Ella son setecientos treinta días después.
Supongo que queda bonito decir que ella personifica la metáfora de lo que es la ilusión para mí. Desapareció, y sin embargo resulta que nunca llego a irse. Que sin decirlo preguntamos cada mes el uno por el otro. Y cuando nos vemos, hablamos de música, ¿cómo no?.
Ella está más delgada de lo que la recordaba, dice que yo estoy más grande y fuerte, y aún así creo que ninguno de los dos hemos cambiado lo suficiente como para estar diferentes. Qué vida ésta, que te junta y te separa como quiere. Yo siempre fui el cobarde, el que sin pretenderlo huía de la ciudad cuando ella llegaba, el que nunca iba. Anoche me tocaba asumir mi papel, dejar de ser la estatua de sal para dar un salto mortal; anoche según las crónicas me tocaba ser valiente. De acuerdo, quizá no era un salto mortal, sólo se trataba de un paso, pero siempre fui pésimo con las perspectivas.
Ella está más delgada de lo que la recordaba, pensé otra vez cuando la abracé. Y me seguía impresionando su sonrisa en rojo, muy rojo. Ella es el estereotipo, y al mismo tiempo está muy por encima de eso, de cualquier topicazo, porque si hubiera muchas más así, esta mierda de sitio sería bastante mejor. No voy a entrar en palabras vanas que cuenten sus principios, sus ideales, su honestidad; no os engañeis: tiene todo eso, y le sobra; de hecho podría pasarme horas hablando de que a veces la admiro. Pero a mí me importa por ser quien es, no por ser como es.
Ella son setecientos días después. Ella es lo que la ilusión debería ser en la vida de cualquiera.
Yo, iluso, y un poco más grande y fuerte que la última vez, no había pensado nunca que dos personas significasen tanto por separado, y que sin embargo por eso mismo no pudiesen llegar a ser uno.
Aunque en realidad quiero decir también que siempre pensé que un “sí” no iba a ser nada fácil, pero tampoco se me había ocurrido que un “no”, con esa sonrisa en rojo, con ese marco en negro, fuese a ser tan difícil. Anoche, no dejeis que os engañen, no fui valiente; de haberlo sido la habría besado, y no habría tenido que volver a esperar otros setecientos treinta días.
Yo no sé lo que es esta vida, no tengo ni puta idea de lo que se esconde detrás de cada nuevo recodo, no entiendo nada de si hay o no hay un destino ahí, de si hay una entidad inmanente y trascendental que juega con nosotros, o si simplemente somos nosotros los que caminamos a nuestro ritmo.
Sólo sé que me aburre que cada historia de todas las que escribo acaba con la escena en la que de espaldas me voy caminando contra fondo negro y naranja al amanecer, y todo queda fundido a negro. Y luego salen los créditos, porque la palabra “fin” no me gusta para una película tan heavy como esta.
sábado, 31 de octubre de 2009
lunes, 26 de octubre de 2009
Cigarrito
voy a parar en el camino/y en lo que dura un cigarrito/voy a pensar en estos años/todo lo que ha pasado
cantar sabiendo lo que dices/es tarde para arrepentirse/pensar a veces que no hay nada/que son sólo cicatrices

y lo que otros piensen/quizá no me interese/hoy quiero ver tus ojos para tocar más fuerte
domingo, 25 de octubre de 2009
Teoría del desamor para una Grimaldi
Para M.S.J.Grimaldi, que me debe un beso en los morros
Como toda teoría, no se convertirá en ley hasta que no haya sido refutada, y puede que se acerque a la realidad tanto como se acerca La Razón al periodismo objetivo, o puede que sea otro ejemplo más de un subjetivismo exagerado por el hecho de la soledad, la desidia y el aburrimiento de otro otoño más en gris.
Bien, empezaremos la teoría exponiendo que los principios básicos de un perfecto desamor han de ser al menos dos sujetos del sexo opuesto. Aquí es donde irrumpió con fuerza la corriente actual-positivista, completando con que pueden ser un mínimo de dos personas, y del mismo u opuesto sexo. Esto se ha corroborado con la oscura llegada del siglo XXI, entre calentamiento global, y enfriamiento de barras.
Teniendo los sujetos anteriormente descritos, suponemos entre ellos una relación interpersonal de carácter íntimo. He aquí que la amplitud de esta relación puede ser muy discutible, porque puede ser fría como el polo (de limón) o caliente como una cama redonda, puede ser cercana como un sms cada tres horas o lejana como Tombuctú en llamadas a cobro revertido. Pero para que la teoría siga adelante, al menos esta relación debe existir.
