lunes, 8 de febrero de 2016

Salvar a un hombre

"A otros ha salvado; que se salve a sí mismo
si es el Mesías, el Elegido"
(Lc 23, 35)

No es posible salvar a un hombre. Pero no es posible dejarte llevar por la vida, arrastrarte inerte por la corriente y quedarte atrapado en un junco. 200 julios de corriente bifásica y 300mg de amiodarona pueden devolver a un hombre a su sofá y al periódico que compra en la esquina los domingos por la mañana. No eres una mano ejecutoria ni decisiva, eres meramente un instrumento en su tránsito por esta tierra. Tan decisivo como la hamburguesa que eligió hace un mes o como el semáforo en rojo que se saltará dentro de dos semanas. No eres su demiurgo, no eres tan siquiera el guionista que determina su papel. No estarás allí cuando se resbale en la ducha o se atragante con una espina de bacalao en sus próximas vacaciones. Tus manos, que se antojan todopoderosas, pelarán una mandarina esta noche, o estarán ásperas mientras te haces una paja. Su corazón pudo detenerse mientras se follaba por detrás a su mujer, o con una raya de cocaína que nunca sabrás que se metió. Tus manos firmarán el recibo de la cofradía del barrio, la electricidad volverá a recargar tu móvil para que escribas una vez más "Te quiero". No es posible salvar a un hombre, no creas nada cuando te digan "has salvado una vida" porque sólo es vanidad. Las vidas no se salvan ni se condenan; se cruzan y allí nace la luz de los momentos, los fuegos que brillan y unos alumbran el cielo mientras que otros no alcanzan siquiera a calentar la habitación. Quizá en alguno de esos cruces has llenado de luz una mañana, y ese será el mayor premio para tu corazón, para tus manos, para tu pecho. Lucha por brillar, por mantener alimentado ese fuego. Pero no luches por salvar a los hombres porque los hombres no quieren que les salve nadie que no sean ellos mismos.

jueves, 21 de enero de 2016

Londres

Way on downsouth,
Way on downsouth,
London town.
(Dire Straits)




Mary Poppins duerme en cualquier esquina;
la despertará el rugido de un Ferrari
directo a especular en el Stoxx Exchange. 

Hay un hombre con un sombrero hongo
tomando un té a las 4:50 en el piso
superior de un double-decker-red-bus.

Quedará comida para los mendigos si las ardillas
no acaban con el sándwich que dejaron los niños
de excursión con su colegio privado.

La abadía y los vestigios de la guerra
ahora son paz ignífuga, para que generaciones
y generaciones de jóvenes aprendamos
que las armas son malas en casa,
pero no tanto si se lucha en un desierto lejano.

El río refleja igual la noria que los rascacielos
reflejan lo lejos que estamos unos hombres
de otros
como a mil kilómetros
como a mil libras la hora
como a un abrazo
como si te abrazo, estaremos a mil kilómetros
de esa gente solitaria
separada por centímetros, que se roza
en el vagón del metro atestado.

Si bailamos sobre un paso de cebra, 
ellos serán los extraños
y nosotros simplemente seremos
Londres.

lunes, 11 de enero de 2016

Carta de cumpleaños a una Grimaldi

Felices 28 sin marido ni hijos. Con un trabajo sin muchas garantías que seguramente no te hará rica. Felices 28 viviendo lejos del centro, lidiando con las rutinas del día a día en pareja. Hace mucho tiempo ya tuvimos un trozo de vida en el que los mayores temores eran el desamor y los suspensos; esa vida queda tan lejos que ya ha sido posible crear una nueva desde entonces, una vida en la que los fracasos duelen de verdad porque no hieren sólo al que se equivoca en el amor, en el trabajo, en la carretera, sino que involucran a los que nos rodean. Eso son los 28 a los que llegas hoy, un lugar en el que el egoísmo ya no tiene cabida y sólo podremos entendernos y aceptarnos si vivimos junto a los demás. Del otro lado de la mesa del trabajo, en un bar o en la cocina de casa. Quedará espacio para nosotros mismos, quedará una canción atada a recuerdos o una calle en cualquier ciudad, pero el futuro nos está pidiendo a gritos hacer del pasado un trampolín y no un sofá. Desde ese trampolín el miedo, apoyado en el hombro, susurra al oído: no saltes, y sin embargo el salto ya está hecho, el tirabuzón tal vez no sea estiloso, tal vez se rompan las olas y el agua escueza al cortar la superficie; tal vez nada sea lo esperado. Tal vez nuestros padres con 28 tenían marido e hijos, tenían un piso en propiedad cerca del centro y tenían más seguridad ante la vida. Tal vez nosotros, ni con 28 ni con 20, nunca hemos sido nuestros padres, ni lo seremos ya. Tal vez estos 28 serán felices, o tal vez no, pero sin duda te pertenecerán todos los éxitos y fracasos que haya en ellos como nunca antes lo hicieron.

