martes, 16 de octubre de 2012

Goodbye, Norma Jean

El día que se terminaron para siempre los croissants de chocolate en todas las pastelerías de la ciudad todo mundo hablaba de un astronauta. Qué opinan los periódicos de las tardes perdidas, te preguntaré detrás de un café que no será si no hay un croissant, porque sin croissant de chocolate no habrá un yo ni un tú ni mucho menos un café. Qué opinan los periódicos de si llueve en todas las casas a las tres de la tarde, de lo triste que es Lisboa.

Por eso bajo corriendo de pastelería en pastelería. Las caras de las pasteleras me parecen todas la misma. Se ocultan detrás de la harina o del maquillaje. Yo siempre quise follarme a una esteticienne. O a una peluquera. Pero esteticienne es más sexy. El propio nombre se te derrite en la punta de la lengua según lo pronuncias como uno de esos buñuelos de crema que estoy viendo en los expositores. Con la pequeña salvedad de que no quiero un buñuelo de crema ni una esteticienne, al menos hoy no. Es lunes. Un astronauta copa las portadas. Y yo no tengo croissants. La cara de la pastelera que se repite de pastelería en pastelería me informa con pesar de que no, no tenemos de esos magníficos croissants de chocolate que anunciamos por un euro con cincuenta céntimos. Quizá los tuvimos a las ocho de la mañana, pero a esa hora tú sólo intentabas no vomitar tu desayuno en la cafetería de un hotel mientras a tu lado bebían basureros y empleados de banca.

Luego lo intento en la gasolinera. En la gasolinera nadie ha oído hablar de un astronauta enrollado con una esteticienne que se lanzó por la ventana en busca de varios récords del mundo mientras su mujer los perseguía a ambos. Es por eso que tampoco saben que ahora los croissants se rellenan de crema de chocolate, que es lo mismo que el chocolate pero derretido, que es lo mismo que quedará del astronauta cuando toque tierra, que es lo mismo que quedará mañana de los periódicos de hoy. Pero en la gasolinera me dicen que busque en un supermercado. En el supermercado me envían a una máquina de autoservicio que hay en un garaje a la vuelta de la esquina. La máquina de autoservicio está vacía: es lunes. Nadie la ha repuesto. Marilyn me mira lujuriosa desde el escaparate del videoclub adyacente. Goodbye, Norma Jean. ¿Qué saben de ti los periódicos? ¿Qué saben de ti las adolescentes cuyas habitaciones adornas con ese rubio platino y esa sonrisa lujuriosa que hoy me dedicas?

El día que se terminaron los cafés, los periódicos, los astronautas y los croissants era lunes. Los lunes son así. Acaban con todo. Acaban contigo, que acabas limpiando el cristal de tu habitación, retirando cuidadosamente todos los mosquitos estampados que lo manchan, con la esperanza de encontrar un croissant y subir a verte. Pero hoy no hay croissants. Hoy será un día más en el París-Dakar. Una tarde de tantas en la Ruta de la Seda. Hoy quizá baste una napolitana para merendar, si es que alguien en esta ciudad sabe dónde queda Nápoles y que allí decidieron meterle crema de chocolate dentro a los dulces. Los lunes, si te despistas, ya no llegas a por los croissants. Los lunes, si me despisto, ya no llego a por ti. Pero mañana será martes.

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