Aquí viene la condición sine quae none para el desamor. El amor. Y el amor merece una tesis doctoral aparte que por el bien del lector paciente y entregado publicaremos en cómodos plazos de aquí a febrero de 2027. El amor. Sin embargo, este amor puede ser recíproco o no serlo.
Los más puristas se tiran de los pelos en este punto. Pues unos consideran que es necesario que ambas partes compartan el sentimiento, y sin embargo recientes estudios en en New England Journal of Medicine hacen pensar en que la balanza está desequilibrada en un altísimo porcentaje de los casos, y eso no impide el desamor.
Desamor es ese sentimiento de asco, barriga revuelta, resaca constante (los expertos no se ponen de acuerdo en el por qué) cielo gris y demás sentimientos que popularmente se conocen como: "mariconadas". Mariconadas, que vienen acompañadas por frases de condolencia de familiares de primer grado, amigos, e incluso buitres. "Paciencia, tío, paciencia". "Te mereces algo mejor". "Si cuando menos buscas es cuando va a aparecer". Canciones de millones de artistas que parecen identificarse a la perfección con todos y cada uno de los sentimientos. Películas de final agridulce. Libros que en otras ocasiones seguirían criando malvas en los estantes de la biblioteca.
La verdad es que esta teoría sobre el desamor no sabe demasiado bien a dónde lleva. La cuestión en la que todos los estudiosos del tema confluyen es que es un mal necesario, como pasar la gripe, o el sarampión, y que sin embargo no deja huella inmunológica para siguientes infecciones o recidivas, sea cual sea la fuerza de voluntad del/de los sujeto/s.
Al final, lo único que queda por hacer es encomendarte a la entidad teológica o trascendental que guíe tus pasos, para que pase lo que pase, o llegue cuando llegue, el fin del mundo te pille bailando.
Como toda teoría, no se convertirá en ley hasta que no haya sido refutada, y puede que se acerque a la realidad tanto como se acerca La Razón al periodismo objetivo, o puede que sea otro ejemplo más de un subjetivismo exagerado por el hecho de la soledad, la desidia y el aburrimiento de otro otoño más en gris.
Bien, empezaremos la teoría exponiendo que los principios básicos de un perfecto desamor han de ser al menos dos sujetos del sexo opuesto. Aquí es donde irrumpió con fuerza la corriente actual-positivista, completando con que pueden ser un mínimo de dos personas, y del mismo u opuesto sexo. Esto se ha corroborado con la oscura llegada del siglo XXI, entre calentamiento global, y enfriamiento de barras.
Teniendo los sujetos anteriormente descritos, suponemos entre ellos una relación interpersonal de carácter íntimo. He aquí que la amplitud de esta relación puede ser muy discutible, porque puede ser fría como el polo (de limón) o caliente como una cama redonda, puede ser cercana como un sms cada tres horas o lejana como Tombuctú en llamadas a cobro revertido. Pero para que la teoría siga adelante, al menos esta relación debe existir.
Aquí viene la condición sine quae none para el desamor. El amor. Y el amor merece una tesis doctoral aparte que por el bien del lector paciente y entregado publicaremos en cómodos plazos de aquí a febrero de 2027. El amor. Sin embargo, este amor puede ser recíproco o no serlo.
Los más puristas se tiran de los pelos en este punto. Pues unos consideran que es necesario que ambas partes compartan el sentimiento, y sin embargo recientes estudios en en New England Journal of Medicine hacen pensar en que la balanza está desequilibrada en un altísimo porcentaje de los casos, y eso no impide el desamor.
Desamor es ese sentimiento de asco, barriga revuelta, resaca constante (los expertos no se ponen de acuerdo en el por qué) cielo gris y demás sentimientos que popularmente se conocen como: "mariconadas". Mariconadas, que vienen acompañadas por frases de condolencia de familiares de primer grado, amigos, e incluso buitres. "Paciencia, tío, paciencia". "Te mereces algo mejor". "Si cuando menos buscas es cuando va a aparecer". Canciones de millones de artistas que parecen identificarse a la perfección con todos y cada uno de los sentimientos. Películas de final agridulce. Libros que en otras ocasiones seguirían criando malvas en los estantes de la biblioteca.