martes, 5 de enero de 2016

Hazte Instagram


Te estás acostumbrando a esta sociedad de mierda. Cada día te acostumbras un poco más, y le entregas a algún diablo ignoto parte de tu alma. Cada día nuevas imágenes de vidas ajenas perfectas aparecen perfectamente encuadradas y perfectamente filtradas con sus perfectos dueños sonriendo como si fuesen protagonistas de un anuncio. Mientras tanto, tu vida está pegada a la pantalla por el lado que nadie compra, por la cara oscura. Te estás acostumbrando tanto a esta sociedad de mierda que ya no te importa el radiador apagado, goteando despacio con su rechinar de dientes metálico. No te importa el insistente ruido del camión de bomberos bajo la ventana, retirando escombros de la fachada de enfrente, derruida por la lluvia. De niño te habrías colgado para ver cómo la escalera roja y plata se acercaba a la pared, habrías creado una aventura del drama que supone picar fragmentos de adobe. Hay una vida ahí fuera. La de los que siempre sonríen. La de los que te dan una palmada en la espalda con el ánimo de que tú sonrías porque, según te dicen, siempre hay un motivo para sonreír. Aquella ex-compañera de clase que se ha puesto tetas. La rebaja en el precio de la gasolina por el nuevo año. Han internado en una residencia a la vecina que grita todas las noches. ¿Creen honestamente lo que dicen? ¿Se sienten enteros cuando acaban la frase? ¿Nada cruje en su interior? Tal vez hay gente que por dentro está hecha de una masa informe, una mezcla grumosa en la que los cuchillos pueden penetrar y salir sin causar daño, porque el agujero queda cubierto al instante por el reto de la masa. Quizá construyen con esos grumos los perfectos dioramas que publican periódicamente. Los modelan sin gran esfuerzo y los dejan secar al sol de la costa gaditana, de la Toscana o del Caribe, según cuadre. Pocas veces esa masa de perfección cuaja bajo la solana de la Mancha o las tardes en Aliste. Para eso seleccionan locales exquisitos con pintura rústica y motivos rurales, intimistas líneas rectas que te fusionan con un concepto arquitectónico avanzado mientras disfrutas de una nueva experiencia del sabor reunida bajo la otrora engañosa apariencia de una copa de balón. Te estás acostumbrando a esta sociedad de mierda, y lo sabes porque ya no te rebelas contra lo que unos llaman experiencia del sabor y tú piensas que es echar un rato en el bar. Te estás acostumbrando y lo sabes bien porque en ocasiones tú mismo has buscado esa experiencia que sabes que para ti no existe, ni ha existido, ni va a existir para la gente como tú, que no sales en las fotos con cara de anuncio, que no combinas tu camisa ni tu barba crece con ese espesor viril. No existe para esas personas compuestas de un material rígido, semiflexible, frágil si se torsiona y que, por supuesto, se rompe mostrando una gran dificultad para conseguir la recomposición completa, que lleva años en el caso de que se consiga.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

No vengas a traer paz

Vivir mil años con el latido inaudible de las tortugas. Dejar pasar las tardes sin saltar al vacío. Dormir pronto y despertar sin arrugas en la piel. No vengas a traer paz, necesito el pozo de nervios y torbellino en constante giro, siempre hacia adelante. Las noches para gastarlas en fuegos artificiales, las mañanas para arrastrarse por los pasillos, las tardes de siesta y sexo. Llegarán tiempos diferentes, donde ya no se acumule fuerza en las piernas y el único remedio sea detenerse. Llegarán noches en blanco escuchando otros llantos que no son de pelea. Llegarán tardes de juegos y lecturas de biblioteca. Pero no son ahora, no serán en 2016, al que le pido convulsiones, temor, alegría, ira, miedo y felicidad, le pido impaciencia y velocidad para vivir despacio. No vengas a traer paz, dame la guerra que aún puedo soportar porque llegará un día en el que nada más querré firmar treguas, le daré la espalda a las batallas, no lucharé contra todas mis voces, no me levantaré cuando me crea injusto o incoherente. Ven a gastarme ahora que todavía tengo fuego para arder, la noche está muy lejos y si algún día llega la oscuridad nuestra misión será la de haber brillado fuerte.

