miércoles, 8 de septiembre de 2010

Los magos de Portugal

Como todos los veranos, ardía Portugal. Los magos ambulantes llegaron al pueblo el mismo día que el humo de la Serra da Estrela. Apenas se podía respirar, el cielo tenía un color gris ceniciento y una pequeña cúpula azul en lo alto, el sol brillaba la mitad de lo habitual, e incluso anocheció con media hora de antelación. Los magos ambulantes llegaron en su caravana de dos ejes centrales tirada por una Volkswagen del 73. Preguntaron por el alcalde, fueron respondidos, y nadie supo nada más de ellos salvo que se instalaron en la Plaza. La tarde de domingo era caliente, irrespirable y resacosa. El viento racheado del suroeste traía más calor, más humo, pero ya no más portugueses. Los chavales del pueblo dieron tres vueltas alrededor de la caravana, sin adivinar más datos para sus esotéricas elucubraciones. Las tarde de agosto necesitan rumores y conspiraciones a la sombra, sobre todo en los pueblos, sobre todo con el calor.

La caravana de los magos tenía las cortinas de color suficientemente beige como para impedir que se viera nada. A las 8 ya habíamos dejado de fumar y de jugar al mus, así que bajamos a la Plaza nosotros también. Todas las hectáreas de bosque arrasado eran hectáreas de cielo negro y naranja, el día era corto y quizá los magos ya lo sabían, porque salieron de su cónclave para empezar a preparar el espectáculo que ya se sabían de memoria en todas las comarcas al otro lado de la Raya, pero que para nosotros aún significaba algo especial. No tiene a día de hoy mucho mérito el hecho de ver por primera vez el Mar. Sin embargo hubo un tiempo en el que ver el mar era un acontecimiento reseñable en la vida de una persona, y por eso el día era recordado en un tiempo cercano a la eternidad. Así nos pasaba a nosotros con los magos. Cuando montaron su pequeño escenario de hierros y lona azul, nos sentamos en sillas plegables esperando con impaciencia. Sobre la lona azul había letras escritas con cinta aislante, en esos caracteres rectilíneos tan primitivos. Nosotros no sabíamos portugués, así que imaginábamos fantásticas, mitológicas promesas. No entendíamos su sibilante dialecto transfronterizo, salvo las veces que directamente se dirigían a nosotros por medio de gestos u onomatopeyas, así que podríamos haber creído prácticamente cualquier cosa.

A las 10 la Plaza estaba llena. Llena significa cientocincuenta personas. Llena significa expectación donde nunca pasa nada,llena es sinónimo de una cierta ilusión, de algunas tardes posteriores con mayor conversación que la meteorológica y la genealógica. Donde reina la monotonía, hasta los más ligeros cambios se celebran. Sucede igual que con el primer día en que ves el Mar. La gente suponía que hablaríamos del verano en que vinieron los Magos de Portugal. A las 10.15 los magos salieron de detrás de un biombo azul con ideogramas chinescos, los viejos rezaron por que hubiese una azafata de senos turgentes, las viejas se persignaron por lo mismo, nosotros sacamos las pipas, los niños chillaron. Los magos, que adquirieron esta denominación gracias a un par de sombreros de copa y dos chaqués mohosos, saltaron sonrientes a escena. En el radiocassette sonaban un par de canciones del verano retrasadas varias temporadas en el tiempo, desconocemos con qué propósito, pues le quitaban toda vana opción de crear un ambiente misterioso a la actuación. Luego vinieron los trucos.

Quince años después ya he visto mucha magia por televisión, David Copperfield y Anthony Blake, Jorge Blass y Juan Tamariz; pero en aquel momento no sabía nada de prestidigitación, de cuerdas que se atan solas, de palomas y de pañuelos. Y como yo, todo el resto del pueblo, que empezó a aplaudir asombrado cada una de las jugadas de los lusos. Los lusos, con su piel muy morena, su pelo grasiento, delgados como yonkis, chupados como yonkis, seguramente yonkis. Pero magos. Magos gracias a su caravana, su Volkswagen, sus letras chinescas y su promesa de magia. Comenzaron sin fuerza, pero ganaron adeptos según fueron introduciendo nativos del pueblo en el espectáculo. El show subía de intensidad, ya nos daban igual las pipas, las tetas que nunca llegaron, nos dio igual el cielo negro y el olor a humo. Queríamos ver aquel mastodonte de casi dos metros tragando un sable hasta su píloro, queríamos ver cómo un portugués se volvía evanescente detrás de una caja de madera. Queríamos ver a nuestro vecino en riesgo de morir asfixiado entre maromas. Queríamos emular por la mañana, y durante semanas, todo lo aprendido en el escenario. Queríamos olvidar la primera vez que vimos el Mar y los incendios, queríamos instituir la amnesia sobre toda la monotonía que nos había dominado durante nueve meses. Los ambulantes, de inicio dubitativos, se crecieron al ver el efecto masa de sus pobres trucos, y en última instancia, robándole el aliento a toda la concurrencia, sacaron su arma definitiva: una serpiente de coral blanca y amarilla que habría dado que pensar a cualquier veterinario.

