viernes, 19 de diciembre de 2008

Cara B

Según las leyes clásicas, el mundo se divide en dos partes. Norte y sur. Este y oeste. Blancos y negros. Ricos y pobres. Calor y frío. Tierra y mar. Odiar o no odiar la Navidad.

Después llegaron los teóricos posmodernos, y dijeron que no. Que esas generalizaciones simplistas eran un error fundamental. Y que por tanto, habría que colocar meridianos y paralelos. Escalas de 256 grises. Grados Celsius, Kelvin y Farenheit. Sentirse en el medio de una vorágine navideña, y no a un lado u otro.

Por eso desde hace un tiempo se viene comentando la tendencia de pasar las Navidades como buenamente puedas. Entre turrón y aparente felicidad. Para mí la felicidad ha sido hoy despedirme con un abrazo de mis compañeros de clase, y subir por el césped aún con nieve con The Killers en las orejas, y colgar de ahí la sonrisa.

Aún así no he podido evitar sentirme bien en parte cuando mi abuela me tenía al llegar a casa unas nueces y un mazapán. La infancia hace que la Navidad sea ilusión. Quizá por los regalos, pero quizá no, porque todavía me regalan cosas, y ya no me hace ilusión. Será porque la infancia es ilusión.

Entonces, siguiendo una simple regla de tres, la Navidad puede ser ilusión. A mí me vale con sobrevivir, con tener dinero el 6 de enero por la tarde, con haber estudiado algo, haberme encontrado con mis amigos de nuevo. Haberme congelado en el cambio de año en Videmala, haberme mamado en algún momento de estas dos semanas y media.

Creo que no se trata de odiar o no odiar la Navidad. Creo que se trata simplemente de hacerlo lo mejor que puedas, y no limitarte a estas dos semanas y media. Y por lo demás, a nadie le amarga un dulce, si siquiera siendo turrón del duro.