La primera vez que Gualberto Yáñez vio el mar fue cuando se escurrió entre los brazos de su padre, que lo elevaba al tiempo que el barco entraba en la bahía de Cádiz. El niño cayó al agua y allí creció hasta los 18 años, cuando el banco de atunes que lo había adoptado, criado y alimentado fue preso en una almadraba a la altura de Barbate.
Allí fue donde Gualberto Yáñez vio por primera vez la sangre. Entendió que los cerrojos sabían a sangre, que las lentejas sabían a sangre, y los Pilot rojo huelen a tinta. Un marinero de Lepe sacó al chaval, que por aquel entonces ya empezaba a tocarse, de entre las redes semiinconsciente. Lo alimentó con aceite de hígado de bacalao, que es la única bebida no alcohólica permitida por el Código de Navegación de 1853, el mismo donde se derogaba definitivamente el decreto por el que a los marineros del sur del Trópico de Cáncer no se les permitía contraer matrimonio con sirenas.
La ingesta excesiva de aceite de hígado de bacalao entre los 18 y los 21 fue la responsable de la poblada barba pelirroja que que Gualberto desarrolló. Aquella barba fue motivo de disputa en unas cuantas tabernas del África Occidental, donde rudos negros caboverdianos se pelearon con el muchacho dudando de la legitimidad de su vello facial, saliendo derrotados, pues Gualberto Yáñez había aprendido de los atuneros de Barbate los rudimentos de la lucha jiu-jitsu. Es merecido mencionar que la rubicunda barba de Gualberto también fue un reclamo sexual de alta eficacia para sus compañeros de navío, para los taberneros de Guinea y para las sirenas.
Fue precisamente de una sirena de la que se enamoró Gualberto Yáñez, y en virtud al Código Naval de 1853 se casaron en una playa de Bora Bora. La soleada tarde de Abril, en el otoño meridional, llenaba de felicidad al marinero, que comenzaba a descubrir las virtudes y defectos de la heterosexualidad, pues él antes sólo había visto el mar. Sin embargo, la felicidad sólo duró hasta esa misma noche, la noche de bodas, en la que Gualberto descubrió por qué esa clase de matrimonios estaban clásicamente vetados, por qué los marineros de van de putas cuando llegan a tierra. Haciendo preces y acordándose de la ascendencia del irónico legislador de 1853, huyó sin descendencia de los brazos de la sirena, a la que dejó llorando y sin un canto en los dientes.
Decidió Gualberto el resto de su vida dedicarse a la caza de ballenas. Con su arpón. Así llegó a las tierras japonesas, donde conoció el sake. Fue el sake o la sirena que nunca estuvo embarazada, o ambos a la vez, los que llenaron de canas su miticérrima barba. Enriquecido por la venta de carne de ballena, Gualberto, decidió con 75 años que había llegado el momento de conocer la tierra firme. Por establecer un orden lógico a su periplo, comenzó por el Polo Norte.
Allí constató con gran sorpresa que el Polo Norte no era tierra firme, sino agua sólida, y desesperanzado ante un comienzo tan descorazonador, pensó que peor aún sería el resto de la Tierra, y que ya no le quedaba suficiente vida ni disgustos para seguir viajando, así que construyó un esquife volador con todo lo que aprendió de un chamán de Bissau, que le regaló conchas de colores.
Gualberto Yáñez lloró por primera vez la noche antes de morir. Lloró cuando probó de nuevo el aceite de hígado de bacalao, y pensó en su padre, al que nunca más vio, al que cambió por el océano. Probó una lágrima, y viendo que era salada, se pensó parte del mar. Bajo la luz de la luna llena atracó el esquife en una cala de Murcia, ascendió por la ribera de la playa, y mirando la luna mientras lloraba otro poco, se convirtió en un castillo de arena sin llegar a saber, él, que nunca estuvo en la luna, que de arena puede ser también el Mar de la Tranquilidad
miércoles, 9 de junio de 2010
martes, 8 de junio de 2010
El amor en los tiempos de la Tuberculosis
Las arterias coronarias se alimentan por el efecto Venturi. Este efecto consiste en que un fluido en movimiento dentro de un tubo cerrado, como es el aparato circulatorio, disminuye su presión al aumentar la velocidad cuando entra en una zona de menor diámetro. Esto ocurre tras la sístole, cuando en los senos de Valsalva se queda acumulada sangre, que por gradiente de presión penetra en el sistema coronario, por aspiración de este sistema.
