yo solo, sin intromisiones, llegar hasta el fondo, saber quién y por qué se había cargado al gordo. Cada vez me tragaba un poco menos lo de la muerte natural. Cuando cascó debía al menos trescientos mil pavos al menos a tres tipos diferentes que al menos lo habrían matado de tres formas distintas. No creo para nada en la casualidad. No hay casualidades como esas. En el Nirvana nadie tenía por qué saber nada de esto, o nadie debía saber que yo estaba intentando poner las cosas claras. Por eso empecé a tener miedo cuando Papercut se me acercó. Charlie, el barman de la Harley, me miró raro desde detrás del hombro de Papercut, pero yo le hice un gesto de que dejara estar. Tenía toda la curiosidad del mundo. Papercut no se llamaba así, pero su rostro cortado, amarillo y cuarteado como un pergamino, le había valido este apelativo. Ahora seguro que ni él sabía su nombre. Sin embargo, sí que sabía el mío.

- Brats. Me han dicho que te mezclas en asuntos oscuros, cosas de Lucarno.
- Ahá.
- Brats. Eso no te conviene en absoluto. Es un charco muy grande para una sardina como tú.
- Ahá.
- Brats. Te va a costar un desengaño o un tiro en la barriga.
- ¿Sabes, Papercut? Ya he tenido uno de cada, y no me he muerto, así que puedo seguir jugando.
- Brats. Un día te va a perder tu boca.
- No si sé cómo utilizarla. Y deja de desgastarme el apellido, gilipollas -es mi insulto de cabecera. Otros pegan tiros o puñetazos, yo llamo gilipollas a la gente- Sé nadar en este charco aunque te empeñes en mear en él para hacer olas. Déjame en paz, Papiro.
- Te voy a soltar una hostia de las que hacen afición, payaso, te estás ganando enemigos.

Hecho este estúpido aviso, intentó darme un puñetazo con la derecha que yo esquivé. Se pasó de largo y me ofreció todo su costado para sacudirle una patada en las costillas. Yo podría haber llegado lejos golpeando balones, y aquí estamos, golpeando gilipollas. Eso también está bien, se libera adrenalina. Tenía ganas de moler a alguien a patadas, pero me contuve y sólo le solté otra más en la cara. A veces me gusta sentir un poco de sangre en el zapato, oír cómo cruje un diente. A todos nos gusta, pero no siempre podemos, incluso nos toca de vez en cuando ser el diente. Abrí de nuevo la boca, la que según Papercut me iba a perder.

- Aprende a pelear, gilipollas. Y largate de aquí.

Charlie me invitó a una cerveza por limpiarle el bar de idiotas. Yo cogí una servilleta y empecé a poner en orden las ideas que hasta el momento había encontrado. Joe el Gerente, endeudado hasta los huevos, estaba muerto. Anna, su viuda, quería mambo. El mismo mambo que Joe le negaba desde que la pelirroja Rose Black había entrado en su vida. Alfie y Mickey, a la sombra del gordo durante dos y tres años respectivamente, conocían a la pelirroja de algo. Había un psicópata con un lapicero, y Papercut también sabía algo del asunto. Los dos últimos me tenían ganas, a priori por investigar este asunto, aunque no podía descartar que me odiaran por otras razones. No le caigo bien a la gente, por norma general.

Cómo me ponen las bolas de nieve que crecen cuando van cayendo por la ladera, arrastrando mierda, piedra, ramas. Luego me gusta verlas reventar en mil virutas blancas, es un espectáculo divertido, uno sólo tiene que asegurarse de que no le salpique nada. Esta bola sigue creciendo, tengo que buscarme un buen sitio.

martes, 19 de octubre de 2010

Marlowe sigue vivo, me lo dijo un amigo (Parte VI)

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VI. "Es una tribu de ficción, síndrome del bufón, héroes de novelista berbiquí, provocando desprecio y reacción"

Eileen se fue con un cantante. La vida es así. Yo no canto bien en absoluto, de modo que comprendo perfectamente bien su elección. Luego bebí, y eso tampoco mejoró mi voz. Visto por ese lado, Eileen tuvo una gran visión de pasado y de futuro. Me gustaba cómo se movía, me gustaba, era una mujer fuerte. Acaso todas lo son, no lo sé, nunca me he doctorado en esto. Eileen se fue con un cantante. De vez en cuando pongo la radio o escucho a alguien cantar sus temas por la calle, y me acuerdo de ella, con esa melancolía que te pega en la boca del estómago. Nunca he llegado a ver su foto en las revistas, pero si la viera, la recortaría y se le enseñaría a la gente.

Eileen se fue y su hueco lo ocuparon los problemas. Sin chica, sin dinero, sin alpiste, sin dinero para alpiste, con el despacho vacío y algunos hijos de puta llamando a la puerta para exigir. No enfoqué las cosas desde el punto de vista adecuado. Eso lo pensé durante tres años a la sombra. Yo tenía una carrera. Yo sabía qué hacer con mi vida, y en lugar de eso me fui equivocando de una en una. Al final llega un día en el que despiertas, y no puedes equivocarte más. Me equivoqué también con las mujeres. Me equivoqué sobre todo con las mujeres. Todo esto lo pensé mientras tenía en el hombro a la señorita Rose Black llorando por el cabrón de Joe el Gerente. Pensé que por culpa de zorritas como Rose Black y cabrones como Joe el Gerente había llegado a estar jodido, y que mañana me afeitaré y desayunaré café bien cargado.

- Señorita Black, ¿conocía usted a Joe?
- ¿Qué dice? ¡Pues claro que lo conocía!
- Esto...no me he expresado bien. Bíblicamente, que si lo conocía bíblicamente.
- ¿Es usted gilipollas? Joe no pisó una iglesia en treinta años...

Gilipollas. Gilipollas son las pelirrojas sin estudios obligatorios ni sentido del tacto. Ni sentido bíblico del tacto.

- Que si se había follado usted a Joe el Gerente, señorita Black.

Ya sé que te lo has follado, tú también lo sabes. Quizá hasta su viuda lo sabe. Sólo di que sí, y podremos hablar más claro. Pero antes de que me contestara, el negro hizo acto de presencia en el salón, con la clarísima intención de soltarme un par de hostias. Rose lo detuvo.

