lunes, 12 de septiembre de 2011
el hombre, el mito (I)
[...]Johnny lo identificó al instante como uno de esos apéndices que, una vez extirpados del cuerpo matriz que los alimenta, se revuelven brevemente dando unos últimos coletazos sobre la mesa antes de quedarse inertes, quizá para siempre. [...]
sábado, 10 de septiembre de 2011
Paternóster
Beelzebu has a devil put aside for me;
for me.
(Queen)
Última noche en París para este tango polar del que se ha ido cada hielo, estamos cercados y no lo sabemos, rodean nuestras posiciones, pero las radios dan el fútbol, ni siquiera dan el fútbol, huyamos de nuevo a los tejados. Desde allí veremos chimeneas, te lo prometo, veremos chimeneas como dedos hirientes con uñas manchadas de escarbar colillas para rellenar cigarros, te prometo que veremos brillar las lámparas de la Torre Eiffel como la primera noche que vi atardecer en esta ciudad. Luego engañaré a cuatro músicos del metro para que vengan a la azotea del hostal y toquen La vie en rose, y les echaré las monedas que guardo para la cena, así que sólo podremos cenarnos juntos, y devoraré tu sexo hasta que sea la mañana, te llamaré amor y no te dejaré correr, porque no hay ningún sitio al que huir, ¿no ves, amor, que estamos cercados? Nos han rodeado, nunca escaparemos de esta habitación y yo sólo puedo hacerte el amor igual que hacen las huelgas los controladores aéreos, de la forma más absurda, impertinente y atemporal, para que me recuerdes en reuniones sindicales por debajo de tus braguitas, todos hablarán a tu alrededor y tú dejarás de escuchar, sólo podrás oír la caracola que te palpita entre las piernas, que me llama. Pero yo no la podré oír, porque estaré lejos, y lamentandome. Yo te lamentaré entre miles de lamentos más, el lamento por el payaso de la nariz roja al que habría reventado a patadas pero con el que compartí una copa, el lamento por la mujer que quiso besarme pero se fue a defender los derechos laborales, el lamento por un amigo que ahora cruza las arenas en solitario, el lamento por los hermanos abandonados, el lamento por los poblados a la sombra de los Alpes que fueron desterrados a la Meseta, el lamento por las centrales hidroeléctricas controladas a distancia y las turbinas y el vapor de agua. Te prometo que veremos chimeneas y de ellas no saldrán humo ni palos de escoba, por ellas saldrán aviones de papel, te dejaré que delires igual que yo deliro ahora que lo veo todo perdido, porque lo entiendo todo perdido, porque lo sé todo perdido, y si bien una vez me acercó a ti la total ausencia de miedo a perder, ahora hay un balcón entre nosotros y debajo, muy debajo está la calle. Nos derretimos, el tango se acaba, las monedas se acaban, los conceptos abstractos como tiempo y distancia son sólo parte de una catedral tópica que se eleva sobre la mezquita reconquistada donde se ha profesado un culto tan cercano y tan diferente que sólo si te alejas se puede distinguir, el paternóster es el mismo, la tipografía de los neones a la entrada es la misma y el dueño del puticlub es el mismo, soy yo, que permito que dentro de mí se ejerza el oficio más viejo del mundo, que me llevo años masturbando en cuerpos ajenos, esta historia no es nuestra porque no es ninguna historia, así que ahora te pido que me mires, porque te voy a ser sincero: no hay ni ha habido ni habrá chimeneas para nosotros, arderemos en un infierno totalmente diferente, a campo abierto. No hay un París que nos espere, y la cena de esta noche será sólo nuestro último acto de canibalismo, nuestro último acto de amor, pero no de amor mutuo, sino de amor a la humanidad, a la que libraremos de nuestra colisión fatal. Y cuando despertemos, en las paredes del hostal simplemente habrá papel encolado con hojas de helecho, nos miraremos y no nos reconoceremos, tus bragas y los controladores habrán regresado de la huelga para devolver los días perdidos y yo, en el transporte púbico cantaré La vie en rose a pesar de que no sé francés, muy al contrario que tú.
lunes, 5 de septiembre de 2011
Vera.no (negación implícita)
Te alejas por el retrovisor, como en las películas. Antes de eso, el verano, como en las películas. Besos como en las películas, fiestas como en las películas, amaneceres como en las películas, peleas como en las películas, películas como en las películas.
