viernes, 30 de abril de 2010

gris

No existen los minutos en esta huelga general que estoy haciendo de ti. Existen barreras de coral y mares turquesa para tardes de abril y silencio como esta. Paseo con una maleta por el centro de la ciudad , sin conocer a nadie para ahorrarme los saludos, como cuando llegué.

Callado, me voy, sin minutos y sin mirar a ninguna parte en concreto, pensando concretamente en nada, ni jodido ni contento más allá de una casa vacía después de tres tramos de escalera que voy subiendo en fracciones simples.

Tus fotos en el netbook rojo, la ducha sin limpiar, todo es quietud y querría prolongar este momento de paz en la tierra y dios en las alturas, pero sé que es algo finito y que tener la boca sellada con silicona acabará por ahogarme. Pero sin moverme, alargando este momento de paz que llevo en el arrítmico estómago, quizá es cansancio o son pasos que bajan las escaleras para subir después, ya no lo sé, pues no hay minutos en esta huelga.

martes, 27 de abril de 2010

El caballo lo mató

Voy a empezar con un tópico basura. El dinero está manchado de sangre. Pero eso es porque el Karma, si es que está ahí, es una puta basura. Esta noche en Salamanca ha muerto un taxista. Cuatro tiros. 60 años. Cuatro hijos, uno por cada tiro, y una mujer. Una vida. Alguien buscaba a otro alguien que viajaba en ese Citroën Xsara Picasso blanco. Alguien ha terminado con una vida.

Cuando atardecía el domingo, un yonko que respondía al supuesto nombre de Antonio, Antoñito para los amigos si alguna vez los tuvo, ese cabrón nos limpió las carteras a mí y a otros dos amigos igual de ingenuos que yo. Con intimidación. Sin violencia física. Nos sacó unos 75 euros. Según la policía seguramente cogió un taxi hacia la barriada de Buenos Aires, y se los ventiló por el agujero que sobresalía entre el tatuaje azul pálido de su antebrazo.

Hoy la policía busca a alguien que ha matado a un taxista, porque ese hombre llevaba a alguien, que ahora ha desaparecido, en su coche hacia la barriada donde supuestamente se dirigió en otro taxi nuestro amigo de la noche del domingo. Los círculos son estrechos en ciudades pequeñas como esta. Los 50 euros que mis padres me dieron para dos semanas ahora corren por alguna vena, que se habrá transformado en serpiente, que habrá conseguido que de una u otra forma, maten a un taxista que probablemente no se imagina mucho lo que es el caballo, aunque nadie tengamos la culpa. O todos estemos metidos hasta las cejas.

domingo, 25 de abril de 2010

Volver a los lugares que ya hemos pisado. Rostros lejanos y conocidos, contraídos por la edad. Carreteras que trashuman de norte a sur. Dos en el coche y tabaco.Y antes de eso, una semana ardiendo, ahorcado por corbatas de colores y con estrecheces en la aorta. Todos los focos apuntando a los ojos, qué difícil no perderse. La soledad es un hecho siempre relativo. Porque ya lo cantó el Boss, nena, nacimos para correr.

jueves, 22 de abril de 2010

Miniatura plomada de Waterloo

En Waterloo había llovido, colega. No te imaginas qué noche aquella: nos embarramos las botas, olíamos a mierda como ahora, olíamos a verdadera suciedad, de la que llevamos pegada debajo de las botas como barro que hubiéramos pisado; pero esta noche no, esta no es una noche de rocanrol, como dirían los Barricada. Esta noche sólo esperamos, como en Waterloo, a que deje de llover, a que se haga de día y se seque el suelo, se seque el barro y podamos mover la artillería. Sin embargo ha llovido y huelo, huelo mucho y mal [aunque no me he mirado las botas] Estoy seguro de que esto no está seco aún, seguro de que moveremos los cañones y nos quedaremos enclavados. Seguro de que garabateemos el mapa como sea, nos van a desterrar a Santa Elena.

