sábado, 20 de marzo de 2010

I. Eres sólo un fantasma, una sombra, me das miedo, mucho miedo cuando te miro sonreir así, yo que te recuerdo a mano despacio, por la cadera, por el hombro y el cuello. La noche arde en la ciudad del Turia; elevan a cenizas sus súplicas, aquí llueve despacio y el asfalto y mis botas y las piedras. Sabes, odio esas parejas que se hacen fotos sin que importe el fondo y también a las que se besan en los intervalos en rojo de los semáforos. Me duele por encima del ojo izquierdo, estas madrugadas son un poco infierno y un poco masoquismo. Me duele la muela que está encima de la que debería doler de verdad. ¿Eso también se contagia?

II. Cállate y bésame, tonta. Rick lo ha hecho bien. El avión sale de Casablanca. Louis Armstrong hizo una gran versión. ¿De qué color sería el París que hemos conocido en blanco y negro? Escucho el Danubio Azul. Una vez estuve en Viena. ¿Estaría Rick allí antes de 1938? Estuve en Viena una tarde, había tarta Sacher. Rick se da a la bebida, fijo; tan fijo como que ese gendarme es homosexual. No puedo tomar en serio a los franceses. Con ese bigotito. No puedo tomarles en serio. ¿Tú crees que París tiene ahora otro color?

III. Corría el año 1924 cuando Irvine y Mallory empezaron a escalar el Everest. No aparecerían hasta principios del siglo XXI, y nadie sabe si fueron ellos o Hillary los primeros en pisar la cumbre, porque nunca apareció la cámara de Mallory. Ahí arriba nieva, y las piernas están cerradas, los pies sumergidos en hielo y agujas para las falanges, pero están en la cima. Helados, pero en la cima; eso es algo que nadie les puede quitar. Las botellas de oxígeno escasean en el mercado negro, pero qué difícil debe ser hacerlo a pelo. Y la cámara que nunca ha aparecido tiene el misterio resuelto. Nieve en el Everest, los pies helados. Seguro que ellos también odiaban las parejas que se hacen fotos en la cima del mundo.

IV. Esta hora no puede ser buena, dice. Y se vuelve a la cama.

jueves, 18 de marzo de 2010

Léete mi horóscopo


Léete mi horóscopo, me ha tocado llegar tarde y corriendo otra vez, enseñando el culo por encima del cinturón y perdiendo los papeles. Léete mi horóscopo, estoy por encima de ti y por debajo de esto. Me dedico a la venta de anuncios por palabras, señora, cómpreme algo que tengo cuatro hijos de puta y dos mujeres que alimentar, señora cómpreme cincuenta palabras, que me salen como churros. Léete mi horóscopo, me dice que de salud genial, que nunca más me tendrán que sacar de la pared del pecho medio litro de agua de lavar carne que me recuerda más bien a sangría Don Simón sin un solo hielo. Yo leo el periódico por las mañanas como quien fuma rubio en el balcón, sin ganas, sin sabores extraños en la boca, ni café y nada que contarnos el periódico y yo, yo, yo, yo leo el horóscopo, ¿por qué no habrías de hacerlo tú? Léete mi horóscopo, verás que la suerte está de mi parte, y hasta la edición de mañana por la mañana no tienes nada que hacer contra mí.

El doble de las escenas de acción

Buscaba un Opel Corsa blanco del 85 por la ciudad. Como el que ella tenía. Buscaba un Opel Corsa blanco del 85 por la ciudad para que le atropellase. No que le atropellase ella. Al menos, no necesariamente. Porque quería que ella lo viese rebotar contra el parabrisas y saltar un par de metros. Estaba todo ensayado. Había grabado en vídeo la escena varias veces, había mejorado su técnica de caída sobre los pasos de peatones. Incluso había veces que le quedaba niquelado, justo sobre la luz verde del semáforo, de modo que no sólo actuaría de miedo, sino que incluso le sacaría toda la pasta al seguro.

