lunes, 17 de diciembre de 2012

El fin del mundo

Entonces
(en ese entonces, que ya no habrá más entonces)
acontecerá el fin del mundo
y diremos:
"Tuvimos un entonces, tuvimos un principio
y ahora no tenemos más que el final
que es esta lluvia negra,
porque fueron negros nuestros zapatos;
que es este cielo gris,
porque gris es el hormigón que habitamos;
que es este fuego rojo,
como todos los postres que compartimos;
que es este río azul,
como azules las mañanas escapadas."

Entonces
(en ese entonces,que será el último entonces)
cuando acontezca el fin del mundo,
nosotros, unidos, diremos:
"Qué vendrá después, qué tendremos;
tendremos ya la eternidad para recordar
que una vez nos creímos eternos
abrazados bajo ese árbol,
inquietos en una fotografía detenida
mientras a lo lejos se ponía el Sol"

Entonces
(en ese entonces, que acabará en los labios)
nos reiremos del fin del mundo,
cantaremos:
"Nuestro reino no es de este mundo,
nuestros entonces son partituras,
somos únicos siendo iguales,
porque en cada rincón de este globo
que ahora se resquebraja
(azules las mañanas, detenidas las fotografías)
alguien como nosotros cierra los ojos, y en el siguiente entonces
los abre de nuevo
y el mundo vuelve a empezar."

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Fukushima, mon amour

La noche que yo quiero contigo no conoce de estrellas más que la tremenda explosión de helio y sirope, la antimateria alrededor del agujero negro. Llevas la bomba atómica en las entrañas, no de hormigón ni de agua hirviente, sino del breve hilo con el que nos tejes porque yo no sé coser y ya me habría perdido a pesar del brillo de mi pijama, ya me habría perdido, minotáurico, sin el cable de hierro que me echas a la mano y en ocasiones al cuello. La noche que yo quiero contigo revienta en mil colores sin violencia, revienta en silencio y a puro grito, para que nadie salga volando de este bosque, para que el nórdico que nos cubre (testigo de un círculo y de un tiempo polares) cubra también el presente pero no el pasado ni el futuro. El pasado fue central nuclear, cuadriculado e inaccesible protegiendo el núcleo donde, inestables habitan las partículas elementales en las que nada sucede sin control, mientras las olas rompen contra la pared los días de tormenta y sopla la brisa calmada cuando hace sol. El futuro será electrón, de carga negativa e infinitesimal. El presente es un bosón, impredecible, que dota de masa a todos los cuerpos con los que contacta. Así, son posibles nuestros abrazos y no son sólo de aire, así es posible que me esquives los besos y las manos y no sólo gires en órbitas elípticas en el vacío.

 La noche que yo quiero contigo no se parece en nada a todas las anteriores y a la vez es angustiosamente similar, porque es fría y carente de verano intrínseco, es de un invierno sublime de esos que invitan a una reacción en cadena, de esos que no aceptan la fusión fría y necesitan que se libere toda la energía, que la entropía nos deje derribados por los rincones de la habitación, que se hagan visibles los corpúsculos y choquen, indómitos de la ciencia, siempre súbditos del quizás pero no de la certeza, certeza que nos repele como si compartiésemos carga y nos lanza hacia el infinito, hacia otros núcleos diferentes, isótopos, representando el elemento que podríamos ser, similares, pero almacenados en extremos lejanos de la tabla, y siempre esperando algo imposible: que un protón salte de hacia un orbital superior y, deshaciendo la calma preestablecida, barramos a millones de grados los edificios del centro de la ciudad y esta colina desprotegida, se despierte el huracán nuclear y aunque al apagar la hoguera sólo quede ruinas, en las retinas de quien mirase se grabe a fuego el brillo inalcanzable que conseguiremos.

viernes, 26 de octubre de 2012

Born to run

Empezar, y seguir. Forrest lo vio todo mucho antes. Y corrió, y corrió. Forrest había nacido para correr, yo no. Ya nací para otras muchas cosas a las que nunca me dedicaré, pero ahora corro. Y corro, y corro. Sin una gorra roja, sin salir de Alabama. Corro por Zamora, corro por Salamanca. He corrido en La Habana por el Malecón bajo una tormenta tropical. He corrido por la playa en Varadero con el atardecer más espectacular que recuerdo.

 Empezar, y seguir. No me siento especial. Otros corren más que yo, algunos corren mucho menos. No dedico mi vida a mis piernas, y ellas tampoco me devuelven nada. Sólo sé que algunas veces cuando corro, y está lloviendo, o corro y hace 35ºC, o corro y escupo, o corro y llego de la mano a la meta, después, sólo después, siento que he hecho algo digno, algo que simplemente se ha construído con mi esfuerzo, con mi sudor.

