miércoles, 5 de agosto de 2020

Postal de verano

En esta correspondencia sin sellos que mantenemos me apetece contarte desde una isla lejana que anoche soñé que te dejabas caer para dar un paseo por la pequeña ciudad, sin ánimo definido. No era de huída ni de secuestro, tampoco quedaba claro si era ni siquiera de caña o miserable café. Podría ponerlo por escrito de puño y letra con mi nueva estilográfica amarilla en una postal pero ya no conozco tu dirección y valoro mi cuello. Además había colas al pasar por la oficina de Correos y los extranjeros llevaban mascarillas para enviar besos a casa. Pienso en estas cartas que te dejo en el buzón con ritmo irregular y medio camuflado en el anonimato sin tener bien claro por qué lo hago. Habría que buscar el sentido en el mismo sitio donde se esconde la razón por lo que te me apareces una noche y a la mañana me acuerdo y te lo cuento. Imagino ese lugar como una biblioteca, y en las estanterías se van sumando capítulos sin hilo conductor: unos fascículos se llenan de polvo y no vuelven nunca a ser leídos, otros son pasajes que releo con frecuencia variable, y en cada una de esas lecturas aparece una frase que ataca por un hueco distinto. 


Valoro tus apariciones porque me empujan a convertirlas en palabras, me desbordan las oraciones copulativas y me remueven las manos, se escapan a mi control las teclas y me superan como la verborrea amable de quien en una terraza de tarde de verano toma un par de copas y nunca piensa en que llegará la hora de la cena, de volver a casa y cerrar la contraventana. Esta carta con remite parcial que se borra me levanta de un sillón de pensamientos perdidos y, aunque sé que no tiene sentido ni motivo, el tiempo que invierto en ella sí que lo tiene: si no escribiera sólo sería silencio, y mi forma siempre será mejor que el silencio que rompo. Valoro tanto tus apariciones porque si no existieran quizás no escribiría, y eso sería mucho peor: tu forma siempre será mejor que el folio blanco que rompo al retratarte. 

jueves, 30 de julio de 2020

Verano en Videmala

Un verano defectuoso, sin ver París ni el Galibier, completando las siestas con etapas en diferido. La simulación que es esta época se ha confirmado a través del deporte sin público, cuando llegan los “huy” tres segundos después de que la devuelva el recogepelotas. 

Lo único auténtico que he encontrado es pasar el verano en el pueblo. Jamás tuve un estío mediterráneo ni campamento lingüístico en Brighton; tuve que conformarme con los cuadernos de vacaciones Santillana en la mesa de la cocina interrumpido por el ruido cada vez que arrancaba la maquinaria del viejo frigorífico .  

Ahora se vienen las tardes de piscina entre artículos de investigación, las etapas cortas de bicicleta que son más largas que las que echaba hace 15 años y para los niños soy el desconocido que una vez alguien representó para mí, aunque ahora lleve dentro un niño más grande buscando el espíritu de aventuras que el de 15 tal vez no se atrevía. 

Por todo ello me gusta la sensación de que mi tiempo aquí sigue siendo presente, que envejezco a la vez que la casa y los árboles, que pertenezco a este desorden igual que él forma parte de mi constitución. Un lugar en el que no sentirme extraño, un momento en el que sentir paz, un silencio apenas roto por viento y animales, atardeceres de acuarela y noches estrelladas, el ruido de la vida cierta y no representada, donde la simulación sólo llega a través de relatos. 

martes, 9 de junio de 2020

El comienzo de algo

I. 

Dejé la carta mecanografiada encima de la mesa. Un cierto sentido del espectáculo me obligaba a hacerlo: ¿cómo me gustaría que la policía encontrase el salón si yo desapareciera? No me faltaban motivos para desaparecer, ya fuera por decisión propia o a manos ajenas. Acto seguido volví a coger la carta para releerla. No era tan sencillo de entender ni tampoco muy difícil. Un amigo que afirma viajar en el tiempo. Una conspiración para deponer a la corona. Encontrarme con la mujer a quien quería hace 10 años.