La verdad es que esta teoría sobre el desamor no sabe demasiado bien a dónde lleva. La cuestión en la que todos los estudiosos del tema confluyen es que es un mal necesario, como pasar la gripe, o el sarampión, y que sin embargo no deja huella inmunológica para siguientes infecciones o recidivas, sea cual sea la fuerza de voluntad del/de los sujeto/s.
Al final, lo único que queda por hacer es encomendarte a la entidad teológica o trascendental que guíe tus pasos, para que pase lo que pase, o llegue cuando llegue, el fin del mundo te pille bailando.
sábado, 24 de octubre de 2009
La difícil compañía del quizás
[Leido en "Micrófono Abierto" el lunes 19/10/2009, con risas generalizadas, ovación cerrada, y petición de dos orejas y el rabo del artista, que huyó a tiempo para evitar su circuncisión]
"La difícil compañía del quizás" sería un título mucho más ecléctico, difuso y socialmente aceptable que si empezara con un "Todas putas", que es lo que me enseñó el grande de mi abuelo, que abrazó su lápida con 89 años y una faria después de comer. Ya no quedan hombres con ese carisma, nadie compra el ABC ni escucha Radio Vaticano para oír el rosario de Juan XXIII a las diecisiete quince.
Y mi tío dice que soy un rebelde porque de vez en cuando le rebato mientras él sienta cátedra en la sobremesa dominguera. Pues eso. Dominguero él, dominguero yo, que de rebelde no tengo ni la corbata ni el capital, porque el marxismo para mí es un camarote y un par de huevos duros. Y no, no son los de mi abuelo.
Y es que mi abuelo era un putero. Pero con clase. No era un putero como esos turistas alemanes que en plenas Ramblas llegan al orgasmo y a la gonorrea al mismo tiempo. Ni siquiera putero de ir con la C15 a la capital comarcal sin limpiarse el barro de las botas, de las manos y del prepucio. Mi abuelo era un clasista, porque si algo aprendí del marxismo aparte de que disculpe señor que no me levante, fue que la lucha de clases es el motor del avance social, de modo, que quizás el semen de mi abuelo fue durante unos 40 años gasolina 98 octanos para el desarrollo social de ciertos barrios céntricos de la capital zamorana. Y mi abuela encantada, porque aparte de clasista, siempre fue limpio y puntual, y no dejaba nada en el plato.
Lamento a menudo, en la tierna e íntima soledad de mi habitación estudiantil y la siniestra compañía de mi diestra, no haber aprendido mucho más del prohombre que mi abuelo fue. Que injusto, coño, ¿por qué yo tengo que ser rebelde por suspender tres y levantarme contra la aristocrática figura de mi tío el apicultor, a la par que médico, y mi abuelo, enamorado del Ponche Soto, la tertulia del café, las putas y los toros, es respetable?. Bueno, lo fue. Y en veintidos comidas navideñas que compartimos no se llegó a oir un sólo comentario jocoso correlativo al gusto taurino y el putero.
El estofado de ternera de mi abuela, eso sí, siempre fue de 10, aunque algunas noches todavía me entra la tos pensando en los polvorones y el vino quina Santa Catalina. Ay, el vino quina Santa Catalina. Me gusta imaginarme la cara de mis familiares de primer grado los lunes, martes, miércoles y jueves con barra libre a cuatro euros. Bueno, en realidad me gusta imaginarme ahorrándome treinta de esos euros y siguiendo los pasos de mi abuelo, si es que los pasos de mi abuelo estuvieron alguna vez lejos de la sífilis y la enfermedad pulmonar obstructiva crónica. EPOC, para mis compañeros de Medicina. Vaya tela, la que se dejó en burdeles y Tabacalera Española, que mi abuelo, eso sí, siempre fue muy patrio, y luchó por los nacionales, y contó sus exageradas historias de rigor sin rigor.
Me falta fumar, follar e ir a la guerra para ser mi propio abuelo, un hombre respetable donde los haya, un santo, dice mi abuela mientras que pone otro plato de estofado de ternera, porque, hijo, no me comes nada, y te me vas a quedar en los huesos.
Cosas de la sífilis, abuela.
"La difícil compañía del quizás" sería un título mucho más ecléctico, difuso y socialmente aceptable que si empezara con un "Todas putas", que es lo que me enseñó el grande de mi abuelo, que abrazó su lápida con 89 años y una faria después de comer. Ya no quedan hombres con ese carisma, nadie compra el ABC ni escucha Radio Vaticano para oír el rosario de Juan XXIII a las diecisiete quince.