El 2015 es historia. Feliz 2016

lunes, 14 de diciembre de 2015

Viajar de noche

Viajar de noche en la parte trasera de un coche. Separado de la contaminación lumínica del cuadro de mandos. Viendo los campos estrellados. Viajar de noche mirando la carretera que va quedando atrás, bajo el tenue resplandor rojizo de las luces de posición. Sentirse aparte del resto de pasajeros, sentirse parte de lo que sucede fuera, del silencio que se desarrolla como una obra de teatro. Volar el pensamiento mientras se suceden los kilómetros y las líneas discontínuas permiten adelantar, y los guardarraíles abrazan el miedo. Viajar de noche en la parte trasera de un coche, en ocasiones en el maletero de un todoterreno. Dando tumbos y viendo cómo la polvareda que se levanta tapa la luna. Plantar la mano en el cristal y sentir ese frío que nunca sucede de día. Palpar las situaciones que suceden alrededor, cómo se mastica la tensión cuando se viaja camino de un aviso urgente en un domicilio, cómo se enervan los ánimos si se acerca un pueblo en fiestas, cómo se electriza el pensamiento si se intuye un control de la benemérita. Viajar de noche en la parte trasera de un coche, sin anhelar el papel protagonista del conductor ni el rol de secundario que interpreta el copiloto, sino formar sólo parte del decorado, ser atrezzo y sobrevolar, como ajeno a la escena, la magia que la rodea. Diseccionar las partes de un todo, disfrutar desde dentro del pensamiento. De pronto, el viaje termina, la magia se acaba. Se para el motor y se desabrocha el cinturón. El suelo espera de nuevo y la noche cobra entidad propia: con el coche aparcado no queda sino bajar de las nubes y besarla en la boca.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Dance me to the end

Pasé dos semanas de verano en aquella casa, hace ya muchos veranos. Tantos que en aquel verano no sabía lo que eran tus ojos ni tus enfados, ni que las tormentas pueden ser tu risa y las inundaciones tus lágrimas. Ha sido duro volver en otoño al escenario preparado como en una película dramática, con el balón deshinchado entre las hierbas descuidadas, el cielo gris y el columpio abandonado y chirriante. Allí nació parte de lo que soy ahora, meando en los hormigueros sobre la tierra amarilla del patio de atrás, jugando a boinas verdes con territorio incógnito por reconquistar. Sin conocer un beso ni una caricia, y, sobre todo, sin necesitarlos. El atardecer de Noviembre reforzaba la escena de todas las promesas que aquel niño que ahora soy yo dejó plantadas. Las nubes cerradas y los escasos grados sobre cero me sobrecogieron mientras miraba las ventanas enrejadas, sin rastro de vida en su interior. Aplastado por el silencio, de vuelta al coche, me preguntaba por la necesidad de volver a los lugares que quedaron atrás y si, como el poeta afirma, no es mejor no mirar atrás. Allí quedaron oraciones y juegos infantiles, noches estrelladas y confesiones de Julio; sin embargo nada de todo aquello permanecía sobre esa tierra, sino dentro de mí, en un camino que me recorre de pies a cabeza y que no necesito mirar atrás para ver puesto que me acompaña.

Pasé dos semanas de verano en aquella casa, hace ya muchos veranos, y quise llamar o escribir a las personas con las que compartí aquel tiempo. Pero ya no las comparto. Nos cruzamos por esta pequeña ciudad y movemos la cabeza. Discutimos, peleamos. Nos separaron las personas y las ideas, nos separamos nosotros mismos y no el tiempo, al que con tanta soltura se acusa. Yo me equivoqué. y no quiero pensar que ellos pudieron equivocarse, porque eso ya lo pensé antes y sólo sirvió para alejarnos más. En aquel verano yo no sabía que la gente se equivocaba, se distanciaba, se perdía. En aquel verano se perdían las partidas, se distanciaban las horas de sueño, se equivocaban las palomas en los poemas. Las vidas que me he cruzado después me han enseñado que no son de nadie los errores, que son patrimonio universal. Aquella casa, ahora vacía, sin niños de campamento que la pueblen, no es más que el espejo de la vida. La vida que no espera. La vida que es plena en un momento, y se va, y no vuelve más, y cuando te giras a mirarla no está, y no volverá aunque pronuncies tres veces su nombre en la medianoche delante de un espejo. Por eso sólo puedes volver agradecido a los lugares de tu infancia, susurrar una bendición por tu nuevo día y, con frío en el cuerpo, volver a entrar en el coche y tomar la carretera hacia adelante, con una mano más cálida al lado, que te besa sin preguntar por el fantasma que llevas pegado a la ropa.