Este verano tampoco voy a enumerar las canciones ni los viajes. No voy a hablar de aciertos ni errores, este otoño me sentaré otra vez al borde de la piscina e imaginaré el humo del cigarro que no hemos sido, puede que imagine todo lo que no hemos sido en este verano, negación implícita del resto de tiempos, tiempos pequeños, partidos en fracciones imaginarias que llamamos años bisiestos, siestas, cafés y noches, tiempos esféricos que no caben en las cajas cúbicas donde intentamos encerrarlos, no caben en los relojes que desterramos para tumbarnos al sol, no caben en las toallas.
Pero nosotros tampoco cabemos en las toallas, porque somos demasiado grandes y demasiado pequeños; demasiado grandes para los vasos medio llenos, demasiado pequeños para el amor de nuestra vida, y entre medias se van acumulando, como libros leídos muchas veces, los veranos anteriores, que se van fundiendo en uno solo, dilatado hasta el extremo con anécdotas y bucles infinitos de los que tarde o temprano saldremos, que se van quedando atrás como tú, que te vas quedando atrás según pasas por el retrovisor y ya no sé cuando encierro el coche un rato después en el garaje si me he despedido de ti, o del verano.
Este verano tampoco voy a enumerar las canciones ni los viajes. No voy a hablar de aciertos ni errores, este otoño me sentaré otra vez al borde de la piscina e imaginaré el humo del cigarro que no hemos sido, puede que imagine todo lo que no hemos sido en este verano, negación implícita del resto de tiempos, tiempos pequeños, partidos en fracciones imaginarias que llamamos años bisiestos, siestas, cafés y noches, tiempos esféricos que no caben en las cajas cúbicas donde intentamos encerrarlos, no caben en los relojes que desterramos para tumbarnos al sol, no caben en las toallas.
Pero nosotros tampoco cabemos en las toallas, porque somos demasiado grandes y demasiado pequeños; demasiado grandes para los vasos medio llenos, demasiado pequeños para el amor de nuestra vida, y entre medias se van acumulando, como libros leídos muchas veces, los veranos anteriores, que se van fundiendo en uno solo, dilatado hasta el extremo con anécdotas y bucles infinitos de los que tarde o temprano saldremos, que se van quedando atrás como tú, que te vas quedando atrás según pasas por el retrovisor y ya no sé cuando encierro el coche un rato después en el garaje si me he despedido de ti, o del verano.
domingo, 4 de septiembre de 2011
El novio de la muerte
Nadie en el tercio sabía
quién era aquel legionario.
Una vez hable sobre matar a un hombre con un hombre que había matado a un hombre, o quizá varios. Hablabamos mientras cruzábamos campos corriendo al amanecer, mientras él me contaba cómo esquivó a la muerte, cómo se escribió directamente con Dios sin acuse de recibo, él hablaba mientras yo apretaba las zancadas para perseguirle, para no quedarme atrás en una carrera que ya tenía perdida. Yo supe que él había matado a uno, quizá a varios, por la manera en que hablaba del uso de la fuerza, nunca la violencia, nunca las armas, sólo la fuerza, como si la fuerza fuera un puñetazo invisible que te derriba del caballo, la mano que tira a San Pablo camino de Damasco, el relámpago que golpea a la bruja en la secuencia final de Blancanieves. Unos días después me sacaron a hostias de una pelea en la que destrozamos un pub tras un concierto de unos tipos a los que nadie conocía, quizá por eso destrozamos un pub; yo miré desde fuera, atrapado por el uso de la fuerza, del mismo modo que me dolían las piernas corriendo con aquel tipo que había matado a alguien, pero seguía atrapado en su rebufo sin tener que hacer ningún esfuerzo, imantado al encanto magnético de la muerte que él ya esquivó una vez y que sé que a mí me encontrará de frente, por eso retraso cada día más nuestra cita, por eso huí del uso de la fuerza y de la violencia y de las armas, por eso vi caer los altavoces sobre la cabeza de aquellos tipos de detrás de la barra y no intenté separar a nadie, porque estaba fascinado, estaba en el hueco que iban dejando tras de ellos en el aire cuando seguían corriendo hacia adelante. Tal vez