Y mi tío dice que soy un rebelde porque de vez en cuando le rebato mientras él sienta cátedra en la sobremesa dominguera. Pues eso. Dominguero él, dominguero yo, que de rebelde no tengo ni la corbata ni el capital, porque el marxismo para mí es un camarote y un par de huevos duros. Y no, no son los de mi abuelo.
Y es que mi abuelo era un putero. Pero con clase. No era un putero como esos turistas alemanes que en plenas Ramblas llegan al orgasmo y a la gonorrea al mismo tiempo. Ni siquiera putero de ir con la C15 a la capital comarcal sin limpiarse el barro de las botas, de las manos y del prepucio. Mi abuelo era un clasista, porque si algo aprendí del marxismo aparte de que disculpe señor que no me levante, fue que la lucha de clases es el motor del avance social, de modo, que quizás el semen de mi abuelo fue durante unos 40 años gasolina 98 octanos para el desarrollo social de ciertos barrios céntricos de la capital zamorana. Y mi abuela encantada, porque aparte de clasista, siempre fue limpio y puntual, y no dejaba nada en el plato.
Lamento a menudo, en la tierna e íntima soledad de mi habitación estudiantil y la siniestra compañía de mi diestra, no haber aprendido mucho más del prohombre que mi abuelo fue. Que injusto, coño, ¿por qué yo tengo que ser rebelde por suspender tres y levantarme contra la aristocrática figura de mi tío el apicultor, a la par que médico, y mi abuelo, enamorado del Ponche Soto, la tertulia del café, las putas y los toros, es respetable?. Bueno, lo fue. Y en veintidos comidas navideñas que compartimos no se llegó a oir un sólo comentario jocoso correlativo al gusto taurino y el putero.
El estofado de ternera de mi abuela, eso sí, siempre fue de 10, aunque algunas noches todavía me entra la tos pensando en los polvorones y el vino quina Santa Catalina. Ay, el vino quina Santa Catalina. Me gusta imaginarme la cara de mis familiares de primer grado los lunes, martes, miércoles y jueves con barra libre a cuatro euros. Bueno, en realidad me gusta imaginarme ahorrándome treinta de esos euros y siguiendo los pasos de mi abuelo, si es que los pasos de mi abuelo estuvieron alguna vez lejos de la sífilis y la enfermedad pulmonar obstructiva crónica. EPOC, para mis compañeros de Medicina. Vaya tela, la que se dejó en burdeles y Tabacalera Española, que mi abuelo, eso sí, siempre fue muy patrio, y luchó por los nacionales, y contó sus exageradas historias de rigor sin rigor.
Me falta fumar, follar e ir a la guerra para ser mi propio abuelo, un hombre respetable donde los haya, un santo, dice mi abuela mientras que pone otro plato de estofado de ternera, porque, hijo, no me comes nada, y te me vas a quedar en los huesos.
Cosas de la sífilis, abuela.
viernes, 23 de octubre de 2009
la niña sabe leer, lee mis entradas como quien compra el periódico, y a veces después me pregunta, la niña sabe hacer su vida, y sabe de aritmética, sabe que dos es dos, y es más que uno solo, la niña sabe lo que hace aunque no juegue demasiado bien al póker, porque a veces es muy niña y a veces muy mujer, la niña mide todo y a veces se le escapa de las manos, la niña hace su vida y se preocupa por la de otros.
yo sé escribir cosas que suenan bien o mal, cosas que alegran o hacen daño, yo sé controlar las consecuencias, sobre todo las que me afectan en primer o segundo grado, yo vivo mi vida y hay quien dice que no me preocupo por la de los demás, y en realidad a veces vivo vidas ajenas, qué divertido es esto cuando se trata de adivinar la forma en la que yo voy a perder.
una de mis metáforas preferidas es aquella gilipollez de que la ciudad se llenó de ti y de mí, pero no de nosotros, y puede que ahora sepas, como ya han ido sabiendo otras antes, que soy una especie de Steven Seagal al que se las van dando de una en una pero aguanta hasta el final de la peli, pega un tiro, y se da la vuelta, y luego todo el camino es hacia adelante.