No se me ocurría un comienzo mejor para aquel viernes.

II.

Desconectar el teléfono móvil. Revisar que no hubiera una línea de fijo funcionante. Cerrar y vaciar el cubo de la basura. Atrancar las ventanas batientes. Doblar las toallas del cuarto de baño; no, eso podía esperar. Reunir un poco de dinero en efectivo. Elegir unas deportivas cómodas y elegantes. Tal vez sólo cómodas. Libreta y bolígrafo. ¿ Cómo se le habría ocurrido usar una máquina de escribir? ¿Dónde habría podido encontrar una durante la pandemia? El olor de la panadería de debajo estuvo a punto de despistarme de mi minuciosa y desordenada tarea. Me apetecía mucho uno de aquellos croissants rellenos de chocolate. Decían que traían la mantequilla de Normandía, porque los dueños eran farmacéuticos y habían estudiado la proporción de grasa de la leche y... No. No era el momento de bajar y comprar uno de aquellos croissants rellenos de chocolate, crujientes y con una leve capa de azúcar glâce. Tenía que irme. Pero tal vez sí podía coger uno de aquellos... Buenos días. Póngame uno de chocolate. Sí, para llevar. Gracias, que tenga un buen día. No me gustaba empezar un día importante sin desayunar y no había tenido tiempo más que para el café. Dios, qué buenos quedan estos croissants. Creo que es por la proporción de nata de la mantequilla. 

III.

Tuve que volver a subir a casa y empezar la tarea donde la había dejado. Con los dedos untados de chocolate seguro que quedaron huellas dispersas por el salón. Eso les despistará. Pensarán que no soy tan metódico como realmente soy. No quería manchar la carta, a fin de cuentas era un objeto de hace 35 años aunque yo la hubiera abierto esa mañana. Conseguí acabar el croissant y lavarme los dientes releyendo los tres folios de papel reciclado. Un momento. ¿Existía el papel reciclado en 1985? Decidí estrenar la libreta con esta sagaz observación. Un hilo del que tirar. Asterisco, asterisco, mayúscula: buscar librerías que distribuyan papel reciclado en el Madrid de 1985. Pan comido. Un poco de pasta de dientes en forma espumosa manchó el folio y la libreta, no era buen momento para practicar la ambisdestreza. ¿Existía la ambidestreza como sustantivo que dé nombre a la capacidad de usar ambas manos? Esa fue la segunda entrada de la libreta. No debería haberme deshecho de aquella Espasa-Calpe. 

Cuando, a mi juicio, el apartamento estuvo desordenado con habilidad casual y yo aseado para salir a la calle, salí. Ningún croissant podía detenerme. Subí de nuevo a casa: había olvidado la basura, y no soporto el olor al volver tras unos días. Bajé con la basura por la escalera, los vecinos se merecían ese aroma. 

Por fin me planté en la calle. Respiré hondo. No tenía ni idea de qué hacer ni por dónde empezar a hacerlo. 

jueves, 4 de junio de 2020

Lo de antes

Vendrán más años tristes
y nos harán más fríos
y nos harán más secos
y nos harán más torvos
(Rafael Sánchez Ferlosio)

Han caído los años como días en esta cuarentena. Han caído con el estrépito de las bateas metálicas en las que se deposita los tubos que transportan la sangre recién nacida de la vena. Cada hoja ha tenido más de dos caras, tantas como días duró el enfado y la tristeza, y minutos la alegría. Entre las nuevas palabras no se escondía nada más que lo de antes, y por supuesto nada mejor se escondió. Hubo, no he de negarlo, instantes felices. Fueron tragaluces de un cielo enmarcado por la escayola de las molduras. Nos hicieron expertos conocedores del pasillo y de los rincones de la casa en los que nunca me había sentado. El antepecho de todas las puertas que dan al balcón y la nostalgia de una terraza inexistente. 