- Déjalo estar, Cleetus, el señor Brats quiere hacer un libro a la memoria de Joe. Es necesario que sepa ciertas cosas. Verá, señor Brats, yo... Yo...
- ¿Hacía usted la calle?
- Sí... eso es. Yo hacía la calle antes de conocer a Joe. Pero él me sacó de ahí, me trató genial, yo era diferente: él me hacía sentir diferente.

Para el carro, tía, esta peli ya la he visto y siempre acaba con pañuelos de papel, pero ahora no estamos llorando por ti, estamos llorando por un gordo cabrón que se fue al agujero lleno de deudas.

- ¿Le mencionó alguna vez él que tenía esposa e hijo?
- Sí, nunca me mintió. Nunca esperé nada más de él, nada más de lo que podía darme. Y me daba mucho.
- Comprendo -no, no comprendo, estamos hablando de un bipolar cojonudo que trata a sus amigos y clientes como el culo, y que sin embargo, saca a una putita de la calle y le pone una mansión, me estoy perdiendo-. Comprendo, señorita Black. Todos queremos honrar la memoria de Joe el Gerente. Le propongo que venga el martes a las 19 al Art's Coffee que hace esquina en La Marina Park, donde nos reuniremos unos cuantos allegados. Le garantizo discreción.

Le garantizo discreción y que más que un funeral a su memoria, va a ser una jarana de las que hacen época.

domingo, 17 de octubre de 2010

Marlowe sigue vivo, me lo dijo un amigo (Parte V)

Parte IV y anteriores

V. "Yo lo que quería era seguir soñando con mujeres desnudas que van al trabajo en autobuses rojos."

Conocí a Mickey y Alfie cuatro años antes de la muerte de Joe el Gerente. De hecho, los conocí a través de él. Era un mal momento para mí. Había huído de la otra ciudad con el rabo entre las piernas, como hacemos todos, pero con el rabo en carne viva. Y encontré la Central por casualidad. Miento, no la encontré por casualidad. Ya dije hace rato que no creo en las casualidades, que nos las trabajamos. Yo me la trabajé después de una resaca infame, paseando. Cuando estás borracho es divertido mirar la acera: pasan los rectángulos demasiado deprisa, se te desenfoca la vista. Te pierdes, sales de este mundo y entras en alguna otra realidad caleidoscópica donde seguro que hay muchos menos hijos de puta y úlceras en la boca. Cuando estás de resaca también es divertido mirar la acera, no ves todas las caras de asco en ciudades grises.

- Mira por dónde vas, amigo.
- No tengo amigos en este sitio, ni quiero.

Mickey se presentó con un gancho de derechas. Después nos hicimos amigos. Un buen tipo, algo más bajo que yo, con cuello de toro y dos piernas como columnas de un templo griego. Luego supe que trabajaba con plantas, sin ser jardinero. Eso me sorprendió. Mickey siempre me pareció respetable, las manos limpias. Tocaba la trompeta por las noches. Tocaba como el puto diablo, lo vi llorar y reír detrás de ese apéndice dorado. Qué cabrón, me hizo llorar y reír a mí también. A veces desde la 408 de la Central lo escuchaba y pensaba que el mundo sería mejor con más trompetas y voces rotas.

Alfie entró en la Central más tarde que nosotros. Nunca tuve tan claro como con Mickey el hecho de que fuera trigo limpio. Se oían muchas historias. Coches, drogas, mujeres, policía, rocanrol. No creo en las historias que no escribo yo, así que tampoco tenía razones para desconfiar. Los ingredientes eran de calidad, de cualquier forma. Me gustaba su mirada de psicótico, su fobia social y ataques paranoicos. De alguna manera, creía entenderlo, de modo que lo trataba con total y absoluta normalidad donde los demás lo mandaban a tomar por culo. Hay gente que siempre tiene algo interesante que contar. Pero hace falta escuchar. Para escuchar hace falta tener tiempo libre. Para tener tiempo libre hace falta estar en el trullo. Nosotros lo estábamos. Jodido Joe el Gerente. 400 noches en la 408.

Nos cazaron después de cuatro joyerías. Nunca hemos matado a nadie. Explíqueselo al juez. 3 años, con las reducciones posteriores. No estuvo mal del todo. 400 noches en la 408.

Yo no creía en los demás. Creía en Alfie y Mickey. Me daban de fumar. Me daban conversación. Me daban hasta música. Y de pronto aparecen en un portrarretratos de aquella femme fatal pelirroja, de ojos azules.

Ojos azules. Dios, Eileen, dónde estarás ahora.

La pelirroja ha dejado de llorar. Espero que tenga buen voz, porque ahora hay que hacerla cantar.

sábado, 16 de octubre de 2010

Marlowe sigue vivo, me lo dijo un amigo (Parte IV)




Parte 3 y anteriores

IV. "¿Por qué todos los jugones sonríen igual?"

Llamé al timbre por pura educación. No soy de los que derriban puertas, tengo zapatos nuevos que me deben durar hasta navidades. El chabolo tenía dos plantas, un porche del tamaño de una cancha de baloncesto y césped suficiente para el Masters de Augusta. Llamé al timbre por pura educación, aunque no haya una forma educada de llamar al timbre. Abrió un mayordomo, criado o pisapapeles. Negro, dos metros diez y más de lo mismo en la entrepierna, intuí debajo de los pantalones ajustados. Me pone nerviosa la gente gorda, pero también la gente que tiene la polla grande. No es que tenga complejo. De hecho no llevo pistola. Ya sabes cómo funcionan estas cosas: coche grande, casa grande, letra grande, polla... En fin, vivo en 40 metros cuadrados, voy en autobús y escribo microscópico. Pero el negro me ponía nervioso, no sé por qué estoy dando explicaciones. El negro me preguntó mi nombre.

- Phil Brats.

Y esperé en el porche. Dos minutos. Dos pares de chancletas de verano, a pesar de que era otoño. Llovía, suerte de porche. Me voy a resfriar. El negro abrió la puerta de nuevo.

-La señora dice que pase.