Me pone Isinbayeva
Me pone Isinbayeva, ¿la has visto? Con su vestido gris perla, con ese recogido de princesa que tiene, con ese torso de pectorales de gimnasio que se entrelazan como una cremallera a la altura del esternón y un trapecio que desfigura sus femeninos hombros convirtiendola en una figura andrógina, alta, cuadrada, con relleno en el escote para realzar unos pechos que las hormonas de tantos años han hecho pequeños y ovalados. Me pone Isinbayeva, cómo sonríe, cómo le lanza los besos al público del teatro Campoamor, me ponen esos dos ojos de hielo, cómo desliza las uves, cómo arrastra y desgasta las cés con sus labios, no puedo resistirlo cuando le dice que sí al presentador de deportes del telediario de la uno, cuando se da la vuelta y enseña todos los músculos de su espalda en ese vestido para top-model, que ella lleva a trompicones por la alfombra roja de la realeza, que baja a la tierra, dios, cómo me pone Isinbayeva.
martes, 20 de octubre de 2009
La lluvia o el principio de indeterminación de Heisenberg
Una vez, nena, te conté que el principio de indeterminación de Heisenberg era el culpable de que tú y yo nos hubiéramos encontrado, pero te engañe, cómo no hacerlo con esos ojos que te proclamaban perdiz y a mí cartucho, yo te mentí, y no lo niego, porque en realidad el principio de indeterminación del tal Heisenberg lo que dice es que si corro más para llegar a la hora contigo en esta tarde con la que está cayendo me voy a calar más de la cuenta.
No, no me pongas esos ojos. Asúmelo. Yo lo asumí. Es fácil, si lo piensas. Piénsalo, atrévete. La lluvia cae en vertical, más o menos. Supongamos un día de viento cero. Porque mi padre decía que llueve cuando el viento se para, siempre me acuerdo, me acuerdo sobre todo cuando el viento sopla tan fuerte que me vuelve del revés el paraguas con sus varillas y su tela y toda esa clase de artificios que tan adorable hacían a Mary Poppins. Bueno, que la lluvia cae en vertical. Y tú caminas, caminas como Homo Sapiens que eres, caminas erguida, erguida tú, erguido yo, eso nos diferencia entre nosotros, y lo otro nos diferencia del Australopithecus. Si la lluvia cae en vertical y nosotros caminamos perpendiculares al suelo, o sea, verticales, apenas nos cruzaremos, ¿no?
Bien, pues ahora planteate que me pongo a correr en medio de la lluvia. Mi trayectoria se vuelve paralela al suelo y perpendicular a los varios millones de proyectiles que caen, que me van a alcanzar sin remisión y sin capucha. Ahí entra el principio del bueno de Heisenberg. Que nunca sabes dónde va a caer la gota, así que las probabilidades de que te caiga encima son mucho menores si caminas tranquilamente que si te pones a correr como toda esa panda de estúpidos.
Vale, de acuerdo. Que lo siento. He llegado un cuarto de hora tarde, como de costumbre. Pero no tengo capucha, comprendeme, y ya te he mentido mucho, y ya me he calado, y ya está la ciudad llena de gilipollas que se han puesto a correr en cuanto han visto cuatro gotas.
No, no me pongas esos ojos. Asúmelo. Yo lo asumí. Es fácil, si lo piensas. Piénsalo, atrévete. La lluvia cae en vertical, más o menos. Supongamos un día de viento cero. Porque mi padre decía que llueve cuando el viento se para, siempre me acuerdo, me acuerdo sobre todo cuando el viento sopla tan fuerte que me vuelve del revés el paraguas con sus varillas y su tela y toda esa clase de artificios que tan adorable hacían a Mary Poppins. Bueno, que la lluvia cae en vertical. Y tú caminas, caminas como Homo Sapiens que eres, caminas erguida, erguida tú, erguido yo, eso nos diferencia entre nosotros, y lo otro nos diferencia del Australopithecus. Si la lluvia cae en vertical y nosotros caminamos perpendiculares al suelo, o sea, verticales, apenas nos cruzaremos, ¿no?
Bien, pues ahora planteate que me pongo a correr en medio de la lluvia. Mi trayectoria se vuelve paralela al suelo y perpendicular a los varios millones de proyectiles que caen, que me van a alcanzar sin remisión y sin capucha. Ahí entra el principio del bueno de Heisenberg. Que nunca sabes dónde va a caer la gota, así que las probabilidades de que te caiga encima son mucho menores si caminas tranquilamente que si te pones a correr como toda esa panda de estúpidos.
Vale, de acuerdo. Que lo siento. He llegado un cuarto de hora tarde, como de costumbre. Pero no tengo capucha, comprendeme, y ya te he mentido mucho, y ya me he calado, y ya está la ciudad llena de gilipollas que se han puesto a correr en cuanto han visto cuatro gotas.
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