Cuando se retiró la máscara de lo nuevo no quedó más que lo de antes. Solo que ahora es deforme, feo, grotesco, una caricatura de todo lo que pudimos haber sido en estos meses. La promesa de una segunda primavera, las conversaciones se convirtieron en números binarios y les dije a mis padres que les quería desde una pantalla. No he echado de menos los abrazos y los aplausos no me han consolado. En cambio he echado de menos poder abrazar con la sencillez y la satisfacción con que solía. Que lo único que convirtiese al gesto en particular fuera la forma de cada persona rodeada, con un tacto y un olor identificativos, invidualizantes, propios y recordados al instante, olvidados hasta el siguiente. Corrieron las páginas por el sofá, los clásicos ofrecieron una visión descarnada y en los atriles nadie levantó la voz con la fuerza suficiente para adherirme a sus proclamas. O tal vez con la voz demasiado alta. 

Ahora en el laberinto de fases vuelve a salir el sol, se ofrecen unas vacaciones escolares fuera de mes y con quince años de retraso sobre la misma bicicleta de entonces. Sólo me sigue gustando una de las chicas de aquel verano, y eso siempre ha sido un problema. Las tardes han conseguido broncear la tristeza, pero al rascar la tristeza seguía ahí. Esta tristeza que  sale al atravesar la autovía se confunde con la nostalgia de los días que conduje con miedo al control policial y emoción por vivir lo nunca visto, unos sentimientos burdos y vaporosos, que han ido y vuelto según pasaban las prórrogas del estado de alarma sin que nadie lanzase un penalti a las nubes para que pudiéramos gritar de rabia o abrazarnos borrachos, las cervezas virtuales me duran menos que una paja y las pajas me duran menos que los aplausos de las ocho, y los aplausos de las ocho me suenan como si un autómata los hubiera hecho por mí, y el autómata aprendió yoga y su cintura se dobló, y no pude escribir ni una sola frase durante estos meses porque mi cabeza no dejó de emitir frases circunferenciales, o tal vez espirales, saltando en este muelle sin encontrar las rutinas nadie me engañará porque yo creo en las proclamas de Sánchez Ferlosio y no en las del Ministerio del Interior, y ahora que puedo volver a correr por el borde del río y llueve no como metáfora ni en el cristal sino sobre mí, pienso  empapado en el cariz de todos los adjetivos que le puedo aplicar a lo nuevo, pienso que no me gustan, y pienso  que por pedir algo no pediría otra cosa más que me devolvieran lo de antes. 

viernes, 27 de marzo de 2020

Enfermedad de Alzheimer de inicio atípico

Si tuviera que olvidarte
Y no hablo por voluntad propia
Si tuviera que olvidarte
¿por dónde empezaría?
Hablo de una proteína
Acumulada entre mis recuerdos
Así corro, así abrazo, así sonrío
Así solía escribir las eses.
Si yo tuviera que olvidarte
De pronto, los surcos más amplios
Y todo el gris menos blanco
Ojalá perdiera primero lo que odio
Sentada de esa forma estropeas el sofá
Todas las migas y el chocolate sobre el parqué
el papel higiénico girando en sentido antihorario.
Si tuviera que olvidarte querría tener fe y un dios
Para que se fueran ellos antes
Y yo nada más perdiera con su marcha el miedo
A salir a la calle desnudo
O conducir treinta kilómetros a contramarcha
Encogerme por donde menos duele
Porque eso se pierde con más facilidad.
Olvidándote por partes iría
Bajando paso a paso la escalera
Qué querría yo que fuera lo último
Tu nombre me da igual, tal vez
Saber quién eres o
No saberlo, sólo sentir el significado
De cuando sonríes porque lo hago mal
Que te enfadas porque he acertado.
Estoy dispuesto a olvidarlo
Pero no olvidarme de mirarte
Ya sin saber tu nombre ni quién eres
Abandonadas las listas de libros a final de año
Y las fotos de los viajes que hicimos juntos
Estanterías polvorientas con regalos de amigos
Acumuladas las tareas en la pizarra
Nada más habrá que hacer ese día
No pido más que mirarte, no olvidar mis ojos
Mirarte como te quise, ya no sabré que te quise
Ni cómo atarme los zapatos
Llorar estará fuera de sitio
Porque no entenderé lo que es una lágrima.
Si tuviera que olvidarte, ya en la última estación,
Perdida toda esperanza
Salvo para mí, que no tendré nada
Ni miedo ni tristeza ni rabia
La parte final de nosotros me gustaría
Que se pareciera a la primera
Cuando no éramos nada, y reías tanto
Reías más a menudo
No me mirabas con condescendencia
Y yo te temía y admiraba
Porque cada día podía perderte
Sin saber qué vendría mañana, a eso
Se parecerá el final:
Si tuviera que olvidarte,
Acabemos contigo riendo
Sin saber qué vendrá mañana.