Teniendo en cuenta que las coronarias son las encargadas de irrigar el corazón, a efectos prácticos significa que el corazón se alimenta a base de los restos de sangre que no va al resto del cuerpo, y de una bomba de vacío. Restos. Vacío. Y nosotros buscando todos los días algo nuevo con lo que llenarlo.
Si todos viviéramos mil años, acabaríamos muertos por infección secundaria de tuberculosis. Lo mismo sucede con el amor eterno. Si todos viviéramos mil años, terminaríamos de una u otra manera con nuestro amor eterno. A mis 21 años ya he acabado 4 veces con mi amor eterno de modo y manera que a los mil la cuenta ascendería hasta algo más de doscientas entradas y salidas relacionales.
Probablemente esos doscientos acontecimientos irían lentamente medrando la capacidad aspirativa de mi sistema coronario, de modo que allá a los 500 años la tuberculosis y las cardiopatías isquémicas irían compitiendo lentamente por terminar conmigo, con cavernas pulmonares y pañuelos manchados de toses rojas a la par que increíblemente románticas, decimonónicas, o arritmias y síncopes perfectamente estructurados como si los cantase Ella Fitzgerald y el arreglista fuera Glenn Miller, retornado de entre las sombras de una puñalada trapera en un burdel alemán en 1944.
Luego, a los 750 años la jubilación en la Costa Azul, en cualquier balneario para curar las lesiones, les explicaré a Glenn Miller y Ella Fitzgerald el por qué de que las canciones de jazz son todo un asesinato, el por qué de los descensos inmunitarios y los ataques de tuberculosis, el por qué de los vacíos que nos dan la vida aunque nosotros, sin saber bien el por qué de cada día.
A veces no hay un por qué. A veces hay un desarrollo matemático de 7 páginas y mil años de tuberculosis.
Teniendo en cuenta que las coronarias son las encargadas de irrigar el corazón, a efectos prácticos significa que el corazón se alimenta a base de los restos de sangre que no va al resto del cuerpo, y de una bomba de vacío. Restos. Vacío. Y nosotros buscando todos los días algo nuevo con lo que llenarlo.
Si todos viviéramos mil años, acabaríamos muertos por infección secundaria de tuberculosis. Lo mismo sucede con el amor eterno. Si todos viviéramos mil años, terminaríamos de una u otra manera con nuestro amor eterno. A mis 21 años ya he acabado 4 veces con mi amor eterno de modo y manera que a los mil la cuenta ascendería hasta algo más de doscientas entradas y salidas relacionales.
Probablemente esos doscientos acontecimientos irían lentamente medrando la capacidad aspirativa de mi sistema coronario, de modo que allá a los 500 años la tuberculosis y las cardiopatías isquémicas irían compitiendo lentamente por terminar conmigo, con cavernas pulmonares y pañuelos manchados de toses rojas a la par que increíblemente románticas, decimonónicas, o arritmias y síncopes perfectamente estructurados como si los cantase Ella Fitzgerald y el arreglista fuera Glenn Miller, retornado de entre las sombras de una puñalada trapera en un burdel alemán en 1944.
Luego, a los 750 años la jubilación en la Costa Azul, en cualquier balneario para curar las lesiones, les explicaré a Glenn Miller y Ella Fitzgerald el por qué de que las canciones de jazz son todo un asesinato, el por qué de los descensos inmunitarios y los ataques de tuberculosis, el por qué de los vacíos que nos dan la vida aunque nosotros, sin saber bien el por qué de cada día.