ellos también habían matado a alguien, tal vez todo mundo en aquel pub había matado a alguien menos yo, por eso los tenía que mirar desde fuera, por eso era diferente a todos ellos, por eso compré una escopeta y la cargué de sal. Busqué a mi perro sin otra intención más que la de herirle, la de hacer que los perdigones salados penetrasen en su piel para paliar mi ignorancia. Mi perro y yo nos miramos a los ojos durante varios días. Cada noche abría la ventana y pensaba en el día siguiente, en el momento en que apoyase los cañones contra su frente. Pensaba en el sacrificio de mi perro a los pies de otra estatua encapuchada, pensaba en la vana entrega, en la travesía del desierto, pensaba en todas las veces que había escapado del rebufo, hasta que por fin una noche llovió, y yo, héroe crepuscular, me puse en la ventana de aquel sitio amarillo sin hierba a escribirle a mi perro su oda de despedida para que se mojara la tinta, arena de playa y olas, los viajes que nunca hemos hecho ni haremos, cada conejo que hemos atropellado cruzando valles al atardecer, canciones que nunca más hablan de nosotros, la escopeta contra la frente y los ojos más clavados, más adentro, y el disparo. El uso de la fuerza. El disparo, el arma, la violencia, la estrategia preventiva y el dolor que causamos para no sufrirlo nosotros, que esquivamos a la muerte hasta que ella se hace parte de nosotros sin que nos demos cuenta. Las tardes después son paz, pasa el tiempo y son vacío, pasan los años y son ausencia, pasan los siglos y nunca son el final, son sólo las tardes y el eco eterno del disparo que se va evaporando en el aire del campo a medida que salimos del rebufo y vemos alejarse hacia adelante a los tipos que matan a otros tipos, sabiendo que nosotros no somos ellos, no somos el relámpago y la mano invisible, somos sólo los que se cruzan en su camino, somos San Pablo yendo a Damasco, somos la bruja de Blancanieves.
martes, 26 de julio de 2011
Le Tour de France
Galibier, últimos metros de ascensión, 1955.Te amo porque existe una montaña en cuya cima hay un túnel, no sé si lo sabes. Allá arriba no hay nadie, te amo porque allá arriba no hay nadie, sólo el cielo y el límite donde los hombres ponen sus pies llorando. Y luego se lanzan por la ladera hacia abajo, cayendo miles de metros sin mirar atrás, te amo porque nunca miran atrás, aunque falten 90 km para meta, te amo sin chuletones ni jeringuillas, te amo al pie del asfalto, en la Curva de los Holandeses. Te amo porque sería capaz de comer en un plato de 55 dientes cada papilla proteínica, coleccionaría los botellines que otros han tirado con rabia al suelo. Te amo porque el viento siempre sopla en contra de las banderas, porque la lluvia, la nieve y el sol en verano vienen en días alternos. Te amo porque querría ganar en casa el día de la Fiesta Nacional, te amo porque querría estar en París cada último fin de semana de Julio, porque me dejé mucho en los Campos Elíseos, porque aprendí más en las calles que en casa. Te amo porque tú separas a cobardes de valientes, tú no dejas lugar a las mentiras de los humanos, tú miras con ojos puros, bebes el agua que baja de Alpes y Pirineos, te has caído camino de Gap y has subido el Mur de Bretagne, cada pedalada ha dejado un nombre y un hombre en el camino. Te amo porque existe una montaña en cuya cima hay un túnel, y si yo alguna vez subiese esa montaña, si llegase arriba con mi aliento, si masticase la ceniza de la cima ya no sería el mismo, ya no me llamaría como ahora me llamo, ya no me reconocería en el espejo. Te amo porque habría atacado delante de los míos para que mis padres me viesen ir delante del mundo, te amo para escuchar el himno en el pódium amarillo. Te amo porque durante tres semanas de cada año mi mundo gira a tu alrededor. Mis días llegan a tus tardes, mis tardes acaban en tus noches de silencio y hotel. Te amo porque el hueco que me dejas cada vez que te vas es peor año tras año. No sé por qué te quiero, realmente no sé siquiera si necesito una razón, pero permiteme decirte que este año te amo mucho más, que este año me ha costado más dejarte marchar.