Empezar, y seguir. Hoy he corrido mi día 100 desde Marzo de 2011. Un año y medio desde que comencé. Entre tanto, muchos días solo, muchos acompañado, algún esguince, alguna tendinitis. Una San Silvestre, un par de carreras populares y dos Medias Maratones.

 No es mucho, pero es, a día de hoy, todo lo que tengo, y me siento muy orgulloso. Y puede que yo no naciera para esto, pero, amigo Bruce, diselo tú.

 

martes, 16 de octubre de 2012

Goodbye, Norma Jean

El día que se terminaron para siempre los croissants de chocolate en todas las pastelerías de la ciudad todo mundo hablaba de un astronauta. Qué opinan los periódicos de las tardes perdidas, te preguntaré detrás de un café que no será si no hay un croissant, porque sin croissant de chocolate no habrá un yo ni un tú ni mucho menos un café. Qué opinan los periódicos de si llueve en todas las casas a las tres de la tarde, de lo triste que es Lisboa.

Por eso bajo corriendo de pastelería en pastelería. Las caras de las pasteleras me parecen todas la misma. Se ocultan detrás de la harina o del maquillaje. Yo siempre quise follarme a una esteticienne. O a una peluquera. Pero esteticienne es más sexy. El propio nombre se te derrite en la punta de la lengua según lo pronuncias como uno de esos buñuelos de crema que estoy viendo en los expositores. Con la pequeña salvedad de que no quiero un buñuelo de crema ni una esteticienne, al menos hoy no. Es lunes. Un astronauta copa las portadas. Y yo no tengo croissants. La cara de la pastelera que se repite de pastelería en pastelería me informa con pesar de que no, no tenemos de esos magníficos croissants de chocolate que anunciamos por un euro con cincuenta céntimos. Quizá los tuvimos a las ocho de la mañana, pero a esa hora tú sólo intentabas no vomitar tu desayuno en la cafetería de un hotel mientras a tu lado bebían basureros y empleados de banca.

Luego lo intento en la gasolinera. En la gasolinera nadie ha oído hablar de un astronauta enrollado con una esteticienne que se lanzó por la ventana en busca de varios récords del mundo mientras su mujer los perseguía a ambos. Es por eso que tampoco saben que ahora los croissants se rellenan de crema de chocolate, que es lo mismo que el chocolate pero derretido, que es lo mismo que quedará del astronauta cuando toque tierra, que es lo mismo que quedará mañana de los periódicos de hoy. Pero en la gasolinera me dicen que busque en un supermercado. En el supermercado me envían a una máquina de autoservicio que hay en un garaje a la vuelta de la esquina. La máquina de autoservicio está vacía: es lunes. Nadie la ha repuesto. Marilyn me mira lujuriosa desde el escaparate del videoclub adyacente. Goodbye, Norma Jean. ¿Qué saben de ti los periódicos? ¿Qué saben de ti las adolescentes cuyas habitaciones adornas con ese rubio platino y esa sonrisa lujuriosa que hoy me dedicas?

El día que se terminaron los cafés, los periódicos, los astronautas y los croissants era lunes. Los lunes son así. Acaban con todo. Acaban contigo, que acabas limpiando el cristal de tu habitación, retirando cuidadosamente todos los mosquitos estampados que lo manchan, con la esperanza de encontrar un croissant y subir a verte. Pero hoy no hay croissants. Hoy será un día más en el París-Dakar. Una tarde de tantas en la Ruta de la Seda. Hoy quizá baste una napolitana para merendar, si es que alguien en esta ciudad sabe dónde queda Nápoles y que allí decidieron meterle crema de chocolate dentro a los dulces. Los lunes, si te despistas, ya no llegas a por los croissants. Los lunes, si me despisto, ya no llego a por ti. Pero mañana será martes.

domingo, 14 de octubre de 2012

El emocionante asunto del suicida aeroespacial

A Felix, aunque no te conozca.

[...] Pongamos por caso este hombre, que, culminadas todas sus metas en la porción terrenal donde podía poner sus pies, de pronto, una mañana, decide que hay una nube que le está llamando. Este hombre que podríamos ser usted o yo, o ninguno de los dos, decide que tiene que subir por encima de aquella nube y que ese emocionante asunto es lo único que en adelante le merecerá la pena. Se embarca en amargas tardes llenas de crucigramas al vapor donde todas las palabras que se le cruzan tienen un significado oculto que le remite a mirar al cielo. Si come sopa, ve reflejado el espacio exterior entre las constelaciones de fideos. Si bebe vino, cuando cierra los ojos, acunado por el burdeos, navega en caída libre sobre la almohada, sin mover más que su estómago.