A veces no hay un por qué. A veces hay un desarrollo matemático de 7 páginas y mil años de tuberculosis.
sábado, 5 de junio de 2010
Il Dottore y yo

Le debo mucho a mi hermano. Pero sobre todo dos cosas. La primera es que él me enseñó a conducir en nuestro ordenador. Era un Pentium 486 en el que jugaba al Indycar. Él pilotaba como los ángeles. Era un jodido diablo. Jugaba con cambio manual, algo que se escapaba a mi infantil mente de desarrollos secuenciales y automáticos. Cruzaba las manos sobre el teclado. Me enseñó a pilotar en Laguna Seca, Monterrey, en California. El circuito más completo y compacto del mundo. La mejor curva, el Sacacorchos. Muchos años después cuando necesito relajarme y sacar lo mejor, conecto la Play con el Gran Turismo 4 y piloto en Laguna Seca. Conozco cada bache. Conozco la vuelta rápida, los cambios de rasante, conozco mis fallos. Ahora quizá ya soy más rápido que mi hermano, pero él me enseñó.
La segunda cosa que me enseñó fue a Valentino Rossi, il Dottore, en Jerez. Me llevó a las carreras en su Renaul Clio granate, con rocanrol. Un viaje iniciático que ahora repetimos asiduamente, como cualquier tributo o culto. Como cualquier tradición, que nos saca de la monotonía y nos une. Mi hermano es un jodido fucker. Todo mundo me ve la cara de ingenuidad e ignorancia vital, y se empeñan en darme consejos que yo escucho, pero sólo acepto los de mi hermano David. Porque él me enseñó a pilotar, y me enseñó al Doctor.
En este fin de semana donde acabé los exámenes, a Valentino Rossi y a mí se nos ha ido el Mundial 2010 en cuestión de horas, en sendos baches. Duele. El trabajo de tanto tiempo, por los suelos, lleno de grava y con el carenado rayado. Duele. Il Dottore y yo ahora estamos fuera de juego. No existen los imposibles, pero el realismo de este circo rodante y sus normas no escritas dictan que este par de meses que sobrevendrán con nosotros fuera de las pistas enterrarán todas las opciones de la temporada.
Cuando luchas por el Campeonato lo más duro es dejarlo, tener que renunciar de golpe. No es lo mismo perder en la última curva de la última carrera escupiendo sangre que dejarlo en la tercera carrera, sintiendo todo lo que no has podido dar. Lamentando todo lo que tienes dentro y que te quema el pecho. Los saltos que reservabas para cuando pisaras el escalón más alto del podio. Todos los titulares dorados para ruedas de prensa con sonrisa amplia, la íntima felicidad del motorhome, el champán y los trofeos. Saludar con la rueda levantada a una grada rugiente puesta en pie tras otra exhibición. Lo mejor de ti mismo tras otra batalla. Porque una vez escuché que correr es como cualquier batalla. No muestres debilidad. No cojas prisiones. Y no mires atrás. Cuando has nacido para correr, como el Boss, lo más jodido es quedarte parado viéndolo desde fuera.
Lo malo de estos efímeros entorchados es cómo tu ausencia, por amplia que parezca, acaba siendo llenada por algún otro, que lucirá lo que tú un día has ostentado. Te quedan los recuerdos en la estantería, mientras ellos se llevan ahora los trofeos. Infames pollos que poblaban la parte trasera de la parrilla y que ahora se alimentan del vacío, que ahora ya no tienen miedo ni sombras que les cubran. Son victorias legítimas, pero deslucidas. Todos los años hay un campeón, pero no todos los años hay un gran campeón. Nicky Hayden le ganó de tú a tú al Doctor en 2006, por eso merece respeto. Pero Stoner, con una deslucida victoria en 2007, se hundió cuando Valentino le adelantó en 2008 en el Sacacorchos mordiendo la tierra.