Así que era una señora. Había llegado hasta el 345 South Valcabado Avenue sin tener ni idea de lo que me iba a encontrar, la verdad. El oro de Moscú. El cuartel general de la Yakuza. Todos los barriles de whiskey que le confiscaron a Al Capone en el 29. Una señora. Joe el Gerente no era manco. Era gordo y feo, pero no era manco. Con verdes en la mano puedes ser quien quieras, y puedes tener a quien quieras. Al menos eso es lo que supongo yo, que nunca he tenido verdes. Sí he tenido a quien he querido, pero no por los verdes.

La señora era más alta que yo. Pelirroja. Ojos azules. Joder, ya me estaba poniendo cachondo. Tenía que haberme tocado por la mañana, entre la ducha y el afeitado; puestos a usar la mano, mejor al completo. Eso me habría evitado momentos de tensión. Ya voy para una edad. Me ponen las mujeres, no las niñas que no han abierto aún las piernas. Pero pienso que el apelativo señora debería reservarse para otra clase de mujeres. Si no, las palabras acaban por perder su significado.

-¿Señor Brats? Pase.

Y pasé. El salón era más grande que mi apartamento. También más limpio, pero creo que hasta el jardín estaba más limpio que mi apartamento. Me senté empalmado en un sofá de piel. Mal asunto. Ella llevaba un vestido gris. Gris perla. Distingo colores, igual que distinguía su escote y sus tetas operadas. Aquí hay dinero. Joe el Gerente no se movía por nada.

- ¿En qué puedo ayudarle, señor Brats?
- Por favor. No me gustan los chistes fáciles- intenté provocarla. Luego me acordé de un gigante negro a menos de diez segundos de distancia. Qué más da.
- Señor Brats, por favor, sea educado. No nos conocemos. Soy Rose Black.

Zasca. Nombre falso. Por dios. Nadie puede llamarse Rose Black en este mundo, y quedarse tan tranquilo. Nadie puede ser tan estereotípico, tener esa mansión y quedarse tan tranquilo. Mejor: nadie puede ser tan ingenuo y jugar limpio. Ella no jugaba limpio. Yo tampoco.

- Señora...¿señorita? Black. Señorita Black -ante su afirmación con la cabeza-, verá, un amigo ha muerto. Joe. Joe Lucarno. Un buen amigo. Ahora recojo recuerdos para un memorial que haremos entre todos los colegas de la Central, que él dirigía y gestionaba.
- Joe Lucarno -diez segundos de silencio. Diez putos segundos se silencio y de pronto se me echa a llorar en un hombro esa mujer. Esa mujer.
- Por favor. No esté triste. Joe no lo querría así -qué más daba, el gordo estaba muerto, y aún estando vivo se la pelábamos todos, más aún todas.
- Usted no lo entiende.

Y me miró, me miró con esos ojos azules. Me quiero morir. Pero no sin antes... Bueno, me quiero morir cuando me mira con esos ojos azules, así que desvío la mirada, le apoyo la cabeza en el hombro, miro hacia la estantería, y veo fotos. Ahí está Joe el Gerente. Ahí está ella. Ahí están Alfie y Mickey.

¿Alfie y Mickey? Un momento...

viernes, 15 de octubre de 2010

Marlowe sigue vivo, me lo dijo un amigo (Parte III)


Parte 1
Parte 2

III. "Tienes dos opciones:La número uno es entregarte. La número dos es escapar. Tú verás cuál eliges."
"La número tres."

En el bus. Estoy sentado en la última fila, en el asiento contra la ventana derecha. Él se sienta a mi lado. Cerca. Demasiado cerca, joder. No me gusta que me toquen el brazo, no me gusta que los desconocidos me aprieten. Y me está apretando. Tiene el pelo grasiento y largo hasta los hombros. No me gusta la gente que no se lava. Tiene una libreta con un número de teléfono de nueve cifras y un lapicero. Ha cambiado las cifras por letras. Va haciendo columnas como hacíamos de niños. Son aleatorias. Me mira. Lo noto. Es mutuo. Nos quedan cincuenta minutos de viaje y me mira. Me va a matar. No me va a matar, pero me quiere matar. Empiezo a calcular las posibilidades que tengo contra él. Es más alto, tiene las manos más grandes. Iba a sacar mi libreta, iba a apuntar todo lo que sé por ahora sobre Anna y su culo gordo, sobre Joe y sus deudas y deudores.

Pero ahora no quiero. Ahora no puedo. Van variando en la columna las vocales y las consonantes. Son aleatorias. Pero sé que en algún momento van a poner mi nombre. Lo van a poner de una forma suficientemente ostentosa como para que yo lo lea, y lo sepa. Calculo mis posibilidades, hago mis estrategias en la mente, me dibujo sin lápiz clavándole el suyo entre la carótida y la yugular. Todo corre. En mi mente tengo otra americana, y un chaleco de otro color. Es curioso. En mi mente el autobús está tapizado. Creo que sigo pensando estupideces porque no tengo huevos a atacar yo primero. Las letras siguen corriendo, como alguna tragaperras: sandía, sandía, pera. Sigue rascando. Y el tío sigue rascando. De vez en cuando mira hacia mí y yo miro hacia adelante. Conozco a la mujer de allí delante, me la tiré hace un par de veranos. Pero él no lee mi mente ni mis polvos, él sigue cambiando letras aleatoriamente. Me estoy poniendo nervioso. Me aprieta un poco más contra el cristal. A su lado hay una gorda. Muy muy gorda. Quiere hacerlo pasar por un aplastamiento y culpar a la gorda. Lo veo claramente. Me ponen nervioso las gordas y los tipos que me quieren matar pero que ni siquiera abren la boca para darles una réplica ingeniosa. Sólo quiero darle un puñetazo. Ya tiene las 7 primeras letras de mi nombre.

Dos paradas. El abecedario rueda, sigue rodando. Dos letras. Diamante, diamante, pera. Insert coin. Hemos llegado. Cuatro páginas de su libreta garabateada. Se baja, y me mira a los ojos una última vez. Arranca hojas del cuaderno y las tira para que yo las coja. Las cojo: a mi nombre le falta la última letra, pero él lo sabe, sabe quién soy, sabe por qué he cogido este bus, y sabe lo que hace. Aunque, colega, yo también sé muchas cosas. Sé que hoy he tenido suerte. Pero sé que he acertado de lleno. Camino durante diez minutos: Valcabado South Avenue, 345.

