jueves, 19 de agosto de 2010

A Marte, sin regreso


Lorca regresa de entre los muertos cada verano. No lo has visto, pero está en los titulares de la radio por la mañana, con todo el frío; está en en el salón de casa reinventando otra versión de Yerma, cuando no de Bernarda Alba. Salir de una fosa y meterse en un foso, por eso Lorca se vuelve al final de cada agosto a donde vino. Pero deja las letras repartidas, como minas antipersona, como el agua en los surcos después de una tormenta, y allí el barro de todo el polvo que se levantó.

Tú y las palabras que odiábamos decir, los nombres innombrables, la ley del silencio, las pisadas de las vacas. La historia comienza con todo el polvo que se levantó por los caminos que pisaron las vacas antes que nosotros. Allí hablábamos tu padre y yo de los futuros tratados por los que él se quedaba mi Cadillac y yo tu virginidad. Sudábamos, era Agosto, tu padre me hacía arrastrarme deprisa por los caminos llenos de polvo para mostrar mi valor, tu padre sudaba y resoplaba más que yo, que le daba conversación a medio pulmón para demostrar que sí, que valía, mientras tiraba de un carro lleno de media tonelada de calabazas. Luego, tras dos semanas de sudor, cayó la tormenta, y el polvo fue barro, de modo que nos quedamos en casa. Sacó el alcohol, y me hizo beber. No creía que yo fuera más que un niño, a pesar de haberme ofrecido tu dote, tu virginidad. Me había ofrecido tu sudor que primero fue su sudor y luego el mío. Me hizo beber, fuera llovía, las calles del pueblo no drenaban. Eran las pruebas hacia ti. No sabía por qué, pero eran hacia ti. No hacía calor ni frío, tu padre me miró durante treinta minutos en los que yo guardé silencio mientras bebía líquidos de colores con los que seguramente podrían hacerme declarar que maté a Kennedy. Tú habías salido, tú no sabías que yo existía. Si hubieras vuelto a casa porque llovía, habrías descubierto que un extraño estaba en tu cocina, en silencio. Yo no te conocía, pero tu padre y las vacas me tentaban. ¿Qué eras tú, más que la llave para las vacas y la casa y el coche? El polvo en los caminos era barro con la tormenta, me fui a mi casa con las botas manchadas pero los pies secos.

Tres años después, los pies manchados y las botas secas, las vacas robadas, el coche inservible, tú me miraste. Ahora ya conocías mi existencia, ahora que ya no había bebidas de colores en el minibar, ahora que el sudor de tu padre quedaba en la granja. Había cosas que no cambiaron. La ley del silencio, los caminos de polvo, las tardes de lluvia en Agosto, la radio a las siete de la mañana. Ver atardecer al lado de la piscina, conjugar los verbos irregulares propios del dialecto interior de la provincia. Qué más daba, si no hablábamos. Para qué hablar, si bastan las palabras para no amarla. Yo me consolaba con las peras de invierno, que a estas alturas del año son pequeñas y duras, pero dulces debajo de la piel. Las peras de invierno para merendar, las peras de invierno para cenar. Pero nunca peras para dormir. Para cenar tú te ibas. No sé a dónde te ibas. En el bar del pueblo también reinaba la ley del silencio cada vez que entraba, eso podía ser una buena señal de dónde te ibas. Y cómo culparte de unas vacas, cómo culparte de un todoterreno, de un salón amueblado.

Decidí deshacerme de ti, tras tres años sin un beso. Decidí deshacerme de ti, aunque no sabía cómo. Como hizo César con la República, como hicieron Casio y Bruto con César, como hizo Antonio con Casio y Bruto, como hizo Antonio con Cicerón, y con él con la República. Te prometí un baño en el río, sabiendo que aceptarías sólo porque yo lo proponía, como si te proponía un viaje, a Marte sin regreso, que en el fondo era más o menos lo que te había propuesto. Bajamos al río, pisamos las piedras, entramos en la calma del agua. Yo ya sabía que no podía deshacerme de ti. Sabía que eras tú la que mataba las vacas enfermas, la que desplumaba los pollos y freía los peces que yo subía a casa. Entramos en la calma del agua, desterramos conceptos como corte de digestión, hacer pie, flotar. Te abracé por detrás, recordé el estado líquido de la materia: el sudor que nunca me diste, el agua de los surcos por los que me arrastré, todo lo que nos había llevado hasta allí. La vida son los ríos y no los caminos. Cada verano Jorge Manrique sale del sepulcro de alabastro y nos lleva al mar, a Benidorm o Santa Pola, tú no lo has visto, pero ahí está, en cada verso y cada rambla desbordada. En el río te intenté besar, después de tres años, después de no deshacerme de ti porque no sabía ni podía. A lo mejor no quería. Lo sentía cada noche con la Vía Láctea, pensando que siempre hay dos caminos que se bifurcan y nunca creía haber elegido el bueno. Vacas en lugar de ovejas, tú en vez de otra. El estado líquido de la materia que fueron tus lágrimas cuando te intenté besar, como todos los pollos que desplumaste y los peces del mismo río en el que te intenté besar.

Luego, al final de todo, creo que nos besamos, con el agua por los hombros, dejando atrás otra bifurcación, pensando si acaso los átomos dejan de ser los átomos por licuarse, lágrimas o tormentas. ¿Acaso sabe de verdad la Nasa si hay agua en Marte? Hay barro en las botas, eso siempre lo sé, lo sé de fijo: hay polvo en el camino. Hay paja en el campo, toda la que no se ha recogido. A veces hay incendios provocados, por donde solíamos pisar. A veces paseamos por el campo, a veces vemos atardecer.

1 comentario:

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Catherine Mejia