Cuando vi a Valentino Rossi ganando el Mundial en el Sacacorchos de Laguna Seca, fue cuando comprendí de verdad la magnitud de todo lo que mi hermano me había enseñado. Entendí que él siempre había tenido la razón, que yo quizá podría ser más rápido pero nunca llegaría tan arriba.
Valentino y yo estamos fuera de combate. Pero si hay un motivo por el que todos los otros corren ahora un poco más, es porque saben que vamos a volver con las cicatrices de la operación cerradas y con un cuchillo entre los dientes.
domingo, 30 de mayo de 2010
Cuentan los viejos que:
Una vez en esta ciudad que va dejando de ser una ciudad, se unió el pueblo. El mismo que se va, que se ha ido, que se seguirá yendo. Hace 20 años, Zamora creyó en sí misma.
El Cuartel del Regimiento Viriato estaba abandonado por la marcha de los militares de la ciudad. Era 1990, y Zamora ya era dada de lado por una autonomía de Castilla y León que sólo tenía 8 años. Perdón, queria decir por Valladolid, que 400 años después de ser Capital del Reino sigue viviendo en la inopia ombliguista que otorgan la Tierra de Campos y el agua del Pisuerga. El Cuartel, vacío, en terrenos que una vez pertenecieron a la ciudad, ahora pertenecía al Ministerio de Defensa, cuyo plan era el de ponerlos a la vente, y otorgarlos al mejor postor. Si ese postor era el Ayuntamiento, volverían a la Ciudad. Así, con mayúscula. Pero ese comprador bien podía ser cualquiera.
Cualquiera que se siguiera aprovechando de la situación. Especuladores, inmobiliarias, jugando con lo que una vez fue nuestro, y quizá nunca dejó de serlo. Zamora, viviendo aún una transición llevada con la calma y el desatino constantes de este enclave fronterizo, era un hervidero bullicioso de pequeñas ideas. Ideas como el hormiguero que era el centro urbano, de calles todavía de piedra, de gente que se conoce y se saluda, de gente que espera algo positivo del final del siglo XX que tanto había prometido. Por ejemplo, una Universidad para este núcleo creciente.
Firmas, manifestaciones, movilizaciones. El efecto dominó, o el efecto mariposa. Zamora batió sus alas, y la Ciudad, con su alcalde a la cabeza(el Popular Antolín Martín en aquel entonces) saltó la valla del Cuartel. Para reclamar en primer lugar lo que era suyo: el pasado. Y además reclamar lo que todavía no lo era, el futuro. Esa era la Zamora que echamos de menos. La que ya no existe. Aquello se consiguió. El Cuartel Viriato pasó a propiedad municipal. Escenas sublimes en fotos blanco y negro de La Opinión de Zamora. Caras sonrientes. Objetivos, sueños. El Campus se inauguró en 2002, 12 años después.
Pero el problema viene en esos 12 años, o en estos 20, ahora que hollamos el 2010. El problema viene con todo lo que se ha ido. Se ha ido esa ilusión, que fue como cualquier otra: un combustible que nunca te avisa cuando se va a terminar, o inflamable y explosivo entre tus manos. Se ha ido esa gente, que se cansó de esperar. Se ha ido toda la ciudad, que ahora no es nada más que un mosaico que se recompone de vez en cuando, y no una vidriera unida que deja pasar la luz coloreada.
Zamora se nos ha ido entre las manos, se nos muere. Hablamos en las terrazas por la noche de cambiar el futuro. Somos granos de arena que no llegamos a hacer un solo terrario, ni una sola pecera donde en realidad necesitamos un desierto, necesitamos un mar. Zamora se nos muere, y vivimos de lo que fuimos, vivimos de conmemorar los 20 años de la Toma del Cuartel, de nuestra Bastilla particular, de lo que pudo haber sido una Revolución y sin embargo ahora, 20 años después, y viendo la realidad, viendo el presente, se nos antoja que aquello más que una ráfaga certera fueron fuegos de artificio.
