Anoche, sugestionado por los telediarios, soñé con el estallido de dos bombas nucleares. Sus columnas de orden jónico se elevaban paralelas en un horizonte no muy distante y desde mi pueblo entendí cómo todo tiene su fin, que había que abrazar muy fuerte a los seres queridos, que tocaba elegir bien las palabras que nunca me salen para expresar todos esos sentimientos que presumiblemente le vienen a uno a la boca en las postrimerías de su vida para, a continuación, terminar siendo engullido por una pared de luz blanca y desaparecer en la Nada. Pero eso no fue lo peor de la noche; lo peor es que el sueño que me ha tenido doblado durante todo el domingo fue otro distinto, uno cuya temática principal era el trabajo, que me despertó cuando aún alumbraban las farolas y no me dejó volver a dormirme a gusto. Así se maneja el mundo onírico cuando alguien decide bombardear países lejanos: te recuerda que eres un mindundi, que tu alcance personal es bastantes calles inferior al del telediario y que lo tuyo son los procesos que la Administración deja aparcados en un el fondo de algún archivador.
Apesadumbrado por el anuncio del apocalipsis en las cabeceras mediáticas y por el egoísmo de tener sueños de bajo calado no me he podido sacudir en todo el día la sensación de estupidez, en parte porque hoy la notaba más aunque con certeza me acompañe a diario. Algo parecido a esas piezas dentales fracturadas que funcionan bien durante meses hasta el día en que decides que es una genial idea abrir una bolsa de frutos secos y no tienes en cuenta que otra persona, tal vez un empleado de la Administración, decidió sin consultarlo que un garbanzo podía ser un fruto seco. Allá donde colisionan las debilidades con la crueldad honesta del mundo surgen al unísono un dolor para nosotros y una lucrativa oportunidad para un tercero que habitualmente trabaja por cuenta propia.
El rictus mohíno con el que he salido a tomar una caña de domingo soleado y por el que nadie (gracias al cielo) me ha preguntado podía hundir sus raíces en haber coronado el fin de semana con una percepción de cercanía del fin del mundo y con abstrusas reflexiones en torno a la idea de muerte por causas bélicas a los 37 años, pero no, radicaba en la frustración secundaria a encontrarme en un pliegue laboral sostenido en el tiempo que me hace pensar mucho en Bill Murray aprendiendo piano a lo largo de muchos meses en Punxstawney y volviéndose poco a poco más amable con los paisanos. Del bueno de Bill podemos aprender sonriendo toda una serie de virtudes capitalistas aún no catalogadas en el neocatecismo, esas que nos enseñan a resignarnos porque no es que se nos pase la vida en nuestra cara, sino que podemos redactar un par de informes más o seguir aprendiendo piano. Pero, tal vez por este domingo, sonreír no estará mal porque conservamos casi todos los dientes.
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