martes, 1 de septiembre de 2009

Bi-Polar


A medida que nos acercábamos al infierno polar antártico se fue dibujando en mi interior una sensación de derrota premeditada. Luego, durante muchos años, recordaría aquella sensación como la clase de experiencia que no querría repetir jamás. Fue todo una cuestión de actitud, desde que nos subimos al Brynnia, de madera contrachapada y tres mástiles, la profecía autocumplida empezó a crecer en mi interior, en nuestro interior. Y así hasta el final. Me complace recordar ahora también que nunca bajaron nuestras cabezas. Pero reinaba el derrotismo y fue cuestión de tiempo nada más el quedarnos encallados, como si los glaciares olieran, igual que los perros, el miedo.

Algún tabloide nos maltrató, otros fueron más condescendientes, y de entre todos ellos sólo nosotros sabíamos, sólo nosotros podíamos saber la verdad.

Por eso, al siguiente año nos reunimos en el camarote de Dave la semana antes de cruzar el Trópico de Capricornio. Los siete nos miramos a los ojos, y sonreimos. No hubo ni una sola palabra más. Abrace a Arnold antes de salir, pero tampoco hablamos, sólo sonreimos de nuevo. 9 meses después habíamos girado completamente sobre el mundo sin escalas, y los tabloides volvieron a hablar, esta vez con palabras de redención. Lo hicieron, decían.

De entre todos, sólo nosotros sabíamos, sólo nosotros podíamos saber la verdad.

Que si aquel viaje fracasó y el otro fue un éxito aunque retornásemos al punto de partida se debió únicamente a una tarde de actitud y otras trescientas de recuerdo.

1 comentario:

Dr. Feelgood dijo...

como te dedicas a esto?
es un relato muy bueno. de entre tus escritos este me gusta en especial.