Este hombre, como decía, que podríamos ser usted o yo, ya no suspira más que por dar el gran salto. Aburre a sus incrédulos familiares y amigos, que ya hartos de escucharle dan su caso por perdido, y continúan con sus apacibles existencias, ante lo que el suicida aeroespacial decide hacer uso de la más absurda introversión y llevar a cabo todos los preparativos en silencio. Así callado piensa, medita, planea, se prepara para la subida y la bajada, pues nada más que el silencio tendrá entre botellas de oxígeno y cables de la luz.

¿Qué se llevará consigo? Nada pesado, decide. Empieza a desterrar por lo tanto todas las chinas que ha llevado siempre en los zapatos para acordarse de que los pasos, para ser útiles, tienen que doler un poco. Se quita la camiseta y se arranca despacio, con las uñas, todos los reproches, insultos y arrepentimientos que cargaba en los hombros. Quizá si pierde un poco de sangre ascenderá más deprisa y la caída será más leve. Vacía el dinero de su cartera entre los pobres de su calle, tira las fotos de carnet que llevó siempre consigo y deja en herencia a sus sobrinos los perros que le custodiaban el jardín.

El suicida aeroespacial, pese a la discreción meridiana con la que lleva a cabo todos sus preparativos, ha despertado recelos e interés a partes iguales en su vecindad. Al final se traducen simplemente en comentarios insidiosos que se hacen a media voz pero con la suficiente intensidad para que lleguen a sus oídos. Todo no hace más que reafirmarle en su intención de subir y bajar. Confecciona una cápsula con dos bañeras de poliéster y un poco de papel de celofán que le permita contemplar el globo terráqueo durante el tranquilo ascenso, para el cual ha comprado cuatro bombonas de butano pese a lo cara que está la vida.

Los conocidos y desconocidos que están al tanto de su misión lo juzgan. Es un suicida. Tiene demasiado tiempo libre. Sólo piensa en él. Lo que hace no es útil. ¿Qué va a aprender de esto? Nadie se acercó a este hombre para darle una mínima palmada en el hombro. Nadie valoró su constante ímpetu de fracaso, su valiente ánimo hacia la caída más absoluta y estrepitosa. Nadie le preguntó dónde pensaba aterrizar, si en el mar o en el desierto. Nadie entendió nunca que detrás de una bañera y muchos kilómetros de altitud sólo estaba escondida la pequeña revelación de que, culminadas todas sus metas terrenales, no podía quedarse de brazos cruzados y tenía que llegar un poco más alto, un poco más lejos. Aunque aquello supusiera renunciar a todo lo demás. A una tranquila vida de crucigramas, sopa de fideos y vino de Burdeos. Monedas en el bolsillo, cordones atados correctamente.

Pongamos por caso este hombre considerado por todos un loco y un suicida que, una vez asciende, y se halla a varios miles de metros de altitud, abre la rendija de su pequeño adminículo aeroespacial y ve la Tierra desde arriba. Una vez que se ha concedido cinco respiraciones, saluda al infinito, consciente de que nadie lo ve. Y entonces, se deja caer, sin saber del todo bien cómo va a funcionar su ridículo plan, sin saber si habrá una cámara para recoger sus declaraciones al pisar Tierra o una corona de flores de la cofradía de su barrio. Sólo sabe que ha saltado por encima de la nube que le llamó, y que la próxima vez tendrá que hacerlo más alto. [...]


martes, 18 de septiembre de 2012

Dios está en las resacas

Está gris la ventana: lo sé porque lo veo, lo sé, pero no llueve, nunca llueve y hoy no será otra excepción, vivo en el desierto. Cuando brillan los tejados no es por el agua, es simplemente porque se abre un agujero entre las nubes y ahí está Dios, pensaba de pequeño. Esos rayos de sol que se deslizan, se hacen un hueco y se vuelven corpóreos por el efecto Tyndall, eso era mi Dios cuando yo no tenía cabeza ni piernas ni estas manos para escribir. Luego cambié de opinión y resultó que Dios era ese trozo de pan extraño que se reblandecía en la boca y el vino dulce que a veces robábamos de la sacristía, y eso era Dios, esperar misas enteras sin entender la homilía para ese sublime momento del pequeño convite y, después, salir corriendo. Pero el tiempo se acabó para ese Dios cuando nos fuimos al instituto porque los domingos se volvieron ocupados por miles de cosas, y si queríamos vino podíamos tenerlo fuera de la Iglesia, y si queríamos hostias las podíamos conseguir en cualquier esquina. Así que no nos hicimos ateos; simplemente nuestra religión se volvieron las tetas, el fútbol y las videoconsolas. El alimento del alma que nos movía entre semanas sospechosamente parecidas, la fe que necesitábamos para cuando no nos quedaba nada en que creer. Ganar el Mundial con un gol en la prórroga. Descubrir a qué sabe el sudor de un buen polvo. Pulverizar tu récord de puntos a las tres de la mañana de un miércoles. Todas las caras universitarias de ese Dios poliédrico. Y mientras tuvimos todo eso, tuvimos el cielo: fue después el descubrimiento de que hay un cielo porque hay un infierno. El día que se rompe el mando. Caer en los penaltis. Matarte a pajas. El último derivado del infierno fueron los bares, las barras. El arco de triunfo ideal, el cruce en la autopista. Alcohol metílico de garrafón para los sábados por la noche, y es ahí donde nos volvió la fe en los domingos por la mañana, el día del Señor. La penitencia de destrozarte las neuronas con salvajes raciones de acetaldehído, la confesión de todos tus pecados pretéritos. El matrimonio con la cama y el sofá, no tomarás el paracetamol en vano. Dios está en las resacas, el único Ente intangible que se nos ha manifestado en toda su plenitud de poder, y eso es lo único que mi generación ha pedido, sabedores de que salvarnos no es posible.