jueves, 21 de julio de 2011
Amigos para siempre

Amigos para siempre nainonaironainora/ Camps y Barberá se dan la mano, los besos, se arrodillan, se tocan, se tocan mucho y por detrás suena el Hit de Los Manolos en un chiringuito. Mientras sirven paella recién sacada al aire fresco de la playa de la Malvarrosa, en Madrid Mariano se está frotando las manos con todos los helados que se va a comer en Marzo, así que no le importa en absoluto estar pasando calor en Génova durante Julio, y manda a Federico a Valencia por la A-3, sin retenciones (fiscales). Espe y Alberto se abrazan en un tango eterno de amor y odio, pensando que su drama siempre podría ser peor, que lo suyo es puro teatro y que entre bambalinas ellos ya se han quitado los trajes, han matado al sastre y al emisario, han puesto otros JJ.OO. donde los demás ponen GP's, pero lo mejor de todo es que acabarán abrazados todos bailando un hula-hula ritual alrededor del Cordero de Camps que se ha sacrificado por el bien de los dos, en una suerte de aquelarre con sangría, chopitos y otra de bravas, abrazados al son de las urnas y los mercados, que desde hace un tiempo en este país hablan con voz propia porque los millones (¿qué millones?) esos ya se fueron hace tiempo al limbo, y aquí huele a podrido, no sé si porque nos están colando el muerto o porque a alguien se le ha cortado la mayonesa, que para eso es verano. Y no te engañes, aunque les veas las caras descompuestas, ellos siguen igual de bien, amigos para siempre.
miércoles, 20 de julio de 2011
Otros que no son yo
I.
Bastan las palabras para amarla. Son suficientes para cubrir la mediocridad del abismo, son suficientes para pintar el agujero en la pared, pero no tapan del frío. Bastan las palabras para hacer arder las fotos de la carpeta, para golpear al estómago. Pero al final la calle siempre está apagada, la esquina es del mismo naranja y desde la ventana el paisaje no ha cambiado.
II.
Nuestro antihéroe crepuscular se oculta en las terrazas de verano, toma combinados y parece confundir sus treinta años con su adolescencia, pero en cada conversación se tuercen los caminos, aflora la angustia como el cadáver que se ha desprendido de los zapatos de hormigón. Nuestro antihéroe le da sentido a su vida según las palabras de su madre, rodea los lugares comunes y salta las preguntas embarazosas. Todo es demasiado caro, nada es todo lo satisfactorio que debería. Al volver a casa la palanca de cambios es el símbolo fálico de la reconciliación con su ego, y piensa en cómo un solo año de su vida ha doblado cada hoja.
III.
Los cuentos de hadas no contaban nada de lo que significaba mirar desde fuera, no hablaban de la cara B. Algunas de las mejores canciones de los Beatles están en la cara B, pero este no es el caso, porque las canciones que cantamos no las escuchan. Las fotos contienen caras de otros que no son yo, y ese es el verdadero drama.
IV.
Las noticias deberían tener más sitio para la gente normal, pero entonces no serían noticia, nadie pagaría por leer periódicos. Las noticias son oscuras, te revuelven el estómago, caminan contigo para hacerte sentir acompañado, son ese helado que tomabas de pequeño nada más acabar el curso, el que te condenaba a tener dolor de garganta hasta agosto. Las noticias, que en realidad es lo peor, pueden dar muchas vueltas, pero acaban por dejarte de lado, y si no estás allí, no existes.
V.
Ella está preciosa. Preciosa, simplemente. No soy nada más y nada menos que Napoleón ante las pirámides de Gizeh. Hitler ante la Torre Eiffel. Los talibanes delante de Buda. Tengo en la mano la posibilidad de la destrucción absoluta y, sin embargo, me temo que me quedaré parado con la opción de la derrota aplastante para salvar la belleza. Pero, a mí, ¿quién me salvará de tu belleza?
VI.
Cada paso le aleja. Son caminos que una vez fueron asintóticos, acercándose sin llegarse a tocar nunca mientras tienden al infinito, y que ahora se salen de los ejes de coordenadas. Cada paso le aleja, y lo sabe, pero sigue dando cada paso seguro, firme. Está convencido de la imposibilidad, y esa aceptación del fracaso le da alas para estrellarse a placer. Podría recordar el olor, pero a este sabor jamás se acostumbrará.