Buscaba un Opel Corsa blanco del 85 por la ciudad. Caminaba concentrado y se aprendía de memoria las líneas de autobuses, se miraba en los escaparates, silbaba la radio. Y por el rabillo del ojo controlaba el tráfico. El Opel Corsa blanco apareció una tarde en el cruce de su calle con su panadería. No era ella, de modo que no hizo amago de lanzarse al paso de peatones. Se quedó parado en la acera, apuntó la matrícula mentalmente; los niños lanzaban balones a la calzada, las gaviotas cagaban en el paseo marítimo. Se pasó la tarde dibujando en servilletas de papel las diferentes trayectorias. Incluso utilizó el sistema métrico decimal y las reglas de tres para sacar tiempos y velocidades. Se pasó toda la tarde pagando cañas mientras retocaba los aspectos más sutiles del plan. Un Opel Corsa blanco, ella, o no ella. Pero si no era ella, se volvía cobarde, no se lanzaba al coche, no daba la voltereta con el mismo afán. Y eso había que mejorarlo.

Buscaba un Opel Corsa blanco del 85 como el de mi padre por la ciudad. Llevaba los pantalones vaqueros para evitar quemaduras, pero sin rodilleras, que eso no era de hombres. Los hombres se caen y se levantan. Los hombres se pelan las rodillas, y siguen. En su mente reconstruía despacio la secuencia de hechos, y pensaba con pesar en aquel del otro día al que dejó escapar. Se escapaba y se escapaba y se escapaba. Y con él, se escapaba ella, se escapaba la pasta del seguro, se escapaban el semáforo en ámbar y las rayas. Compraba un croissant de chocolate, pensaba en cine de Wong Kar Wai que no había visto en la vida, escuchaba a Marvin Gaye en el hilo musical.

Un Opel Corsa blanco del 87 bajaba por la calle. El semáforo estaba en verde. La matrícula estaba doblada. El doble de las escenas de acción saltó por encima del capó con vaqueros azules, con botas de cuero y aterrizó al otro lado con el croissant y el dvd de Hierro 3. Se reía, pensando en que podría haber sido un gran error, que el Opel Corsa no era ese, que seguiría con suficiencia buscando el coche blanco y la manera del atropello. Sin embargo, nadie en el registro le había dicho que dieron de baja antes de ayer el último de aquellos modelos, y que si quería liarla así, tendría que irse a Pucela.

lunes, 15 de marzo de 2010

Google cares

La publicidad, argumenta mi amigo Arnau, está cambiando de actitud. Es decir, se han dado cuenta de que al público en general le resulta agresivo e intimidante el constante e indiscriminado ataque, que en lugar de acercar el producto al cliente, le provoca una mueca de desagrado y ganas de echar a correr, de cambiar de canal o de cerrar la web que esté leyendo.

Por eso este cambio de enfoque. Esa actitud de "si nos quitan, será que algo hemos hecho mal". Caminanos hacia otra clase de identificación con el producto. Y ahí es donde Google, a pesar de sus posibles y criticables fallos políticos y/o de doble moral, ha acertado por encima de otros muchos.

Primero, porque te da la opción de elegir, ante todo. Elegir si quieres o no publicidad, y eso es tan hábil que ya te predispone a su favor. Segundo: el simple y efectivo hecho de la publicidad relacionada. Si yo entro en una web, demuestro cierto interés por el tema que tratan. Por lo tanto, anuncios relacionados con dicho tema pueden seguir despertando el interés en mí. Tercero, esa ilusión de cercanía y comprensión que parecen demostrar.

Y digo ilusión, porque detrás de todo esto, sigue estando la pasta de por medio. Pero siempre podrás pensar que Google se preocupa.

viernes, 12 de marzo de 2010

Delibes a la sombra de un ciprés


Salinger y Delibes al hoyo en el mismo año. Como el Tiñoso, en El Camino. Recuerdo El Camino. Yo tenía 11 años, creo que los mismos que el Mochuelo. Era verano. Yo era el Mochuelo. Delibes fue mi primer grande. Era verano, y yo era el Mochuelo, yo no sabía que leía a un grande por primera vez. Me tragué El príncipe destronado por encargo allá en la ESO. Y en un año oscuro no muy lejano La sombra del ciprés es alargada. Ahora es alargada para ti, Miguel, don Miguel, maestro, te decían. Quedan tus letras, en esa Castilla que tanto odio, pero tú quizá eres Castilla del mismo modo que yo quise ser Daniel el Mochuelo, así que en una tarde como la de hoy las letras nos van a salvar de lo único irremediable, y de Castilla.

jueves, 11 de marzo de 2010

Corriente alterna

/fill the night with stories/the legend grows

Nos conocimos una noche cualquiera, en un bar cualquiera de esta ciudad, que como suponéis, bien puede ser una ciudad cualquiera. Yo la tengo aún en mente, concretamente grabada eléctricamente en algún lugar de mi memoria, que es un ente selectivo pero modulable según las percepciones. No faltó la química del etanol en nuestro primer encuentro, y aunque al principio lo nuestro no pasaba de ser algo físico, como podéis suponer a estas alturas, ella era de ciencias. Yo por aquel entonces trabajaba en el alambre.

