domingo, 24 de octubre de 2010

Marlowe sigue vivo, me lo dijo un amigo (Parte VIII)

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VIII. Desde un autobús, con gente extraña, me mirarás, perdida en el atasco de tus sueños

El apartamento estaba hecho un asco. En las películas cuando quieren aparentar desorden, reparten al azar la ropa, revistas y demás cachivaches por la habitación, simulando un caos que es totalmente irreal, porque no pueden recrear dos elementos indispensables: el polvo y el olor. Mi apartamento sí tenía polvo y sí que olía, olía asquerosamente mal. Después de media hora en el Nirvana seguía estando calado, así que lo primero que hice fue pegarme una ducha. El agua caliente ayuda a reflexionar, es como si el espejo al empañarse te aislara de todas lo prescindible, y te dejara una única vía de pensamiento. Me quedé un cuarto de hora debajo del chorro con los ojos cerrados y todos los personajes de la servilleta dando vueltas en la cabeza, bailando una danza ritual en círculo, sonriendo al ritmo de Chuck Berry y un riff en Si.

Cuando salgo de la ducha, me paseo en pelotas por el piso. Los vecinos no miran, no saben, o no quieren saber. No soy Apolo ni Adonis, no me llega hasta las rodillas. Qué coño más da si me paseo vestido o desnudo. Desnudo y con la cabeza más despejada, consideré que era un buen momento para ordenar un poco.

Empecé por la habitación donde tenía el despacho. Había periódicos de los últimos dos años, amontonados en cuatro columnas. Si volvía a leerlos, podrían pasar otros cuatro años más, por lo que los tiré. El detective en el cine, abriendo al azar uno de los periódicos, siempre encuentra una noticia que le da la clave del caso, lo resuelve y se larga en un fundido a negro. Intenté la misma jugada: uno nunca sabe con estos chanchullos. No, no funcionó. Las noticias de la página de sucesos eran auténticas payasadas, y ninguna mencionaba a los chicos de la servilleta, ni de rebote.

Acabados los periódicos me puse con mi mesa. Aquí ya tenía más cartas en la mano para que apareciera algo jugoso. Solía organizar los casos en pequeñas cajas de cartón, más pequeñas que una de zapatos. Cuando estaba Eileen, sí que utilizaba las de sus zapatos, pero se las llevó todas, dejandome sin sitio. Había cinco cajas sobre el escritorio. Las tres últimas infidelidades que había tenido que seguir, un asunto de pasta en herencia, y un moroso. Lo guardé todo en el armario, no me apetecía bajar a la calle a tirarlo. Barrí un poco de la mierda que poblaba el suelo, y me sentí mucho mejor con la casa y conmigo. Para todo lo relacionado con la Central, tenía una caja de mis propios zapatos y un archivador de papeles. Un buen psicoanalista habría determinado que esos tres años me traumatizaron, pero yo tenía dinero para conseguir un diagnóstico. Aquellos tres años allí, la comida, la gente, la 408, los malos y los buenos momentos, son recuerdos que no se borran fácilmente, quizá porque no quería que se borraran. Habían sido muy interesantes, sobre todo porque me pusieron en mi sitio. Cuando de allí era el mismo, pero también había dejado de serlo.

No sé si me explico, todas esos rollos trascendentales se han hecho para gente mucho menos pragmática que yo. Yo sabía que conservaba mis principios, pero la máscara que llevaba puesta al salir era de otro color. En ocasiones, pocas, pero suceden, echo de menos aquello. Echaba de menos a Mickey, Paul, y Mine. Y sin embargo, los esquivaba para ir dejando atrás todo. Me jodió cuando vi a Alfie y Mickey en aquel portarretratos. Pensé que lo sabía casi todo sobre ellos, estaba convencido de su transparencia, y de pronto se volvían opacos como el jodido cielo en las noches de tormenta sobre la ciudad, con ese resplandor naranja que no te presagia nada bueno ni te deja ver lo que hay detrás.

En la caja había una foto de nosotros tres. El sepia se iba desdibujando, me encantan las metáforas de algo que sucede en la vida real. Allí estábamos, más jóvenes, sonreíamos. Me salen arrugas por meterme en estas cosas. No tenía huevos a pillarlos a los dos de frente y soltarles todas las bravuconadas que me venían a la cabeza. Empecé a escribir el desarrollo.

Es martes por la noche, el viernes tenemos la cita en Art's Coffee. Dos días y medio, casi tres. Mañana tomo café bien cargado y llamo a Mickey. Ese hijo de puta sabe algo y quiere algo. Si no, ¿por qué me iba a haber cogido por banda aquel lunes para emborracharme y meterme en la cabeza este lío?

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