Have you ever seen the rain

Está lloviendo al ritmo de "Así habló Zarathustra", he apagado las luces del salón y la televisión para que veamos estallar la catedral y escuchemos esta sinfonía contra el alféizar. Te abrazo por detrás, te muerdo un poco el cuello que te esfuerzas por mantener sin asomo de imperfecciones y te recuerdo entre dientes tu pueril miedo a las tormentas, por lo que te revuelves y me encaras muy seria, pero aún sin soltarte. Yo me he callado y te miro, lo poco que puedo verte, en la oscuridad del salón, contra el amarillo de la noche y la iluminación monumental de la ciudad, veo tu silueta y vuelvo a tener diez años, a escuchar a papá poniendo "Así habló Zarathustra" en el equipo de sonido del salón mientras me explica a todo volumen, que es como debe oirse, la secuencia de apertura de 2001, Odisea Espacial de Kubrick. Pienso en Kubrick, te suelto y me pongo a dirigir con las manos la lluvia.

A estas alturas me tomas por un completo gilipollas, pero no te puedes imaginar lo que me gustan las tormentas cuando las agarro entre los brazos.

viernes, 16 de abril de 2010

No te salvará tu belleza

Tengo tu cabeza entre mis manos, querida B. Apenas te conozco, te he visto tumbada en tu cama: eres guapa. Me pareciste guapa. Si no estuvieramos aquí sino allá, te querría pagar una copa. Pero tú tienes otras drogas mejores directamente en tu vena. Tienes el seno derecho más grande que el izquierdo, y unos pezones pálidos, muy pálidos, como si te faltase la sangre, pero tu sexo y mi sexo, el sexo en general, me dan completamente igual. ¿Te falta la sangre, B.? Yo tengo tu cabeza, cubierta por un sudario azul, como todo el resto de tu cuerpo sin ropa, entre mis manos. Noto debajo tu nariz, y aunque tus ojos están cerrados con esparadrapo adhesivo y translúcido, no he podido evitar deslizarte los dedos, mis dedos desinfectados durante 5 minutos, bajándote los párpados. Como se hace con los cadáveres, B., te he cerrado los ojos, aunque tú respiras. Respiras a través de tubos que te dejarán la garganta irritada. ¿Sabes lo que eso significa? Que tu voz no volverá a ser la misma jamás si te rozan el nervio recurrente. Mientras yo sujeto tu cabeza y estos dos separadores de metal, mientras ellos queman tus entrañas, que huelen como podría oler cualquier churrasco, ellos queman tus venas, que sangran como cualquier cerdo, ellos abren tu piel, que podría ser cualquier fruta, solo que no: eres tú, B. No te salvará tu belleza, ni siquiera me sirve tenerte desnuda a la altura de mi cintura. No siento nada por ti ni para ti. Quizá cuando vuelva a ver tu cara, desorientada, somnolienta, tras la operación me darás un poco de pena. Pero estoy cansado de permanecer de pie mientras hago fuerza con las manos en un ángulo de 90º, y tu cuello es un precipicio de grasa y sangre y nervios y vasos y músculos, ellos te queman con artefactos eléctricos y yo te aspiro despacio, noto tu nariz y tus ojos cerrados y tranquilos. No sabes lo que tienes ahí dentro, ni sabes nada de esto, no sabes que no he temblado mientras te tenía. Nunca, B., vas a saber lo que significas para mí. No sabrás que eres mi primera vez vestido de azul y con la frente llena de sudor, como en las buenas películas, no lo vas a saber: eso sí me da pena, porque ni siquiera podré sonreirte, llevo mascarilla, y he gastado mis sonrisas con esas enfermeritas de 3º que se afanan de un lado a otro del quirófano, deseosas como yo, esponjas de conocimientos inútiles para que algún día nos pregunten que qué hemos hecho esta mañana y podamos responder que, como siempre, hemos estado salvando vidas. De qué te servirá tu belleza, si no puede salvarte, B. Yo querría darte las gracias por prestarme tu cuerpo para que la doctora González y el doctor Ordás me digan que puedo servir para esto, para que ellos y tú sepais que no me tiembla el pulso. Te besaría esa boca intubada con un laringoscopio, me aprendería de memoria tu electrocardiograma para poderte recitar versos a ritmo sinusal, para que aprendas lo que es una arritmia y cómo palpité yo cuando me dijeron que en la siguiente operación, la tuya, entraba a ayudar. Yo te contaré, B., que hay quien dice que la Medicina es una ciencia y no un arte, porque dicen que hay protocolos estrictos y empíricamente demostrados, correctos y estandarizados. Te lo contaría y les diría a esos gilipollas que hubiesen entrado en tu quirófano a ver cómo tu nervio recurrente entraba a otra altura diferente a la normal, cómo innovaron contigo, arte de las manos o Cirugía. Quiromancia de bisturí eléctrico. Yo querría dejar este folio mezclado con tu historia clínica y sus letras incomprensibles para que lo leais el dr. Gómez Alonso y tú, porque he cerrado, cortado los puntos que ahora decoran tu cuello pálido y delgado. Ahora, sin que lo sepas, mi arte forma parte de ti, y tú formas parte de mi currículum. Qué pena me da saber que tu belleza sin todas estas manos de guantes de látex sería inútil. Formo parte de tu belleza ahora, te irás. Te irás, eso es lo único que sé de esta vida. Y hoy me he descubierto por primera vez canas en el temporal. ¿Sabes, B., por qué se llama temporal?