Concretamente, reponía los cables subterráneos de alambre de cobre que llevaban la luz. Un mono azul butano y unos guantes aislantes, unas botas con suela de goma. No me estresaba demasiado, pero por si acaso escuchaba los AC/DC para liberar tensión. Ella menospreciaba un poco mi manual actividad, y yo pensaba que si supiera toda la verdad de las manos quemadas que tenía, se echaría para atrás. Pero callaba, en pro de lo nuestro. Comenzamos con el intercambio de electrones quitándonos el jersey de lana en pleno enero y sacando chispa de la noche, que llenaba la oscuridad de nuestra habitación de pequeños destellos crepitantes. Luego el intercambio fue de fluidos, ella me decía al oído que había ordenadores que sacaban dinámica computacional de todo aquello, acariciaba mi espalda y hablaba de mejorar mi penetración en el aire, de hacerme aerodinámico. También hablaba de penetrarla en el aire.

Fue más tarde cuando descubrí que aquello era peligroso, pero nos gustaba. En mis ratos quirúrgicos libres, y con la ayuda de algún manual de consulta, yo lo llamaba el síndrome de la valla eléctrica. Porque ella (que, como a estas alturas queda claro, llevaba el mando y cambiaba de programa a su antojo) decidió que debíamos ponerle unas reglas al juego. Aquello era un juego, repito. Las reglas no eran muy difíciles. Poco más de lo que supondría un pequeño esfuerzo.

No cruzar en verde los semáforos. No desconectar la lavadora si está centrifugando. No hablar en voz alta más allá de las 3 de la mañana ni antes de las 8. Llevar los jueves una prenda verde. Poner todos los calcetines en el quinto cajón de la cómoda. Sólo buscar frecuencia modulada en el coche. Caminar por la acera izquierda siguiendo los números impares. No pisar las hojas verdes recién caídas. Sólo canales neutrales ideológicamente en la televisión. Sólo periódicos cuya tinta no se pegue a los dedos. Prohibido cantar los goles del contrario. Canciones con letra en alemán.

Conectó a mis pulgares y a mis dedos gordos cuatro electrodos e hizo lo propio con ella. Al menos, nunca podré negar la evidente igualdad. Luego llevábamos en la cintura una batería como esos micrófonos inalámbricos. Si alguna de las normas se incumplía, unos cuantos voltios se descargaban sobre nuestro cuerpo. El de la otra persona. Si todo lo anterior sonaba perverso, esa, esa era la verdadera vuelta de tuerca. Sufrir en la carne los errores del otro. Cada pequeña quemadura negra que iba trazando una constelación era el recuerdo diario. Empecé con ilusión pensando que podríamos aprender, aunque fuera despacio. Y que se irían reduciendo los chispazos.

Pero llegó el día que no fue así. Que llegamos a la cocina. La ropa negra, las manos negras, los ojos negros, sus ojos negros. Y nos miramos. Lo supe. Lo supe. No nos dirigimos la palabra, sólo la mirada, la mirada, aquella mirada. Dormí en el salón, sobre la alfombra, con la esperanza de prenderla. Y ella debajo del nórdico de plumas. Encendí la televisión y canté cada gol del 2-6 como si fuera la final del Mundial. Ella se levantó y fue al cuarto de baño. Puso tres calcetines (impar, siempre impar) en la lavadora, y a mitad del centrifugado lo detuvo. Luego los puso en el quinto cajón de la cómoda. Yo abrí de par en par el Marca. Salí a la calle, la 1 de la mañana, 3 grados bajo cero, y yo ardía. Esperé con toda mi paciencia a que el semáforo se pusiera verde, mientras recibía dos descargas más (que nunca supe que eran por escuchar la banda AM en la radio, y por recitar a Brecht y su Ópera de los Tres Peniques).

