miércoles, 9 de febrero de 2011

Caravanas de vida y muerte

Hace ya tres años, Arnau y yo asistíamos por puro vicio con cierta regularidad a las clases de Filosofía del Renacimiento que da el profesor José Luis Fuertes Herreros en la Facultad de Filosofía de Salamanca. Fuertes es un tipo que siempre me ha parecido excepcional, con una sonrisa eterna y un saber al mismo nivel.

En una de las clases mencionó una frase que dejé apuntada en un folio, con la esperanza de que algún día me sirviera. Hemos desterrado la muerte de nuestras ciudades. Hacía referencia al hecho de que habíamos dejado atrás la cotidianidad decimonónica e incluso de principios del s. XX con la que se convivía con la muerte. Guerras mundiales, epidemias, etc. Siempre me vienen a la mente esas imágenes parisinas con tonos blanco, negro y beige, carrozas negras y caras desfiguradas. Algo completamente natural y que sin embargo nos horroriza, nos hace girar la cara.

A día de hoy muy poca gente muere en casa. De hecho, no mucha gente ha visto un cadáver, y menos aún hemos visto morir a alguien. Una experiencia, sin duda, traumática para nosotros, algo que en nuestra concepción vitalista, alegre, ansiosa por experimentar sentidos, vicios y placeres nos choca frontalmente. Nos arranca las puertas de cuajo, agita nuestra bola de cristal con nieve, nos desestabiliza y nos afecta. ¿Cómo es posible morir, si hemos echado la muerte de las ciudades?

El miedo a morir es saludable: indica unas inequívocas ganas de seguir viviendo. Sin embargo muchas veces nos conduce al extremo contrario, al de la ignorancia o negacionismo de la muerte. Según la doctora Kübler-Ross, pionera en la organización de las fases del duelo (si bien hay teorías superadas posteriormente) esta negación es la primera de dichas fases. Pese a todo, a todas las teorías, a todas nuestras ganas, a la ciencia, a la poesía, nos morimos, y eso es lo único cierto. Algo que ni tú, ni yo, ni nadie, podemos evitar y que de una u otra forma acabaremos aceptando.

Pero, ¿qué hay del modo en que morimos?

Me matriculé de la asignatura de Cuidados Paliativos con la inquietud de conocer más acerca del enfermo terminal. De los desahuciados. De aquellos a los que la sociedad no les gira la espalda, pero tampoco les tiende la mano. ¿Recordais? Hemos desterrado la muerte de nuestras ciudades. Gente por la que la Medicina no puede hacer nada más que intentar mejorar su calidad de vida hasta el final, puesto que no tienen curación posible. Y el pensamiento que me viene a la mente es: ¿acaso es poco? ¿Acaso no es suficiente?

Paliar el dolor es un hecho increíble, un logro superior a la mejor de las técnicas quirúrgicas. Confortar al enfermo y a su familia, cuidadores principales que sufren en su carne y mente unos males diferentes al paciente, pero no por ello desdeñables.

Mi experiencia de prácticas ha consistido en acompañar durante unos días al único equipo de Paliativos que hay en Salamanca (150mil personas, aprox) Un equipo formado por dos médicos, una enfermera y un terapeuta ocupacional, que se desplaza en un coche de la AECC (Asociación Española Contra el Cáncer) por toda la ciudad atendiendo varias rutas de enfermos. Enfermos que ya están en su casa porque en el Hospital nada más se puede hacer por ello. Y sin embargo pueden vivir incluso varios años, nada de terminales. ¿Por qué? Porque tenemos que entender que la Medicina Científica tiene sus límites, y que a veces tenemos que sanar otras facetas como el alma, si me permitís el término.

Una labor increíble y sin embargo, insuficiente. Porque nadie mira hacia aquí. Porque nadie apoya esto, ni con medios ni con personal. Porque la muerte nos asusta y preferimos la vida, aunque sea una vida a medias, con un ojo cerrado. Hemos desterrado la muerte de nuestras ciudades. Pero aún hay esperanza, aún hay caravanas de muerte y también de vida que van en un coche de la AECC intentando dar la mano a todo aquel que la necesite.

No hace falta volver al Renacimiento, pero la muerte y la vida, y el esfuerzo de cada día más gente, hacen que el mundo merezca la pena.

3 comentarios:

Irene Warman dijo...

Buen post Victor, tienes mucha razón. Se ha generado un miedo desmedido hacia la muerte, y creo que a la largo, todos salimos perjudicados. Se debería convivir con la muerte desde pequeños, acostumbrarnos a ella, a saber que todos y cada uno caminamos hacia ella.
Yo ahora estoy rotando por la residencia geriátrica, y la verdad es que la tarea que realizan los médicos y enfermedas allí es similar a unos Cuidados Paliativos, ya que son enfermos no candidatos para ocupar camas en el hospital, pero necesitan cuidados continuos ...

Cuerpos a la deriva dijo...

Mi tía (una de estas SEÑORAS con mayúsculas que nunca han salido de su pueblo y nunca han estudiado pero saben más de la vida que cualquier catedrático) siempre decía que no tenía miedo a morir sino a morir sufriendo.

Su trabajo no es poco, de hecho como dices, es más de lo que pensamos.Todos merecemos una vida y una muerte digna. Y digo muerte y vida, calmar el último dolor, el peor de todos es importante (incluso vital) pero permitir que una persona deje de sufrir cuando los cuidados paliativos ya no pueden hacerlo también. Hay vidas que se acaban, personas a las que les ha llegado ya la hora y obligarles a continuar sufriendo no es justo.

MANUEL IGLESIAS dijo...

Muy interesante. Es cierto, la sociedad no quiere la presencia de la muerte. Cifras; accidentes catástrofes, ajeno, todo lejano. Tanatorios, burocracia funeraria y lo más grave: Una frase que me dice mi padre hace unos días. 82 años Imaginaté que yo no me muero... me dice preocupado ante la "carga" familiar de su ancianidad. Le contesté lleno de ironia graciosilla: Sería el primer caso de un hijo que tiene un padre que no se muere. Un saludo