L'étranger (A. Camus)

Para Mane.

Camus llegó a Oporto tras unas diez horas en un autobús rodeado de portuguesas con bigote que llevaban gallinas en el regazo y que, evidentemente, no sabían quién era Camus ni que hubiera un premio Nobel de Literatura. Ellas sólo conocían a la Virgen de Fátima, que bajó de los cielos a Cova de Iria un 13 de mayo, y los Pulitzer. Camus se bajó de aquel bus con una maleta de cuero en la Praza Galiza. Llovía, pero eso a Camus no le importaba. Nadie le reconoció por la calle, pero eso a Camus no le importaba.

Camus caminó en busca de un hostal. En aquel entonces Portugal no era ese avanzado europeista estado que conocemos en nuestros tiempos, signo inequívoco de progreso: trenes de cercanías, estadios, luces neón de múltiples colores para las autovías. Portugal era un pueblo que se extendía al Atlántico, con colonias de ultramar y negros que vienen de las colonias de ultramar. Camus buscaba un hostal. Lo encontró en la Rua Santa Catarina. No había Erasmus con los que emborracharse hasta las 5 de la mañana. Quizá alguien conociese a Erasmo de Rotterdam. O a Tomás Moro. Quizá ellos decapitasen a Tomás Moro, pensó Camus, los portugueses, reconocidos anglófilos. Tomás Moro, reconocido anglófobo. Fue su primer pensamiento al llegar a Portugal. Hasta entonces no había pensado, a él no era algo que le importase.

Camus subió al hostal tranquilo, sabiendo que no tendría que aguantar Erasmus horteras que se emborracharan, con sus carnes jugosas tostadas al sol de Febrero portugués, con sus cangrejísticos andares hacia atrás, huyendo del Piolho D'Ouro. Fue allí, cuna de la civilización ebriouniversitaria lusa donde Camus se sentó a componer. Bebía Safari cola, bebida importada de las colonias de ultramar, donde había negros. La traían los propios negros en barcos donde se hacinaban contra la madera, a modo de las galeras de Ben Hur, sólo que eran negros y no Charlton Heston. El propio Charlton Heston reconocería años después en una entrevista concedida tras posar para Annie Leibovitz con un rifle en la diestra y la polla en la siniestra que se había inspirado en los negros que traían Safari, el mítico licor afrutado, desde Angola, para mezclarlo con Coca Cola.