Y entonces todo se vino abajo, justo en el instante en que la serpiente tocó el suelo, en el que la serpiente reptó por el suelo, en el que la serpiente mordió a una niña, en el que alguien gritó que había fuego en el monte, en el que efectivamente se vio un resplandor rojo y humo en el monte, en el que varias piedras rompieron varios cristales, en el que varios portugueses salieron corriendo de casas que, vacías durante el show, no habían opuesto ninguna resistencia al robo. Y el alcalde gritando, y los niños gritando, y los viejos gritando, alguien tocó a rebato las campanas de la Iglesia, nadie se preguntaba por la monotonía, todo el mundo se preguntaba por el agua, por el viento del suroeste que empujaba las llamas hacia el pueblo, pocos vieron arrancar la Volkswagen del 73 con la autocaravana y varios colchones llenos de billetes. Algunos pensaron en ese momento, y muchos a la mañana siguiente, que si la Magia real requería de trucos hechos a cuatro bandas como aquellos, de hectáreas calcinadas y burros muertos, de Guardia Civil peinando el terreno con vehículos anteriores a Tejero, de toallas fronterizas, de herencias evaporadas antes de tiempo, entonces nunca, nunca jamás querían que llegara el primer día en el que tenían que ver el Mar.

domingo, 29 de agosto de 2010

Videmala 2010

El verano es una constante universal. Aunque sólo dure 6 semanas. Sin reloj. Con sol. Quizá nos estemos perdiendo el mejor atardecer. Bicicleta negra. Camiseta verde. Coche rojo. Piscina azul. Todos los sinónimos de literatura, de deporte. De viajes por carreteras secundarias y caminos. Amaneceres. Sin tormentas ni mañanas de lluvia. Por suerte El Corte Inglés ya no emite su mítico anuncio de vuelta al cole. Lo lamentan los psiquiatras. Promociones telefónicas estivales. Alcohol. Libros. Amigos. Noches. Puede que la peor nostalgia sea la que se siente por lo que no se ha vivido nunca, pero ¿qué me dices de todo lo que se deja detrás? Lo difícil que es marcharse, lo aburrido que es volver. El verano es cíclico, es un alfa y un omega. No hay una canción del verano. El verano son todas las canciones.

martes, 24 de agosto de 2010

39º, kioscos cerrados.

Cómo será tu cara tras un verano, cómo bajará el río por tu ciudad, cómo hablarás el francés con desconocidos cuando vuelvas de tus viajes, de qué color tendrás el pelo, qué nombre tendrás trabajando de espía en Lisboa. He reunido en una libreta de medicamentos todas las dudas que me surgen bañandome en pelotas en piscinas ajenas más allá de la una de la madrugada. Hay un carnaval de agosto, pero no oculta la cuaresma que vendrá. Las autovías, según la teoría de los vasos comunicantes, van absorbiendo mareas humanas de la costa, y arenas de playa que nos duelen entre las uñas se dejan caer por la acera de mi calle, por la que a las 8 de la mañana cuatro funcionarios hacen footing, pero también tengo arena en el pelo y me hacen daño las sábanas. Quiero conducir como los portugueses cuando sea mayor, quiero el descapotable rojo del que siempre te he hablado, quiero una recta americana al atardecer, quiero al Boss en el radiocassette, quiero tus piernas en el salpicadero, tus tetas poniéndose un poco más morenas. Eh, eh, eh. No muevas el retrovisor. Quiero saber cómo será tu cara tras un verano, cómo bajará el río por tu ciudad, cómo hablarás el francés con desconocidos.

jueves, 19 de agosto de 2010

A Marte, sin regreso


Lorca regresa de entre los muertos cada verano. No lo has visto, pero está en los titulares de la radio por la mañana, con todo el frío; está en en el salón de casa reinventando otra versión de Yerma, cuando no de Bernarda Alba. Salir de una fosa y meterse en un foso, por eso Lorca se vuelve al final de cada agosto a donde vino. Pero deja las letras repartidas, como minas antipersona, como el agua en los surcos después de una tormenta, y allí el barro de todo el polvo que se levantó.