sábado, 21 de marzo de 2020

confinamiento (I)

1. En estas vacaciones de verano anticipadas llueve y hace frío. Miro con odio a quienes salen de casa sin motivo justificado y luego vuelvo al sofá para animarme: lo estás haciendo bien. No me lo creo del todo. 

2. El nuevo uso de las palabras es tan antiguo que García-Márquez tendría que señalarlo con el dedo. Querer a quienes ya queremos, acercarnos a los que están lejos, conocer a quien quiera ser conocido. Mis amigos en multipantalla, mis padres con lag, redes sociales silenciadas. 

3. Abundan los planes para cuando todo esto termine. ¿Cuánto nos durará la euforia de la vuelta a la rutina? ¿Recordaremos que un día al salir y respirar fue como si nunca hubiéramos probado el aire? Apuesto que en dos semanas seremos de nuevo los mismos. 

4. Las caras en la radio son transparentes, pueblan la cocina y la llenan de lágrimas a la hora de comer. Estos días prefiero el reggaeton espontáneo en las terrazas de los vecinos a los que, de otra forma, nunca se lo hubiera tolerado.

5. El aplauso de las 20.00h me ha devuelto a zorro del Principito y su puntualización sobre los ritos. Domesticados como estamos, los minutos previos me generan una inquietud creciente, sin dar por hecho si acudiremos a la cita, si veremos las caras habituales, si nos despediremos hasta mañana a la misma hora.

miércoles, 11 de marzo de 2020

el deshielo

Arriesgando sobre hielo fino, el crujido bajo los pies acelerando el pulso, siempre a centímetros del error, conduciendo fuera de la consciencia como Senna en Mónaco '88, dejando ver todos los trucos desde el backstage, con las miradas más inapropiadas y los comentarios sutiles pero evidentes, lejos del tono adecuado y en el momento más inoportuno, sin la menor precaución pero muerto del miedo que se acumula sublimado en el recto-sigma y aprovecha cualquier despiste para escapar, los despistes que son constantes y descontrolados, sufriendo en este silencio tan elocuente a través de las manos, de la contracción de los músculos que circundan la boca, de la trayectoria siseante de la espalda y sin opciones de triunfar, sin una sola ventaja que ganar porque todo son pérdidas todo son pérdidas todo son pérdidas repítelo hasta que te lo creas salvo que no lo crees, inmune al fracaso por mecanismos pueriles de psicología, cualquier movimiento es una pérdida, hará que se rompa la capa de hielo primaveral y te empapes de realidad, Senna contra el muro bajando Mirabeau sin explicación para nadie más que para él, las cartas que se caen de la manga, risas desde la sombra de la platea y codazos cómplices que se limitan a confirmar lo ya sospechado, el fraude de un mago que no pertenece a ningún lugar tal vez porque no sabe pertenecer o tal vez porque le han echado de todos y la responsabilidad se encuentra en su mochila.
Arriesgando sobre hielo fino. Todo para el público emocionado, protagonista de un momento único y sin embargo mil veces repetido para mil públicos diferentes, acaso queda otro calor más que el calor del público, qué equivocado está, ignora deliberadamente que el calor que importa siempre estuvo en casa. La caída ha de ser dura, piensa mientras cae y planea la próxima actuación.