miércoles, 30 de noviembre de 2011

Batman vs. Lee Harvey Oswald


La noche que mataron a JFK nos besábamos como adolescentes detrás de la hamburguesería. La culpa de todo esto es de los comunistas, decía padre cenando, y yo pensaba en ti y en las aventuras de Batman. Batman, de haber querido, habría salvado a JFK, pero estoy seguro de que Lee Harvey Oswald estaba compinchado con el murciélago.

En Tender Little Ear ningún chico tenía televisión en color pero todos teníamos una escopeta de aire comprimido, por eso pasamos meses enteros reconstruyendo el crimen. A pesar de que llegó el invierno comíamos helados mientras intercambiábamos los papeles. Una vez uno era el conductor, y la siguiente podía ser perfectamente Jackie Kennedy.

Todo fue bien hasta que Jim no disparó con aire a la cabeza de Sammy. Disparó con un perdigón de 3 milímetros que le entró por un ojo y se le quedó alojado en el esfenoides, según el informe del forense. Aguantó un mes y medio en coma, luego palmó. Apenas teníamos 15 años. La policía nos fue llamando de uno en uno. Todos contamos la única versión de los hechos que nos sabíamos. Los cientos de veces que habíamos repetido la escena de Dallas. Que siempre salía bien, porque nada podía ir mal. Que ninguno nos habíamos enterado de que la escopeta de Jim estaba cargada.

Nos separaron y nos cambiaron de instituto, algunos incluso se fueron del pueblo. Jamás volví a ver a ninguno de ellos. A Jim incluso lo tuvieron unos meses en un sucio reformatorio. Me enteré cuando leí años después su caso en un periódico local de Colorado, muy lejos de Tender Little Ear. Había matado a una mujer con una escopeta recortada. En su pueblo decían que era un tipo correoso, que no le gustaba perder y con ella había perdido algo. Yo imaginaba al Jim que conocí. Al que nos trampeaba con cromos de béisbol y nos robaba la bicicleta. Lo recordaba y todo tenía más sentido. 

No pienso que la gente sea mala, nena, no lo pienso. Si no, no podría seguir adelante. Durante años había pensado que un chaval de 15 años no podía matar a otro por puro placer. Siempre creí que fue un accidente, incluso había olvidado todos los detalles de JFK. Nunca pensé que Batman en realidad estaba de vacaciones y desde Bahamas no pudo salvar ni al presidente ni a Sammy. Cuando leí aquel periódico supe que no había sido casual. Que Jim, como Lee Harvey Oswald, no pretendía evitar que el presidente leyese el discurso en el que anunciaba vida extraterrestre. 

Hay quien opina que el tiempo actúa por nosotros si lo dejamos. Sin embargo, lo único que actúa es la lógica de algunos hijos de puta que aprietan el gatillo. Su historia se repite si les dejan. Oswald lo haría una y otra vez. Batman lo haría una y otra vez. Yo no sé lo que haría una y otra vez. Quizá me equivoco, como siempre, quizá lo que yo hago es equivocarme mientras otros cometen crímenes. Esta noche he vuelto a pensar en Jim y Sammy, pero por favor, hazme un hueco en la cama, me siento muy solo cuando odio a la gente que mata y a la que muere sin dejar más huella que un descapotable negro en Dallas. 



martes, 29 de noviembre de 2011

El hombre, el mito (VI)

"[...] Verás, dijo Johnny cuando entraban en la sala repleta de gente, verás, esta ya es otra liga. Aquí nadie dispara con balas de fogueo, aquí los tiros son a matar. Supongo que ahora crees que no estás preparado. Tranquilo, nadie está preparado al principio, y, sin embargo, ahí los tienes a todos, sobreviviendo. Es cuestión sólo de creer en ti. Hay quien piensa que la confianza en uno mismo no es nada, pero para otros es el único arma con el que se despiertan todas las mañanas y salen a la calle a luchar por la vida. Puede que no te salga bien, al principio te sentirás como si caminases con unos zapatos que no son tuyos. Un día acabarás por fin corriendo, pero no se te olvide nunca que aquí las balas no son de fogueo, ¿lo entiendes?, dijo Johhny zarandeándolo por la pechera, ¿lo entiendes? Tienes que entenderlo, chico, de lo contrario yo no podré hacer nada por ti. No siempre voy a estar aquí para salvarte el culo. Puede que incluso algún día seas tú quien salve el mío. [...]"