El Cuartel del Regimiento Viriato estaba abandonado por la marcha de los militares de la ciudad. Era 1990, y Zamora ya era dada de lado por una autonomía de Castilla y León que sólo tenía 8 años. Perdón, queria decir por Valladolid, que 400 años después de ser Capital del Reino sigue viviendo en la inopia ombliguista que otorgan la Tierra de Campos y el agua del Pisuerga. El Cuartel, vacío, en terrenos que una vez pertenecieron a la ciudad, ahora pertenecía al Ministerio de Defensa, cuyo plan era el de ponerlos a la vente, y otorgarlos al mejor postor. Si ese postor era el Ayuntamiento, volverían a la Ciudad. Así, con mayúscula. Pero ese comprador bien podía ser cualquiera.
Cualquiera que se siguiera aprovechando de la situación. Especuladores, inmobiliarias, jugando con lo que una vez fue nuestro, y quizá nunca dejó de serlo. Zamora, viviendo aún una transición llevada con la calma y el desatino constantes de este enclave fronterizo, era un hervidero bullicioso de pequeñas ideas. Ideas como el hormiguero que era el centro urbano, de calles todavía de piedra, de gente que se conoce y se saluda, de gente que espera algo positivo del final del siglo XX que tanto había prometido. Por ejemplo, una Universidad para este núcleo creciente.
Firmas, manifestaciones, movilizaciones. El efecto dominó, o el efecto mariposa. Zamora batió sus alas, y la Ciudad, con su alcalde a la cabeza(el Popular Antolín Martín en aquel entonces) saltó la valla del Cuartel. Para reclamar en primer lugar lo que era suyo: el pasado. Y además reclamar lo que todavía no lo era, el futuro. Esa era la Zamora que echamos de menos. La que ya no existe. Aquello se consiguió. El Cuartel Viriato pasó a propiedad municipal. Escenas sublimes en fotos blanco y negro de La Opinión de Zamora. Caras sonrientes. Objetivos, sueños. El Campus se inauguró en 2002, 12 años después.
Pero el problema viene en esos 12 años, o en estos 20, ahora que hollamos el 2010. El problema viene con todo lo que se ha ido. Se ha ido esa ilusión, que fue como cualquier otra: un combustible que nunca te avisa cuando se va a terminar, o inflamable y explosivo entre tus manos. Se ha ido esa gente, que se cansó de esperar. Se ha ido toda la ciudad, que ahora no es nada más que un mosaico que se recompone de vez en cuando, y no una vidriera unida que deja pasar la luz coloreada.
Zamora se nos ha ido entre las manos, se nos muere. Hablamos en las terrazas por la noche de cambiar el futuro. Somos granos de arena que no llegamos a hacer un solo terrario, ni una sola pecera donde en realidad necesitamos un desierto, necesitamos un mar. Zamora se nos muere, y vivimos de lo que fuimos, vivimos de conmemorar los 20 años de la Toma del Cuartel, de nuestra Bastilla particular, de lo que pudo haber sido una Revolución y sin embargo ahora, 20 años después, y viendo la realidad, viendo el presente, se nos antoja que aquello más que una ráfaga certera fueron fuegos de artificio.
sábado, 29 de mayo de 2010
Apología
En este mundo hay dos clases de gente:
Los buenos, y los hijos de puta.
Él era uno de ellos.
(Rubén Bartolomé)
Los buenos, y los hijos de puta.
Él era uno de ellos.