 

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Fuego en Videmala

Vengo aquí para escupiros toda la bilis a ti, o a vosotros, culpables, porque sólo sois culpables. Sois culpables de haber destrozado la sombra de mi descanso. El árbol de mis confidencias. El camino hacia mi baño en el embalse. La cabaña de mi amigo. Habeis quemado en una sola noche el verano, mi verano, porque mi verano tiene nombre de Videmala.

Puede que hayais quemado campos enteros. Puede que hayais estado a punto de destrozar casas y vidas. De cruzar vuestras miserables existencias con la de una diezmada población que resiste al ataque del invasor, que no es otro que el Olvido, que es la muerte, que es el desierto en que se está convirtiendo nuestra Tierra de Alba.

Escuchadme, yo os acuso. Os acuso de haber traído en una sola noche el desierto, la muerte y el Olvido a mi pueblo. Os acuso. Habeis quemado bosques. Habeis quemado sombras y arroyos. Habeis sembrado de fuego y humo el atardecer y la madrugada. Vengo a escupiros en la cara palabras que nunca vais a tener la desgracia de leer, ni la fortuna de entender, porque las palabras no son vuestro juego. Vuestro juego es lo oscuro, lo oculto, lo ignoto. Vuestro estilo es astuto sin pretenderlo, y en vuestras caras, que desconozco pero imagino, se dibuja la imagen del miedo cuando os da la luz del sol y se vuelven taimadas cuando se pone y la oscuridad os protege.

Vuestro reino de fuego y miedo no es de este mundo, como no lo son vuestros corazones de alguna clase podrida de piedra resistente a las heladas, a las nieblas y a las tormentas que nunca llegan cuando encendeis la chispa adecuada, la llama que nunca os alcanza el vello púbico, el humo que nunca os estrangula la garganta, la cuerda más fina que nunca vereis y cercenará no vuestro cuello, sino vuestra maldad.

Pero no, no compartimos reino ni deseos. No compartimos las charcas inmundas en las que bañais vuestra piel mugrienta, porque yo lavo mi conciencia con agua de manantial, para que se arrastre río abajo y al llegar al mar, que probablemente nunca hayais visto, se convierta en lluvia que me vuelva a caer encima, que me empape y me haga sentir. ¿Alguna vez habeis sentido? ¿Alguna vez se os ha cortado el aliento delante de un paisaje? ¿Habeis amado? ¿Habeis sido amados? No, me niego a creerlo. Si lo hubierais hecho no tendríais la sangre fría de asesinar una Tierra. De poner en peligro vuestras vidas y el futuro de otras muchas.

Nunca tendreis un sentimiento. Nunca vuestras escasas neuronas sentirán el poder de una corriente eléctrica que las mueva a emitir una sonrisa sincera, nunca tendreis la necesidad de practicar el altruísmo porque nada os hace trascender, no temeis a un Dios ni, por tanto, a ningún humano, vuestro pensamiento superior está subdesarrollado, vuestros lóbulos frontales atrofiados y todos los circuitos mesolímbicos donde se almacenan las emociones, los recuerdos y el poder de la memoria para mejorar vuestras vidas están simplemente llenos de paja seca.

Confío, por lo tanto, en el poder de vuestra mente para que algún día, por esas simples casualidades que suceden, dos neuronas entren en contacto iónico y toda esa paja prenda. Y que ardais por dentro, que ardais sin llama, que se os consuman las pupilas igual que se han consumido los avellanos, que se doblen y resquebrajen vuestros huesos igual que ramas de las jaras y escobas que hoy ardieron.

Entonces, arrodillados de dolor y con los ojos lagrimeantes de fuego, os deseo lo mejor. Que conozcais, nada más que durante unos breves segundos, el significado de varias palabras que nunca habeis usado. Arrepentimiento, responsabilidad, culpa.

Perdón.