Heston lo decía mofándose, así, a su manera de héroe de western. Para Camus no existía la mofa, porque la mofa era pretensión. Y a Camus la pretensión le daba absolutamente lo mismo. No le importaba. Porque para Camus beber Safari cola era mezclar en un vaso, que hacia aquella época de posguerra temprana salazarista eran de cristal, y no de plástico como lo son ahora, para él aquello era unir en un sólo cilindro el primer y el tercer mundo. Pero a Albert se la traía completamente floja. Camus ni siquiera sonreía al solícito camarero tan parecido a aquel acordeonista ruso de la calle Santa Clara, de Zamora, que tenía un gemelo en las calles de Soria. Camus escribía. Por eso le reconoció una tarde Antonio Joao Pires, que no ha pasado a la historia.

Pires creyó haber visito a Camus. Lo siguió, lo siguió una tarde completa, para comprobar si era el reconocido escritor. Pires había viajado una vez a Rihonor de Castilla, en la frontera de Espanha. Eso había hecho que leyera. Los viajes por el interior del país despertaron en Pires un espíritu crítico. Empezó a leer la hoja de misa. Luego siguió con los diarios gratuitos de los viernes. Una vez en un charco encontró un panfleto político, y lo leyó. Le robó a un inglés la revista Time, y la leyó. En Rihonor de Castilla, donde llegó buscando harina de trigo procedente del estraperlo, asaltó la casa del maestro, y le robó a Camus. Leyó a Camus. Quiso conocer a Camus.

Pires siguió a Camus una tarde completa. Dudaba sobre si sería o no sería él. Al fin y al cabo aquel libro no tenía ninguna fotografía en la contraportada. Pero supo que era Camus por dos detalles puntuales. El supuesto Albert entró en un restaurante, donde le robaron la cartera tras pedir un frugal menú del día. No le importó. No llamó la atención. No llamó a la embajada. Fregó los platos de todo el restaurante. ¿Qué otra cosa iba a hacer? El jefe lo dejó escapar a las 5. Luego Camus paseó pensando en la nada por encima del puente Luiz I. Un hombre se arrojó al Duero desde la plataforma superior, en un evidente intento suicida. Camus le sonrió y siguió paseando. Tenía en mente una nueva publicación en esperanto para volver más gilipollas a su editor.

Pires, convencido, alcanzó a Camus, y le puso una mano en el hombro. Cualquier clase de comunicación fue imposible, por el respectivo desconocimiento idiomático de ambos hombres. Se miraron y no les importó, sin embargo. No les importó mirarse. Pires pensaba en la nada y en haber encontrado a Camus, quizá hubiera cerca una playa para matar a un hombre. Incluso habría una mujer, y una madre en la morgue de una residencia de ancianos. Le habría pagado un café a Camus, que estaba sin cartera. Pero se miraron sin importarse. Pires se fue sin nadie a quien contarle que había conocido a Camus. Camus se fue sin extrañarse del suceso, que al fin y al cabo era sólo otra mota de polvo en su nihilista existencia. Se tomó cuatro Safari Cola y estuvo hasta las 7 fregando vasos en el Piolho D'Ouro, quedándose finalmente dormido.

Cuando amaneció había una marea humana de mujeres sin depilar y hombres con bigote y bombín que merodeaban a su alrededor, leyendo la palabra "Estrangeiro" escrita en rojo sobre la frente de Camus. Ese fue el decimotercer y penúltimo milagro de la Virgen de Fátima, que siempre estuvo del lado de la nueva generación literaria del prolífico siglo XX. El decimosegundo había sido aparecerse a los creadores del Pulitzer poco antes de la batalla de Iwo Jima con un pergamino cerrado con lacre. A Camus se la soplaba tantísimo todo que le escupió a un mosaico azul de la Virgen de Fátima que había en la estación de San Benito, lo que le valió una condena a muerte por parte de la anquilosada y neocristiana justicia portuguesa.

Albert Camus, varios años después, vivió en Francia. Escribió El Extranjero. Ganó el Nobel. Nunca más mencionó a la Virgen de Fátima.