(Rubén Bartolomé)
El Comando Lisboa se reunió anoche en bodegas de la capital. Atentaron contra su propia dignidad con el arma de las palabras. Se les vio perfectamente, dejaron su rastro marcado por los bares de copas. Como policías que siguen rastros de carne por carreteras nacionales. El Comando Lisboa no tiene nada claro. No hay un cabecilla, no hay miembros fijos, no hay un carnet de pertenencia, ni siquiera unas normas, porque se violarían constantemente. Anoche dejaron pruebas de identidad diseminadas por la ciudad, que hoy se recomponen como un puzzle borroso. Su himno, sus apologías, que no sus disculpas. Su transgresiones por encima del caciquismo-cola, por delante de los porteros de discoteca, por debajo de las mujeres de carnes prietas, e incluso de las feas, sobre todo de las feas. El Comando Lisboa se dispersó cerca del amanecer con promesas de todos los colores, disparando al aire más palabras como balas de fogueo. No hay un futuro claro. Saben que van a acabar encerrados en alguna parte. Exiliados, seguramente, sin temor a ninguna represión más que la que ellos se exigen. Que es mucha. Hay viajes, hay más trampas, hay secretos vociferados, hay cajas de pandora y recámaras, maletas con doble fondo y pozos sin fondo. El Comando Lisboa quiere ser como el Equipo A, pero no tienen furgoneta con rayas ochenteras, tienen que ir andando o en tren o en low-cost, así que nunca llegan a tiempo a salvar vidas. Probablemente por eso también suelen llegar tarde a la suya propia. Se autocompadecen más de la cuenta. Se abrazan y seguro que se echan de menos. Pero mantienen un poco la máscara, hay demasiada gente que los conoce por ahí. Que los ve cometiendo errores y aciertos. El Comando tiene la razón en todo lo que hace y dice, son fascistas y anarcorrepublicanosindicalistasverticales. Se disfrazan de losers, y el traje les queda de puta madre, aunque duermen en pijama de rayas azules y blancas, y cuando se levantan todo parece que va bien, y se acuerdan en píldoras de la noche y de todo el trabajo que les queda por hacer hasta ser de verdad los que quieren ser. El Comando Lisboa es algo que podría no existir, pero siempre hay algo contra lo que seguir luchando, por eso quizá esto es cierto y mentira a la vez.
viernes, 21 de mayo de 2010
Antonio Vega y Eva Amaral me cantan a dúo desde el inframundo, qué estamos haciendo despiertos a las 11.30 de esta mañana sin tormenta, estoy seguro de que en la televisión ponen algo interesante, fútbol, motociclismo, algo que no nos diga que hemos hundido el mundo con esa sutil capacidad de los telediarios para hacernos sentir culpables variando sólo una octava el tono de voz. Amaral me recuerda a aquella tarde de febrero por Zaragoza con el sol bajando y nosotros corriendo con el VW Golf entre los edificios posmodernos de la Expo hacia la estación del Ave, y sin embargo Antonio Vega me recuerda a aquella tarde de hace un año en el mismo VW Golf volviendo del Tormes, podría ser que todas las redes estén hiladas de alguna forma que no alcanzamos a ver, que se nos escapa mientras hacemos nuestra pequeña trayectoria impredecible, y creemos chocar por azar contra algo que ya está trazado y acabado a nuestras espaldas, por encima de nuestras cabezas; tenemos esa pequeña y egoísta sensación de eternidad, tenemos ese círculo lleno de nosotros mismos y que imaginamos suficiente, sin darnos cuenta de que todo se nos va de las manos, a nuestro alcance sólo están banalidades como decidir de qué lado vamos a dormir esta noche, o qué lata de cerveza preferimos para ver el fútbol. Y si, siendo banalidades, nos las tomamos como algo trascendente, quizá es que ya hemos visto que sólo podemos aspirar a eso. Pero eso Antonio Vega ya lo sabe.