VII.
La luna sigue subiendo. Ya bajará. Me puede el sueño, y quiero dormirme. Allí seré verdaderamente libre, sin ataduras. Ni las tuyas ni ninguna otra. Allí pasaré horas entre los vestidos que no te vas a poner y los zapatos que no te pienso regalar. Allí la historia será la que yo quiera, allí respondes a cada mirada mía, allí me besas, allí te escribo el libro que te prometí, allí follamos hasta que la luna baje del todo. A veces ni siquiera follamos, sólo te miro, te estaría mirando toda esta noche. Dame la mano, te estaría mirando toda la noche. Dame la mano, quiero mirarte toda la noche. Dame la mano, tengo que irme. No te olvides de tapar mi cara con fotos de otros que no son yo.
Bastan las palabras para amarla. Son suficientes para cubrir la mediocridad del abismo, son suficientes para pintar el agujero en la pared, pero no tapan del frío. Bastan las palabras para hacer arder las fotos de la carpeta, para golpear al estómago. Pero al final la calle siempre está apagada, la esquina es del mismo naranja y desde la ventana el paisaje no ha cambiado.
II.
Nuestro antihéroe crepuscular se oculta en las terrazas de verano, toma combinados y parece confundir sus treinta años con su adolescencia, pero en cada conversación se tuercen los caminos, aflora la angustia como el cadáver que se ha desprendido de los zapatos de hormigón. Nuestro antihéroe le da sentido a su vida según las palabras de su madre, rodea los lugares comunes y salta las preguntas embarazosas. Todo es demasiado caro, nada es todo lo satisfactorio que debería. Al volver a casa la palanca de cambios es el símbolo fálico de la reconciliación con su ego, y piensa en cómo un solo año de su vida ha doblado cada hoja.
III.
Los cuentos de hadas no contaban nada de lo que significaba mirar desde fuera, no hablaban de la cara B. Algunas de las mejores canciones de los Beatles están en la cara B, pero este no es el caso, porque las canciones que cantamos no las escuchan. Las fotos contienen caras de otros que no son yo, y ese es el verdadero drama.
IV.
Las noticias deberían tener más sitio para la gente normal, pero entonces no serían noticia, nadie pagaría por leer periódicos. Las noticias son oscuras, te revuelven el estómago, caminan contigo para hacerte sentir acompañado, son ese helado que tomabas de pequeño nada más acabar el curso, el que te condenaba a tener dolor de garganta hasta agosto. Las noticias, que en realidad es lo peor, pueden dar muchas vueltas, pero acaban por dejarte de lado, y si no estás allí, no existes.
V.
Ella está preciosa. Preciosa, simplemente. No soy nada más y nada menos que Napoleón ante las pirámides de Gizeh. Hitler ante la Torre Eiffel. Los talibanes delante de Buda. Tengo en la mano la posibilidad de la destrucción absoluta y, sin embargo, me temo que me quedaré parado con la opción de la derrota aplastante para salvar la belleza. Pero, a mí, ¿quién me salvará de tu belleza?
VI.
Cada paso le aleja. Son caminos que una vez fueron asintóticos, acercándose sin llegarse a tocar nunca mientras tienden al infinito, y que ahora se salen de los ejes de coordenadas. Cada paso le aleja, y lo sabe, pero sigue dando cada paso seguro, firme. Está convencido de la imposibilidad, y esa aceptación del fracaso le da alas para estrellarse a placer. Podría recordar el olor, pero a este sabor jamás se acostumbrará.
VII.
La luna sigue subiendo. Ya bajará. Me puede el sueño, y quiero dormirme. Allí seré verdaderamente libre, sin ataduras. Ni las tuyas ni ninguna otra. Allí pasaré horas entre los vestidos que no te vas a poner y los zapatos que no te pienso regalar. Allí la historia será la que yo quiera, allí respondes a cada mirada mía, allí me besas, allí te escribo el libro que te prometí, allí follamos hasta que la luna baje del todo. A veces ni siquiera follamos, sólo te miro, te estaría mirando toda esta noche. Dame la mano, te estaría mirando toda la noche. Dame la mano, quiero mirarte toda la noche. Dame la mano, tengo que irme. No te olvides de tapar mi cara con fotos de otros que no son yo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)