lunes, 28 de noviembre de 2011

fin de semana

Me he encomendado a la patrona del mar para cruzar el desierto. Es cuestión de océanos e islas: debajo de las sábanas se acumulan las tormentas, la niebla está sobre las dunas, y nosotros atravesamos esas dunas aunque te duermas mientras yo busco el norte de la autopista con las luces, pero el norte no está en ninguna parte. ¿Dónde está el norte, mientras paseamos bajo el sol en la gran ciudad? ¿Dónde está el norte, encerrados en el salón de hielo? Da igual, duerme, sigue durmiendo; te llamaré desde el peaje, como te prometí hace tanto. Cuando cojas el teléfono no vas a encontrar más despertares difuminados en la ventana ni yo voy a encontrar lunes por la mañana en la estación. Hoy que ya no hay tormenta ni mares ni desiertos, sino que está la tarde despejada, me vuelves al subir la marea, aunque sé que no estais ni tú ni tu pingüino paradójico, seguramente estareis cruzando el polo en trineo o nada más que un paso de peatones entre caras que no conozco ni me interesa conocer: a mí lo que me interesa es secuestrarte en el asiento del copiloto y besarte sólo cuando el semáforo esté en rojo, de modo que voy a seguir toda la noche dando vueltas por las avenidas más transitadas, buscaré los atascos más largos. Podremos ver el reflejo de los coches en el tejado si levantamos la vista, si cerramos la boca podremos escucharnos más cerca; nunca te he contado que leo tu espalda en morse durante la siesta de las tardes de domingo. No te voy a pedir que me salves de ellas, porque se han inventado para darle sentido a los suplementos del periódico y a los telefilmes, para que nos conozcan los sofás y los bombones. Que cualquier día es fin de semana, igual que en las vacaciones de verano. Aunque ya no estés aquí, yo, de haber sabido que en este mar de agua, frío, niebla y arena solitaria las vistas merecían tanto la pena, me habría echado a navegar hace años.


sábado, 26 de noviembre de 2011

Los buenos tiempos

porque tu oración me dio en toda la cabeza:
bailemos por los que no pueden
("Los buenos tiempos" David González, poeta)

Salimos de la antigua sala de autopsias, y, aunque no os lo creáis, allí hacía más frío, con la mesa de mármol y la lámpara blanca y el polvo que hacía corros en el suelo y los cables en espiral, abandonados, salimos de la antigua sala de autopsias y fuera todo era más cálido, así que de pronto, al montarnos en el coche aún en silencio lo pensé: pensé que quería estar vivo, que quería llegar a casa y tener frío o calor, que quería correr y sudar, que quería que vengas mañana y bailemos juntos aunque sólo sea una vez, bailemos por los que no pueden, lo supe al recorrer el pasillo y ver las pintadas que afirman que la noche no es de nadie, que la noche es negra y blanca, fuera hace frío y no juega ningún niño y nuestras vidas se acaban yendo aunque se enrollen sobre sí mismas como los cables de la lámpara en la antigua sala, podremos girar sobre nosotros mismos hasta hartarnos, pero esto no habrá servido de nada si seguimos notando el frío, si seguimos en silencio dentro del coche, hasta que enciendo el radiocassette, arranco una conversación banal, echo de menos un cigarrillo y pienso en todos los buenos tiempos que aún no hemos gastado, que sea de mármol el suelo y no la mesa, que vayamos a morir de calor, que, por favor, volvamos a bailar juntos. 