La casa promete.

martes, 12 de octubre de 2010

Marlowe sigue vivo, me lo dijo un amigo (Parte II)

Parte 1

II. En esta vida hay dos clases tipos de persona: los buenos, y los hijos de puta. Él era uno de ellos

Me encontré a la viuda de Joe el gerente la tarde siguiente. No existe la casualidad en ninguna ciudad del mundo, pero menos aún en las pequeñas. No existe la casualidad, porque me encontré a su viuda después de dos horas paseando por la avenida donde estaba la Central. Ya no había un Alfa Romeo negro aparcado enfrente, pero reconocía los coches de servicio y reparto, que no habían cambiado. Notaba algo en la espalda, que habría podido ser un cosquilleo si yo tuviera nostalgia por los años que viví allí, pero que más bien fue sudor frío, de ese que sale cuando llevas todo el día de pie con demasiada ropa encima, sin sentarte a comer ni leer ni fumar ni beber ni escribir que tienes un sudor frío en la espalda que se puede confundir con la nostalgia si no estás bien preparado. Anna seguía siendo rubia. Las mujeres sólo pueden envejecer de dos formas: mejorando o empeorando. Anna era de las primeras. Dos cosas me llamaron la atención. Las gafas como único signo de luto, y los aproximadamente diez kilos menos que pesaría. A ella tampoco la había visto en todo el año pasado. Qué bien le sentaba estar viuda, a lo mejor hasta tenía tiempo para un café. La alcancé de frente.
Anna. Qué tal. Me enteré de lo de Joe. Lo siento.
Gracias. Gracias.- gafas de sol, quince kilos menos.- Gracias.
Cómo lo llevas. Vaya, qué estúpido, cómo lo vas a llevar. Pues nada, cómo va todo.
Bien, seguimos adelante. Jeff y yo seguimos adelante. ¿Cómo te va a ti? ¿Qué tal tus padres?
Todos igual, ellos siguen en casa, con obras, entretenidos. Yo vivo un poco lejos de aquí. Aguantando. Me tengo que ir, igual paso algún día por la Central con algo más de tiempo. Cuidate.
Entonces se acercó y nos besamos en la mejilla como ordena el actual protocolo interpersonal. Su mano me tocó la nuca, la piel de su mejilla estaba debajo de una ligera capa de pintura tapaporos, su otra mano me agarró la cintura durante un par de segundos antes de que se diera cuenta de que yo no era Joe. O quizá eso ya lo sabía, y sólo esperó a que fuera yo el que me diera cuenta de que de verdad el gordo estaba enterrado. No lo sé. Me fui. No suelo mirar atrás, un tipo que era más fuerte que yo me dijo que eso es de cobardes, y en la Biblia un pollo se convirtió en estatua de sal por hacer esa gilipollez. Yo no soy ni un cobarde ni una estatua de sal: me fui sin mirar atrás. ¿Miró atrás Anna? Lo más probable es que no: si hubiera mirado atrás, no me habría tocado la nuca, lo de la cintura es más frecuente. Cuando estudié Anatomía, en la lección donde hablaban de los nervios del brazo, el catedrático, amable pero borracho, nos explicó que el dolor referido por el paciente al golpearse el codo, por donde circula el nervio radial, es similar al dolor de la viuda. Intenso pero breve. Anna debía haberse golpeado el codo con bastante limpieza.

lunes, 11 de octubre de 2010

Marlowe sigue vivo, me lo dijo un amigo (Parte I)

I. “Soplaba un viento espeso, más frío que las cenizas de un amor perdido”

El antiguo gerente había muerto. Me enteré por rumores del viejo grupo. Paul estaba en Noruega, Vicky en Finlandia. Mine en Budapest. Sólo quedábamos en la ciudad Mickey y yo, que nos veíamos de vez en cuando. Ese lunes fue de vez en cuando, y nos vimos. Mickey me pagaba cervezas a las siete de la tarde, quizá porque tenía sed, quizá porque conoce mi locuacidad cuando bebo. Yo no tenía más dinero, necesitaba algo. Algo como una pelirroja, algo como un billete acertado de lotería, algo como alpiste, o algo como el rumor de que el antiguo gerente había muerto. Ahí se me curó todo. Abrí los ojos, escuché a Mickey como si me acabara de decir que tenía en el bolsillo la única pluma que el Espíritu Santo dejó abandonada cuando se posó en el hombro de Jesucristo, y hubiera escrito con ella una tesis sobre la existencia de Dios, uno y trino.
- Ha muerto. Creo que fue un infarto. Estaba gordo, fumaba, tenía deudas con todo mundo. Sale ganando, lo mires por donde lo mires.
- Hasta en la tumba tuvo suerte ese cabrón. ¿Qué fue de tu dinero? -apostillé, sabiendo que tenía que darle cuerda.
- Nunca lo volví a ver. No fue sólo a mí, creo que hubo otros quince a los que no se lo devolvió jamás, y no había forma de reclamar.
Sonaba victimista, pero la verdad es que Mickey tenía razón: no había forma de reclamar contra aquel gordo que se paseaba por la ciudad en su Alfa Romeo negro sin un solo rayón. Un tiro entre las cejas habría sido una buena reclamación, pero todos sabíamos que detrás de aquel tiro entre las cejas a nosotros podrían caernos diez. Todos lo temíamos, por eso nos fuimos todos, aunque en su momento alegásemos cualquier excusa para abandonar su protección. Ninguno tuvimos suficientes huevos para reconocer que nos había ganado, que de todas nuestras zancadillas y rebeldías, algunas le hicieron tropezar, pero ninguna fue un tiro de gracia. Lo que nosotros ignorábamos es que no éramos los únicos, lo que ignorábamos era que no sólo a nosotros, sus paganos, nos había convertido en sus enemigos, sino que había ido coleccionándolos por todas partes, principalmente entre sus socios. Y sus socios no se iban a ir cabizbajos como nosotros habíamos hecho.
- No lo había visto en todo el año pasado. Ni siquiera sé si murió rápido o lento, sólo he oído lo del infarto y lo de la nueva gerencia- acabó farfullando Mickey ante un poco de insistencia por mi parte.