Bajé hasta el río. Los cables me habían carcomido la piel y tenía caminos quemados por mi espalda, que se cruzaban como hilos de araña. Estaba en medio del Puente de Piedra. Tirar del cable. Tirarme. Me daban vueltas y descargas (jueves, ella vestida de rojo marino) Sentía cada electrón a traición, cada milivoltio multiplicado, mi tálamo explotaba en sensaciones multicolores. Mis pulgares sangraban. Buscaba el botón de autodestrucción en el abdomen. De pronto, todo se detuvo. Ella había bajado con el coche, conociendo de memoria mi camino. Ella se bajó del coche. Ella me quitó las pilas, sin hablar. Ella se subió al coche. Ella me dejó allí. No llovía. No era romántico. No era poesía ni nada sobre lo que valga la pena que Garcilaso escriba. Pasaba más gente. Gente que no miraba. Gente que no ha recibido nunca una descarga eléctrica por odio. Ni por lujuria. Ni por resquemor, ni por venganza. Gente que pasaba, que no miraba.

Ahora yo reparo televisores y mi pulgar izquierdo no tiene uña, y me duele al calzarme. Y de vez en cuando, cuando no siento nada, me paso un cable por el pecho y aprieto un poco para que al ponerme el pijama la noche se haga un poco de crepitaciones y de odio, y de olvido, y de electrones en cadena.

martes, 9 de marzo de 2010

Te pedían

La gente por la calle te pedía a gritos, yo me desconcertaba dando vueltas, la gente te pedía, te pedía, no paraban porque no podían parar, porque no querían parar ni entender, quizá no había nada que entender, por eso ellos pedían, a ti, como una salvación andante. “Otra, otra”. “Pero”, decía yo en mi ignorancia, “si tú eres tú y no otra, qué piden”, “qué van a pedir”, decías con tu sonrisa, “me piden, me piden a gritos, no los oyes, ahí fuera, como insectos de esta tarde de agosto, de tormenta, como insectos con sus molestas alas transparentes de plexiglás de balón de playa de marca de refresco”. Revolotean en sus sueños, en eso que ellos creen real, en eso que ellos viven real, realmente saben lo que viven, y somos tú y yo los que vivimos mintiendo, mintiéndonos, jugamos con las palabras sin mirarnos a la cara ni a las cartas que hemos dejado de escribir hace varios años luz, luz de flexo a la una y treinta y dos, eso éramos, en una habitación pequeña para dos y grande para mí. “No los oyes”, repetí autómata, “sal, anda, te piden aún.”

Yo no entendía las voces de fuera, sólo entendía mi ventana del balcón temblando, como cuando se paraba un trailer en el semáforo de enfrente, los domingos por la tarde con telefilmes en la cadena pública que no menciono por no hacer publicidad, entendía ahí abajo el rumor. “Otra, otra”. Me desconcertaba tanto el hecho de que fueran ellos y no el silencio los que poblaban el empedrado como siempre lo fue hasta que llegaste, hasta que te nombré por primera vez, hasta que me perdí y nos encontramos, qué voy a saber yo de esto, qué voy a saber de nada, no me ves, mírame aquí, sentado en la cama con mis ojos de estudiante de tercero de primaria, con mi pelusa en los pómulos, sal, ellos te piden, piden a otra, otra más, y para mí esto ya ha valido, no soy tan egoísta como para quedarme sentado, esta colcha no podrá mucho rato más con los dos.

Entonces me miraste, me miraste porque lo recuerdo, y lo recuerdo porque me miraste, así, con viceversa y redundancia; no me me miraste con viceversa y redundancia, sólo me miraste de la misma forma que supongo mirabas a tus libros del bachillerato que dejaste a la mitad, aunque a mí no me dejaras a la mitad ni tampoco me repitieras, te fuiste con las voces de la calle, porque, claro, te pedían, te pedían a gritos, y yo callaba con la misma náusea que Sartre, si hablaba te iba a vomitar todo, te mancharía esa cara blanca y rectilínea y ya dejarías de mirarme igual que a tus libros de bachillerato para empezar a mirarme como a los seguratas que te escupían en bares de mala muerte, te fuiste con las voces de la calle y me quedé solo, yo solo estoy ahora, yo sólo estoy ahora contándole a estos señores lo que ocurrió la vez aquella que te pedían a gritos desde la calle, pedían otra, otra, y te bajaste, otra más.