viernes, 25 de noviembre de 2011

Juego de pies

Todas las leyes físicas se han puesto de acuerdo para que los pies sean la clave del juego, los que te hacen correr y los que te llevan a esconderte, los que te elevan y también los que te hunden. Hay quien sabe dónde tiene los pies pero no dónde la cabeza, hay quien se viste por los pies y hay personas a cuyos pies uno se echaría. Pero al final todo ese cúmulo de gente acaba perdiendo terreno frente a los que reúnen la simple cualidad de tener los pies en la tierra. Usted elija el lado que más le plazca, pero tenga en cuenta que, físicamente, sólo es factible despegar desde abajo.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

lana

Ahora engrosan las colas del paro todos los que antes falsificaron mantas para las casas que crecían en los suburbios, casas como la que nosotros habitamos, dónde están ahora esas mantas mientras, congelado, estiro un brazo para agarrarte sobre las sábanas de nieve, y si te estiras para agarrarme y no me encuentras, no te preocupes, me habré ido sin ruido, estaré tejiendo para el invierno que se asoma, ocuparé las fábricas que ya nadie usa y con la lana que encuentre en el camino, prendida en los matorrales, haré nuevas mantas de colores con parches de colores para tapar agujeros de colores que nos cubran los pies, fríos, fríos, volveré por la mañana cuando tú todavía duermas y te cubriré en silencio, sin que abras los ojos, te dejaré allí arropada, quieta, me iré a la cocina a por café, pero si me canso de esperarte en ese reino de azulejos de hielo volveré sin ejército para anexar tu territorio, de modo que sean mis noticias de guerra relámpago las que te despierten, por eso no tendrás más remedio que firmar la rendición y guardarte cláusulas en el tratado de paz para que yo me duerma tranquilo soñando que te vengas de mí, hasta que suceda, y amanezca por fin con tu deseada venganza.

martes, 22 de noviembre de 2011


    puede que el tiempo te dé la razón
    pero no queda tiempo, hoy es el día
    (Nacho Vegas)

    [...] - ¿Y, cómo recuerda usted todo lo que vino después?
    - Verá. Lo de después se trató básicamente de dejar las películas a medio ver. De dormir muy poco y de pasarme los días con ojeras y soñando despierto. Se trataba de conducir al trabajo entre la niebla, de mirar por la ventana con la solemne intención de que nada había pasado. Lo de después era verse en todas las canciones, mirar el teléfono como una puerta interdimensional. Pasar las tardes en silencio leyendo en el sofá.
    - Pero, ¿fue algo reseñable?
    - Claro que sí. No fue el otoño post-apocalíptico previsto. Sin parecerlo, fue algo mucho más allá. Como cuando alguien se deja encendida sin querer la calefacción por la noche y, sin darte cuenta del hecho, duermes mejor porque tienes mucho menos frío. Luego te levantas y los días son más agradables.
    - Si pudiera, ¿cambiaría algo de aquel tiempo?
    - No. Uno nunca sabe cómo podría ser todo, si todo fuera diferente. Pero no cambiaría nada de aquel período. Todo era simple y ordenado, los compases estaban bien sincronizados y las hojas se iban cayendo como los días. Sin tener demasiado claros los mecanismos, diría que incluso fui feliz.
    - ¿Fue feliz, entonces?
    - Sí. Es peor ser feliz, porque sabes que después de arriba viene abajo, sabes que tu suerte acaba cambiando de signo. Pero aunque vivas con la sombra del descenso al otro lado de la esquina, si eres capaz de recorrer el camino con la cabeza alta, sonriendo al cruzar la plaza mayor o un paso de peatones, ya has logrado algo.
    - Por terminar, ¿se atrevería a poner un titular?
    - No puedo, no sabría, ese es su trabajo. Si yo reseñase un solo hecho, aunque todo hablase de un solo nombre, estaría traicionando una época. Y esa época quiero conservarla tan íntegra como intenté vivirla, como unos meses que no fueron un otoño ni un conjunto vacío, unos meses que ahora son ese libro.  [...]