Daba igual: con eso me bastaba para empezar.

domingo, 10 de octubre de 2010

El día de los valientes (llegó)


Este año bajé con mi hermano a Jerez por casualidad, porque ni él ni yo lo habíamos planeado. Compró dos entradas el miércoles, y el sábado nos bajamos. 7 horas de viaje.

- ¿Y en Moto2 quién va a ganar?
- Toni. Elías. O gana o se mata.

Cuando me quité la camiseta, me tiré una cerveza por encima, me quedé sin voz y me abracé con mi hermano tras ver cómo Elías en vuelta y media pasaba del 5º lugar a la victoria, creo que ya lo supe. Luego, 7 victorias, remontadas épicas, luchas cuerpo a cuerpo, recuperaciones milagrosas, sudor, lágrimas y sonrisas.

Un campeonato ganado desde la humildad. Sin declaraciones rimbombantes. Sin anuncios de relojes ni ropa ni bebida. Sin cruzarse en el camino de nadie más que en la pista, con dedicatorias al cielo. Sin ruido. Con el esfuerzo de toda una vida, de la misma forma que otros estaban acostumbrados a ganar, acostumbrado a perder, pero sabiendo que su día iba a llegar.

Esta mañana ha habido un campeón del mundo, pero me importa más que también ha habido un gran campeón del mundo. Hoy, Toni, hoy ha llegado ese día. Y es que tú sí naciste para correr.

martes, 5 de octubre de 2010

El cancionero marrón

A mi tía Taty, que fue la primera en hablarme claramente de la mierda.

Generalizar es peligroso. Pero es generalmente reconocida la extraña ansiedad del ser humano por echar la vista atrás contemplando con cierto regocijo todo lo que se aleja de nosotros; quizá por eso observamos entre nuestras piernas mecánicamente el fruto de nuestro vientre después de la complicada operación de defecar.

Defecar. Esa costumbre, casi necesidad, inherente al Homo Erectus que se está difuminando con una preocupante rapidez por culpa de la sociedad tecnificada en la que vivimos. Una sociedad que nos ha imbuído el miedo a la soledad, al encuentro con el yo, el ello y el superyo freudianos que tiene lugar sobre una taza de porcelana blanca, un momento de inquietante y filosófica individualidad que actualmente parecemos rehuír, esconder con temor, ocultar, vergonzar, y para el que nuestros ancestros se hallaban instintivamente entrenados sin ninguna necesidad de práctica o de artificio, simplemente valiéndose de la ayuda de una pared granítica en invierno y de la sombra de un fresno en verano y con la breve y efímera utilidad de las hojas del susodicho árbol, que en épocas frías bien podían ser sustituidas por cantos rodados.

Sin embargo la evolución tanto de la especie como del hábitat en el que nos vivimos nos ha ido alejando de la pureza del acto para llevarnos hacia una demonización casi herética de la defecación postprandial (para los de la ESO: la cagada de después de comer). Los instrumentos usados por la represión han sido por ejemplo la eliminación de fibra de la dieta, el uso constante de eufemismos tanto en la literatura como en la conversación, la publicidad colorida y bienoliente, el perro de Scottex y José Coronado. Pero lo que más me duele es la forma en que mientras la mierda aumenta exponencialmente en los titulares de prensa, se ha pretendido borrar del refranero con una censura inquisitoria.

Mi abuelo, ilustrado prohombre como ha habido pocos en el pueblo, dejó manuscrito en su cuaderno: “cuando vayas a cagar lleva el cigarro encendido; cagarás, y fumarás, y estarás entretenido”,previendo ya hace casi un siglo esta ola de acoso y derribo contra la mierda en privado y la progresiva instrumentalización de tan gozoso instante, del mismo modo en que los niños ya no parecen nacer si no es por cesárea o los padres han dejado de cambiar ellos mismos el aceite del coche. A la muerte de mi abuelo, mi tía Taty, segunda generación, se encargó de recopilar unas cuarenta composiciones poéticas en diversa métrica y grado de escatología que tituló escuetamente “Cancionero marrón”.

Yo he sido el último miembro de la familia en recoger el fangoso testigo que ya llega a su tercera generación. Rebusqué en bibliotecas, corrillos y tertulias de sol y sombra con palillos planos y cagüendioses sin el menor resultado. Y cuando lo daba todo por perdido, entré en la Facultad de Medicina, y, en una de mis múltiples visitas a los urinarios, descubrí el último reducto de resistencia: la puerta de madera de los aseos públicos. Entre consignas políticas de varios colores, insultos homófobos y números de teléfono con ofertas sexuales adyacentes, aparecía lapidaria, como una sentencia, esta frase: “Aquí es donde hasta el más cobarde hace fuerza, y el más valiente se caga”.

Queridos amigos, quiero hacer una llamada a la calma desde este atril público: no estéis tristes. Puede que en 2046 nuestros hijos caguen por cesárea, pero cuando encuentren nuestros escritos tallados en puertas de madera, cuando hallen los vestigios de mierda que les debemos legar, comprenderán que son sólo otro escalón descendente en la evolución. Entonces mirarán atrás con curiosidad, para luego poner ese rictus de repugnancia, como hemos hecho nosotros toda la vida cada vez que contemplamos entre las piernas a la hora de cagar. Se limpiarán y tirarán de la cadena, y Darwin y José Coronado habrán vencido de nuevo.

domingo, 3 de octubre de 2010

Uno y Piqué al cuadrado

Hay cosas que cambian. Yo cambio. El tiempo cambia. A veces llueve y a veces hace un poco de sol. A veces hay viento. Todo cambia, si le das la perspectiva adecuada, así que lo correcto sería decir que tú cambias, aunque yo no lo vea así de claro, quizá por falta de perspectiva temporo-espacial.