Tú y las palabras que odiábamos decir, los nombres innombrables, la ley del silencio, las pisadas de las vacas. La historia comienza con todo el polvo que se levantó por los caminos que pisaron las vacas antes que nosotros. Allí hablábamos tu padre y yo de los futuros tratados por los que él se quedaba mi Cadillac y yo tu virginidad. Sudábamos, era Agosto, tu padre me hacía arrastrarme deprisa por los caminos llenos de polvo para mostrar mi valor, tu padre sudaba y resoplaba más que yo, que le daba conversación a medio pulmón para demostrar que sí, que valía, mientras tiraba de un carro lleno de media tonelada de calabazas. Luego, tras dos semanas de sudor, cayó la tormenta, y el polvo fue barro, de modo que nos quedamos en casa. Sacó el alcohol, y me hizo beber. No creía que yo fuera más que un niño, a pesar de haberme ofrecido tu dote, tu virginidad. Me había ofrecido tu sudor que primero fue su sudor y luego el mío. Me hizo beber, fuera llovía, las calles del pueblo no drenaban. Eran las pruebas hacia ti. No sabía por qué, pero eran hacia ti. No hacía calor ni frío, tu padre me miró durante treinta minutos en los que yo guardé silencio mientras bebía líquidos de colores con los que seguramente podrían hacerme declarar que maté a Kennedy. Tú habías salido, tú no sabías que yo existía. Si hubieras vuelto a casa porque llovía, habrías descubierto que un extraño estaba en tu cocina, en silencio. Yo no te conocía, pero tu padre y las vacas me tentaban. ¿Qué eras tú, más que la llave para las vacas y la casa y el coche? El polvo en los caminos era barro con la tormenta, me fui a mi casa con las botas manchadas pero los pies secos.

Tres años después, los pies manchados y las botas secas, las vacas robadas, el coche inservible, tú me miraste. Ahora ya conocías mi existencia, ahora que ya no había bebidas de colores en el minibar, ahora que el sudor de tu padre quedaba en la granja. Había cosas que no cambiaron. La ley del silencio, los caminos de polvo, las tardes de lluvia en Agosto, la radio a las siete de la mañana. Ver atardecer al lado de la piscina, conjugar los verbos irregulares propios del dialecto interior de la provincia. Qué más daba, si no hablábamos. Para qué hablar, si bastan las palabras para no amarla. Yo me consolaba con las peras de invierno, que a estas alturas del año son pequeñas y duras, pero dulces debajo de la piel. Las peras de invierno para merendar, las peras de invierno para cenar. Pero nunca peras para dormir. Para cenar tú te ibas. No sé a dónde te ibas. En el bar del pueblo también reinaba la ley del silencio cada vez que entraba, eso podía ser una buena señal de dónde te ibas. Y cómo culparte de unas vacas, cómo culparte de un todoterreno, de un salón amueblado.

Decidí deshacerme de ti, tras tres años sin un beso. Decidí deshacerme de ti, aunque no sabía cómo. Como hizo César con la República, como hicieron Casio y Bruto con César, como hizo Antonio con Casio y Bruto, como hizo Antonio con Cicerón, y con él con la República. Te prometí un baño en el río, sabiendo que aceptarías sólo porque yo lo proponía, como si te proponía un viaje, a Marte sin regreso, que en el fondo era más o menos lo que te había propuesto. Bajamos al río, pisamos las piedras, entramos en la calma del agua. Yo ya sabía que no podía deshacerme de ti. Sabía que eras tú la que mataba las vacas enfermas, la que desplumaba los pollos y freía los peces que yo subía a casa. Entramos en la calma del agua, desterramos conceptos como corte de digestión, hacer pie, flotar. Te abracé por detrás, recordé el estado líquido de la materia: el sudor que nunca me diste, el agua de los surcos por los que me arrastré, todo lo que nos había llevado hasta allí. La vida son los ríos y no los caminos. Cada verano Jorge Manrique sale del sepulcro de alabastro y nos lleva al mar, a Benidorm o Santa Pola, tú no lo has visto, pero ahí está, en cada verso y cada rambla desbordada. En el río te intenté besar, después de tres años, después de no deshacerme de ti porque no sabía ni podía. A lo mejor no quería. Lo sentía cada noche con la Vía Láctea, pensando que siempre hay dos caminos que se bifurcan y nunca creía haber elegido el bueno. Vacas en lugar de ovejas, tú en vez de otra. El estado líquido de la materia que fueron tus lágrimas cuando te intenté besar, como todos los pollos que desplumaste y los peces del mismo río en el que te intenté besar.