lunes, 17 de mayo de 2010
Vals à deux
En aquel entonces sobrevino el fin del mundo. Yo estaba cagando, mientras leía el periódico. Anunciaban medias de nylon. Medias de nylon, ¿te lo puedes creer? No sé dónde vamos a llegar, pensaba yo, mientras apagaba el cigarro y me ponía los tirantes sobre la camiseta interior blanca. Doblé el periódico debajo del brazo, tiré de la cadena, me lavé las manos. Salí, atravesé el pasillo, fui hasta la cocina donde tú preparabas tostadas. Te abracé y sobrevino el fin del mundo. Girada sobre la encimera me miraste. Lo recuerdo bien, aún conservabas tus ojos de fuego para encenderme, me miraste. California Dreamin' en el estéreo, el single a 45rpm. All the leaves are brown. Quise agarrarte por la cintura, bailar. Las baldosas azules y blancas brillaban, tu falda gris, tu cintura, quise agarrarte por la cintura, y sólo me mirabas, de modo que bailamos en silencio una de tantas canciones tristes que hablan de cosas alegres. Con la izquierda entre tus dos escápulas te palpaba las vértebras que se hacían prominentes al inclinarte sobre mí. Yo quería hablarte de hipotecas no pagadas, de mis fracasos, de mis pelos blancos al afeitarme, de los cortes en la mandíbula y los tropiezos. También quería contarte historias geniales que se me ocurrían cada día delante de la Olivetti, de frases espectacularmente prometedoras, y sin embargo folios en blanco coronaban el escritorio, reflejando la luz de mayo, haciendo brillantes las paredes, las reproducciones de Kandinsky. Se terminó el single, volvió el silencio que yo palpaba entre tus vértebras. Algunas noches me despierto empapado en sudor y pienso en la piel de tu espalda y las baldosas, en cómo te quitabas la falda, pienso en cuando sudabas. Luego vienen nombres y botellas, quién te crees que eres. ¿Bukowski? ¿Ginsberg? ¿Kerouac? Si yo te hubiera contado aquella mañana todo, el fin del mundo no hubiera sido de fuego, nubes de ceniza y relámpagos entre lava al cielo, el fin del mundo no habría sido de terremotos y abismos negros, habría sido de agua, de olas gigantes que arrasan la primera línea de playa con chalets como aquel que ya no podíamos pagar. Fui hasta el estéreo, no quería más silencio, puse un LP a 33rpm. Elvis. Elvis está bien, te hace bailar, te promete lo que nadie más haría, por eso está bien, por eso es El Rey. We're caught in a trap, i can't walk out. Mi mano izquierda entre tus escápulas, tu izquierda la sostenía con mi mano libre, y nos movíamos despacio, siempre sobre las baldosas. Describíamos círculos, primero tomamos como referencia la cafetera, y después nos fuimos haciendo excéntricos, quizá hasta volvernos tangenciales a la puerta. Geometría cónica básica para principiantes, un ejercicio demasiado simple para nosotros, que manejábamos la aguja del compás casi sin quererlo. Si yo te hubiera contado todo aquella mañana, no habrían sido relámpagos sino huracán y casas con el tejado deshecho, los vinilos estrellados y un poco de sangre en el labio inferior. Sin embargo, quién era yo para romper el silencio. ¿Bukowski? ¿Ginsberg? ¿Kerouac? Yo no podía decirte frases tan crudas que te hicieran sentarte en la cocina a llorar pensando en el vals que significaba el fin del mundo; tú creías que te estaba reservando el champán para los años en los que la sequía y el maíz revalorizasen el petróleo, el petróleo alcanzase la primera línea de playa, la primera línea de playa se cubriera de olas, y con ellas los chalets y mi silencio. El champán como estallido final, y las copas heladas en nuestras manos heladas. Bailábamos, te atreviste a levantar la cabeza y dejé de sentir tu columna. Quería besarte, y lo hacía poniendo mensajes entre líneas en todos aquellos folios en blanco, totalmente convencido de que entrarías cada mañana a limpiar el escritorio, y, revolviendolos, encontrarías tu nombre repetido inequívocamente, aunque lleno de borrones y faltas de ortografía, imaginándote como yo lo hacía: llena de imperfecciones. De esta manera a la mañana siguiente me salvarías con tu sublime perfección, vendrías sin hablar y me cogerías la mano que yo te ofreciera, Sinatra en el estéreo. And then i go and spoil it all. Y nosotros bailando para esperar el fin del mundo que ya nunca sería de lava, sino de [des]hielo, porque yo siempre seguiría callado y escribiendo tu nombre a mano en folios blancos.
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