Hay cosas que se explican, y otras no. Mi hermano, que es un hombre sabio, podría explicar muchas, pero si yo le intentase explicar esto, no sé si lo entendería. O a lo mejor no se lo puedo explicar. No le podría hablar de una habitación azul, o de por qué vivo en la habitación verde. El agua del váter también era azul. La cocina era azul. Pero ahora todo es rojo, ¿ves? Las cosas cambian. El reloj es rojo, las gafas son rojas, incluso las zapatillas son rojas. No podría explicar el cambio. Será cuestión de perspectiva blaugrana. Como Piqué y la selección. Será el Waka-waka. Será la resaca en la Ballota, por culpa de la misma sidra Trabanco que no pudiste beber el viernes. Será la versión de bolsillo de Lo que el viento se llevó. O un partido de frontón, o un café de resaca en el San Andrés.

Hay cosas que cambian, y otras no. Hay cosas que se explican, y otras no. Una cosa que no cambia y que no se explica es el verano en Videmala. Es como el eje central de la balanza de un año, sobre el que basculan dos platillos: el bueno y el malo, el blanco y el negro, el día y la noche. Sobre todo la noche.

Cambio. Esa es la clave. Una vez hablé con un amigo, y le dije que creía haber encontrado la teoría definitiva sobre el cambio. Lo que cambia nuestras vidas son las noches. Noches como bisagras, que cierran puertas y abren ventanas, que dejan detrás caminos, cruces de caminos, fuegos cruzados, y la sempiterna duda sobre la existencia del destino o de la casualidad, o de ninguno de los dos. La otra noche me preguntaste por qué habíamos hecho aquello, por qué estábamos veinte personas por ti con globos en un bar cualquiera. Ahora ya lo sabes. Porque las noches han cambiado el mundo, nuestro mundo.

Para David, que los cumplió en París, debajo de la Torre Eiffel, el 19 siempre fue el número mágico. Ya no estamos en ningún pedestal, ni solemos hacer comentarios al respecto, pero hay alguna clase de magia, de ménage à trois que no cambia, que no debe cambiar. Felices 19, espero que saques toda la magia, y cuando demos otra vuelta más a la rueda, veamos de qué color está. A lo mejor vuelve a ser azul, o puede que sea verde esperanza. ¿Sabes? Me gustaría que esta vez fuera amarillo, como la era en verano.

lunes, 20 de septiembre de 2010

La fuga

Volver significaba volver, mirase el diccionario que mirase. Todos aquellos meses bailando la danza de la lluvia, hasta que me rompí la cintura, y llovió cuando tenía que llevar muletas, de modo que mi madre no me dejó salir a mojarme a la calle. Se había terminado el tiempo de las peras verdes y piel gruesa, las horas de anuncios en la televisión pública, correr para perder el autobús, la grava en las deportivas rojas. Escuchando a Iggy Pop en el walkman las tardes eran campos en barbecho con demasiado estiércol, el portal olía igual que la entrada de las catacumbas de la Via Appia Antica, con tanta lluvia como varias ciudades que visité al norte de Hamburgo y tanto barro como la pradera de Woodstock, mi madre me seguía animando a practicar geografía sin salir de mi propio edificio. Dudaba sobre la continuidad del espacio-tiempo si yo estaba clavado en mi sillón con úlceras por presión en la nalga izquierda y todo al otro lado del cristal se había congelado. Aprendí a tocar la guitarra del modo menos ortopédico posible con cursos por fascículos que me compraba mi padre al volver de la oficina, y así también, con las revistas que traía para él, aprendí lo que significa el efecto suelo en monoplazas, el ritmo de carrera y por qué se pintan los arcenes al borde de los circuitos de dos colores. El siguiente paso fue la lectura pormenorizada de R.L. Stevenson, los manuales de robo de coches, y todas esas publicaciones subversivas con las que a los dieciseis me fui de casa siendo un experto en diferentes materias, ninguna de las cuales (salvo, quizá, el robo de coches) me podían garantizar una cierta manutención.

Pero eso no me importaba en absoluto. Limpié fruterías hasta las 12 de la noche, levanté contenedores antes de que las ciudades se despertaran, incluso llegué a llevar corbata alguna vez. A dónde vamos a llegar. Luego te conocí, y me enteré de que volver significa volver cuando desde casa me pidieron que volviera. Entonces me acordé de un tipo que conocí en un pueblo. Tenía ovejas. No siempre había tenido ovejas, antes había tenido una vida. Había recorrido de noche toda la región, bebiendo ron con cola. Luego se había ido lejos, pero un día creyó que podía mejorar donde estaban sus raíces, y compró varios miles de ovejas con las que enriquecer vendiendo leche, fabricando queso, exportando. Lo tenía planeado: cinco años para rentabilizar su inversión y otros cinco para enriquecer. Después de eso tendría 30 años y podría volver a recorrer los pueblos de noche bebiendo ron cola. Él, como yo, no contaba con la crisis, que llegó en el sexto año de su proyecto, y el segundo de mi fuga. Por eso me llamaron para volver, y temí ser como él. Muchas noches me despertaba oliendo a lana y paja húmeda, escuchando balar, pensando estar atado para siempre a una estaca. Cuándo me preguntaban por mi miedo, yo no hablaba de oscuridad, sino de aquel tipo de las ovejas que conocí.

Al final entré a trabajar en una pizzería de mi ciudad. Tú me enviaste alguna que otra carta desde Londres, Estocolmo, Helsinki. Ciudades al norte de Hamburgo. Compré un disco de Jimi Hendrix en el que quemaba su guitarra, como Woodstock. Encontré otra tú, menos tú que tú, pero aún así tú, y nos fuimos de vacaciones a Roma, por lo que nadie se extrañó que yo insistiera en visitar las catacumbas. Nadie supo que yo cerraba otro capítulo, que aún tenía fisuras en el coxis de la vez que me rompí la cadera, que bailo a veces la danza de la lluvia, que se han borrado todas las cintas, que Stevenson ardió con la guitarra, que a veces viajo a un pueblo a visitar a un tipo que quiere escapar, que alguna noche me despierto oliendo a paja y lana húmeda, que oigo balar ovejas y no puedo dormirme, al contrario que el 99'9% de este país.