Luego, al final de todo, creo que nos besamos, con el agua por los hombros, dejando atrás otra bifurcación, pensando si acaso los átomos dejan de ser los átomos por licuarse, lágrimas o tormentas. ¿Acaso sabe de verdad la Nasa si hay agua en Marte? Hay barro en las botas, eso siempre lo sé, lo sé de fijo: hay polvo en el camino. Hay paja en el campo, toda la que no se ha recogido. A veces hay incendios provocados, por donde solíamos pisar. A veces paseamos por el campo, a veces vemos atardecer.

domingo, 1 de agosto de 2010

La vez que estuve en Murcia después de estar en Asturias

Tuve una novia de Murcia. De Molina de Segura. Nunca bajé a Murcia a verla, razón que encontró entre otras muchas para dejarme. Ella siempre tuvo razón, yo tenía que haber bajado a Murcia. En Zamora no sabemos lo que es el calor, sólo tenemos imágenes especulares de aire seco con temperatura superior y sin ese porcentaje de humedad. Hay un aire acondicionado imprescindible en cada casa, para jugar al ajedrez en la penumbra del salón. En Murcia hay quinquis. ¿Debería escribir kinkis en lugar de quinquis? Ellos nunca van a leerme, ni siquiera tienen conciencia de ellos mismos como tribu urbana que se pasea quemando gasolina en Seat León negros con alerones traseros amarillos y caracteres kanji que probablemente les vendieron unos chinos diciendo que significaba "Niko" pero que representan la unidad fraseológica "este coche lo conduce un subnormal con alta probabilidad de golpearte en la siguiente rotonda"; sabes, colega, los chinos lo vieron todo mucho antes.

Sin embargo en Murcia también hay huertas que al atardecer salen de novelas de Blasco Ibáñez, hay un extraño viento que satura el ambiente y la luz, la luz, ojalá pudiera haberme traído esa luz del valle que una vez no fue un criadero de especulación inmobiliaria, igual que una vez el Segura no fue una charca marrón con ratas y pollas de agua con la cabeza roja. Todo mundo se sabe la historia de la ardilla que cruzó la península saltando de árbol en árbol hasta que Renfe decidió que pondría líneas de larga distancia cuyo único defecto serían los urinarios tamaño zulo etarra. Auto-Res tiene wi-fi en sus autobuses, el tiempo nos está llevando hacia alguna clase de futuro pre-apocalíptico, por eso en Murcia hay centros comerciales de un tamaño proporcional al ego de la clase política, por eso hay 5 autovías diferentes, por eso no hay restos históricos en el casco antiguo, y también hay luces de colores que iluminan la catedral. Pero el cielo, ojalá hubiera podido traerme esa luz y no estas rajas en los pies de las calas de piedra en el Mediterráneo.

Hay un amigo en cada puerto, aunque sólo sean tres puertos y ninguno sea Ítaca ni esta Odisea acabe a flechazos, esta odisea es la de recuperar 21 veranos que nunca fueron a través de la Deep Spain en poco más de una semana y media, y al final volver, siempre está la tristeza del volver, siempre están todos los síndromes que caben en el DSM-IV. Detrás de cada viaje hay una historia, puede ser que esta vez estén todas atadas. Hubo una vez una ardilla que cruzó España de Norte a Sur saltando de árbol en árbol. Ahora hay minúsculos inodoros de la Renfe, pero siempre ha habido un camino, y un final, que siendo hoy, y siendo verano, diremos que es feliz.

sábado, 17 de julio de 2010

Cerrado por vacaciones

Me voy a Videmala, a descansar de un año genial pero bastante exigente. Perdón por las últimas épocas poco productivas y pésimas en general. Me llevo el portátil con la intención de escribir más y mejor, y que el curso que viene pueda ofrecer algo bueno. Sed buenos, felices, y esas cosas.

Un abrazo, y muchas, muchísimas gracias por seguir leyendo por aquí.

sábado, 10 de julio de 2010

4 de 6




Hemos descubierto que nos pone más remontar que ganar. No importa pasar 5º a una vuelta del final. Un año más, ahora que esto se acaba, muchas gracias por participar. Este ha sido el show. Prometimos que volveríamos. Mañana nos llevaremos el Mundial. El miércoles, la libertad.