domingo, 19 de septiembre de 2010

El domingo necesita la emoción de las motos

Descargo Wavin' Flag para que la escuche mi madre. Juego al escondite con mi sobrina. Mi padre pasea con la scooter. Mi hermano toca a Springsteen con la acústica. Mi tío discute de política. Mi tía lee la revista que viene con el periódico. Mi abuela cocina pulpo.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Semáforos

Solía pensar en los semáforos, los semáforos que estaban delante de nosotros mientras nos sentábamos para despedirnos, y los amigos que pasaban brevemente por allí, y los escasos segundos que tenías para mirar a la gente a la cara, para sonreír, para interesarte, para quedar. Solía pensar en los semáforos y su precisión metronómica, su cíclico retorno, sin nadie que haya descrito el movimiento de traslación de los semáforos para explicar por qué se nos ha ido el verano, ni los utilicen para interpretar la quinta danza húngara de Brahms. Solía pensar en los semáforos, y la forma tan simple en que eliminan todo lo prescindible de la vida, de la prisa y de la pausa, de los colores elementales, de los diodos y las luces de freno. Solía pensar en los semáforos, pero todo era tan corto que cuando me daba cuenta ya me estaban pitando desde atrás.

viernes, 10 de septiembre de 2010

(los) 25 centímetros (de David Refoyo)


Yo no conozco a David Refoyo, conozco a Clifor. Y bueno, siendo sinceros, tampoco conozco mucho a Clifor. Pero he bebido alguna vez con él en El Muro y la Bodeguilla, he ido con él a alguna cena de La Polla Rojiblanca, hemos visto juntos algún partido del Zamora, y fue el tío que me enseñó a Bukowski, Ginsberg, Vilas, Roger Wolfe.

Hace año y medio, en el bar D.O., de la calle San Andrés, a unas horas intempestivas de la madrugada de un lunes, le pregunté por sus proyectos, y me habló de los 25 centímetros que este verano he tenido entre las manos. En aquel entonces sólo era cuestión de tiempo, como lo fue durante el resto de meses posteriores en los que le pregunté por el libro. Ahora los 25 centímetros son realidad.

25 centímetros (DVD Ediciones) es una novela coral sobre el mundo del sexo. Podría escribir "sobre el mundo del porno" o "sobre el mundo de la prostitución" pero eso sería sesgar la información, y el sexo es mucho más. Y esta novela también es mucho más, es un reflejo social, a modo de espejo que apunta hacia abajo, hacia todo lo que no solemos (¿queremos? ¿podemos?) ver.

El libro se lee rápido y agusto. El estilo de Clifor en ningún momento es árido, a imagen de lo que su blog ha sido siempre. Fragmentos afilados, sencillos, directos, sin rodeos y pero con un fondo que se presta a interpretar, a reflexionar. No a la indiferencia, no al medio tiempo, no al agua tibia con el que nos ducha tantas veces la literatura editorial, y tan pocas la generación blogger.

Yo, vereis, querría ser crítico. Pero no me sale. ¿Defectos? Todos los tenemos, hasta este libro (xD). Si apretamos las tuercas, en ocasiones la trama es equívoca, pero pienso que incluso ese es uno de los juegos a los que se presta la lectura de esta novela. De cualquier forma, no suelo leer con espíritu crítico, y eso sí es un fallo por mi parte. Habrá que hacer una excepción con los amigos al menos.

Así que un gran tipo. Un buen libro. Un ejemplo a seguir. El comienzo de algo muy prometedor.

No hay Quinto malo

Baby this town rips the bones from your back
(Bruce Springsteen)


I. Todas las carteras que he perdido me están esperando en alguna parte del mundo. Lo sé, lo sé de sobra. Nadie me lo ha dicho ni está escrito en las denuncias que puse cuando se marcharon, pero yo sé que volveremos a encontrarnos de nuevo. Lo sé sin saberlo, de la misma forma que ya no sé su forma ni tamaño ni textura ni relleno exactos, pero si cierro los ojos todavía puedo meter la mano en el bolsillo y palparlas con una claridad meridiana, desabrochar el corchete y pagar el parking o el periódico, con la diferencia de que ya no están, de que el kioskero o el guardia de seguridad me mirarán como a un gilipollas. En ocasiones, tras la amputación de un miembro, el paciente refiere seguirlo notando, y lo que es más, refiere sentir dolor en dicho miembro. Es así como yo siento mis carteras extraviadas, las siento en papeleras o en manos y bolsillos ajenos. Noto cuando se caen al suelo, cuando se manchan al quedarse sobre una barra pegajosa, cuando tienen dinero y cuando están vacías. Todas las carteras que perdí esperan en algún lugar a que volvamos a encontrarnos por la mañana, porque todas se extraviaron de noche. Quizá ahora estén en ciudades diferentes, ya no tendrán las fotos de carnet con las que las rellenaba, ni los euros, ni los trozos de papel que guardaba dentro. Las carteras que he perdido me esperan en algún sitio, volveremos a encontrarnos.

II. Cuando era pequeño, tenía cierta obsesión por las fronteras. Me las imaginaba como enormes líneas pintadas en el suelo, como fracturas terrestres absolutamente reseñables. Un día mi padre me llevó a la frontera con Portugal en Alcañices. Allí no había nada, ni piedras que marcasen la separación, ni reflectantes en el terreno. Descubrí con sorpresa que las fronteras no existen. Luego, mucho tiempo después, sigo pensando lo mismo, que no existen las fronteras, pero sin embargo, cada día me parecen más grandes las distancias. Me parece enorme el abismo entre el cuerpo presente, entre Tenerife y Lisboa, entre un piso, y un hogar, que es aquel sitio en el que realmente quieres estar.

III. Las batallas ganadas, cada bala más amarga, más cansada, más malvada. Las caras largas callan. Faldas caladas, atadas a astas, para marcar casas blancas. ¿Bastarán ya las palabras?

IV. Mi abuelo era taurino. Dicen que no hay quinto malo, ahora sólo queda salir ahí, y demostrarlo.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Los magos de Portugal

Como todos los veranos, ardía Portugal. Los magos ambulantes llegaron al pueblo el mismo día que el humo de la Serra da Estrela. Apenas se podía respirar, el cielo tenía un color gris ceniciento y una pequeña cúpula azul en lo alto, el sol brillaba la mitad de lo habitual, e incluso anocheció con media hora de antelación. Los magos ambulantes llegaron en su caravana de dos ejes centrales tirada por una Volkswagen del 73. Preguntaron por el alcalde, fueron respondidos, y nadie supo nada más de ellos salvo que se instalaron en la Plaza. La tarde de domingo era caliente, irrespirable y resacosa. El viento racheado del suroeste traía más calor, más humo, pero ya no más portugueses. Los chavales del pueblo dieron tres vueltas alrededor de la caravana, sin adivinar más datos para sus esotéricas elucubraciones. Las tarde de agosto necesitan rumores y conspiraciones a la sombra, sobre todo en los pueblos, sobre todo con el calor.

La caravana de los magos tenía las cortinas de color suficientemente beige como para impedir que se viera nada. A las 8 ya habíamos dejado de fumar y de jugar al mus, así que bajamos a la Plaza nosotros también. Todas las hectáreas de bosque arrasado eran hectáreas de cielo negro y naranja, el día era corto y quizá los magos ya lo sabían, porque salieron de su cónclave para empezar a preparar el espectáculo que ya se sabían de memoria en todas las comarcas al otro lado de la Raya, pero que para nosotros aún significaba algo especial. No tiene a día de hoy mucho mérito el hecho de ver por primera vez el Mar. Sin embargo hubo un tiempo en el que ver el mar era un acontecimiento reseñable en la vida de una persona, y por eso el día era recordado en un tiempo cercano a la eternidad. Así nos pasaba a nosotros con los magos. Cuando montaron su pequeño escenario de hierros y lona azul, nos sentamos en sillas plegables esperando con impaciencia. Sobre la lona azul había letras escritas con cinta aislante, en esos caracteres rectilíneos tan primitivos. Nosotros no sabíamos portugués, así que imaginábamos fantásticas, mitológicas promesas. No entendíamos su sibilante dialecto transfronterizo, salvo las veces que directamente se dirigían a nosotros por medio de gestos u onomatopeyas, así que podríamos haber creído prácticamente cualquier cosa.

A las 10 la Plaza estaba llena. Llena significa cientocincuenta personas. Llena significa expectación donde nunca pasa nada,llena es sinónimo de una cierta ilusión, de algunas tardes posteriores con mayor conversación que la meteorológica y la genealógica. Donde reina la monotonía, hasta los más ligeros cambios se celebran. Sucede igual que con el primer día en que ves el Mar. La gente suponía que hablaríamos del verano en que vinieron los Magos de Portugal. A las 10.15 los magos salieron de detrás de un biombo azul con ideogramas chinescos, los viejos rezaron por que hubiese una azafata de senos turgentes, las viejas se persignaron por lo mismo, nosotros sacamos las pipas, los niños chillaron. Los magos, que adquirieron esta denominación gracias a un par de sombreros de copa y dos chaqués mohosos, saltaron sonrientes a escena. En el radiocassette sonaban un par de canciones del verano retrasadas varias temporadas en el tiempo, desconocemos con qué propósito, pues le quitaban toda vana opción de crear un ambiente misterioso a la actuación. Luego vinieron los trucos.

Quince años después ya he visto mucha magia por televisión, David Copperfield y Anthony Blake, Jorge Blass y Juan Tamariz; pero en aquel momento no sabía nada de prestidigitación, de cuerdas que se atan solas, de palomas y de pañuelos. Y como yo, todo el resto del pueblo, que empezó a aplaudir asombrado cada una de las jugadas de los lusos. Los lusos, con su piel muy morena, su pelo grasiento, delgados como yonkis, chupados como yonkis, seguramente yonkis. Pero magos. Magos gracias a su caravana, su Volkswagen, sus letras chinescas y su promesa de magia. Comenzaron sin fuerza, pero ganaron adeptos según fueron introduciendo nativos del pueblo en el espectáculo. El show subía de intensidad, ya nos daban igual las pipas, las tetas que nunca llegaron, nos dio igual el cielo negro y el olor a humo. Queríamos ver aquel mastodonte de casi dos metros tragando un sable hasta su píloro, queríamos ver cómo un portugués se volvía evanescente detrás de una caja de madera. Queríamos ver a nuestro vecino en riesgo de morir asfixiado entre maromas. Queríamos emular por la mañana, y durante semanas, todo lo aprendido en el escenario. Queríamos olvidar la primera vez que vimos el Mar y los incendios, queríamos instituir la amnesia sobre toda la monotonía que nos había dominado durante nueve meses. Los ambulantes, de inicio dubitativos, se crecieron al ver el efecto masa de sus pobres trucos, y en última instancia, robándole el aliento a toda la concurrencia, sacaron su arma definitiva: una serpiente de coral blanca y amarilla que habría dado que pensar a cualquier veterinario.

Y entonces todo se vino abajo, justo en el instante en que la serpiente tocó el suelo, en el que la serpiente reptó por el suelo, en el que la serpiente mordió a una niña, en el que alguien gritó que había fuego en el monte, en el que efectivamente se vio un resplandor rojo y humo en el monte, en el que varias piedras rompieron varios cristales, en el que varios portugueses salieron corriendo de casas que, vacías durante el show, no habían opuesto ninguna resistencia al robo. Y el alcalde gritando, y los niños gritando, y los viejos gritando, alguien tocó a rebato las campanas de la Iglesia, nadie se preguntaba por la monotonía, todo el mundo se preguntaba por el agua, por el viento del suroeste que empujaba las llamas hacia el pueblo, pocos vieron arrancar la Volkswagen del 73 con la autocaravana y varios colchones llenos de billetes. Algunos pensaron en ese momento, y muchos a la mañana siguiente, que si la Magia real requería de trucos hechos a cuatro bandas como aquellos, de hectáreas calcinadas y burros muertos, de Guardia Civil peinando el terreno con vehículos anteriores a Tejero, de toallas fronterizas, de herencias evaporadas antes de tiempo, entonces nunca, nunca jamás querían que llegara el primer día en el que tenían que ver el Mar.