A mediados de Junio me junté con unos cuantos experimentos escritos a mano, y se los envié a Clifor en busca de una segunda opinón poética. Clifor me hizo una lista con los libros que debía leer si quería saber lo que era poesía. Libros que yo he ido devorando poco a poco, sin hacer ruido, deteniéndome lo justo en unas esquinas y parándome todo el tiempo del mundo en otros. Esta semana he llegado hasta el "Aullido", de Allen Ginsberg, autor norteamericano de la segunda mitad del siglo XX, miembro intemporal de la Generación Beat.
Aullido es eso. Un desgarro en la garganta, sacar la locura que se agolpa en las neuronas a base de aporrear una máquina de escribir con metáforas de verdad, de la verdad que sólo ven los que ya están ciegos. Ginsberg grita y se revuelve contra una realidad depravada que no merece ni apelativos de cine negro, es sólo tierra de alcohol y manicomios, de comunismo panfletario acorralado por la caza de brujas, de poesía contra todo y contra todos, lejos de la caverna academicista.
Aullido es un libro con fuerza, la fuerza que le da el dolor. Aullido es sincero, y eso es lo que le da el valor. El valor de esta poesía que no recurre al pastel del amor edulcorado, que no recurre a las leyendas gitanas ni a la Guardia Civil, que no se va de Castilla, sino esta poesía americana que hace lo que todos deberíamos hacer en algún momento. Ser sinceros.
"He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura..."
lunes, 16 de marzo de 2009
jueves, 12 de marzo de 2009
Oporto o la Decadencia
Elige llegar tarde a comer. Elige subir tarde a la habitación. Elige dejar tus cosas en la 408 pero ir directamente a la 415. Elige mirar a los ojos de Pablo, y oir como te dice que se quieren ir a Oporto. Elige ir a Oporto. Elige tres colegas de puta locura, un guiri, un hombre lobo y un trípode. Elige un Audi A3 Sportback 2.0 TDI automático. Elige comprar en el Eroski comida de picnic. Elige la autovía hasta la frontera, y más allá. Elige cambiar el aceite en Portugal. Elige Editors en el radiocassette. Elige atardecer bajando hacia el Duero. Elige el Estadio do Dragao, rodeado de portugueses con bigote, y portuguesas sin él. Elige quedarte sin entrada, y elige Superbock en un centro comercial para mentes apagadas. Elige fiesta donde nadie más la ve, elige garitos cerrados para intelectuales donde te cobran por salir y no por entrar, donde tienen rones blancos para maricas que beben de pie hablando como señoritas. Elige dormir una hora cuatro tipos en un coche que se va quedando sin oxígeno, y los cristales empañándose. Elige pasear bajo la luz de la luna hasta el puente del Duero con Pablo, donativos de treinta céntimos, elige tipos de dos metros con gabardinas negras que se llevan la mano al bolsillo interior. Elige Mañanitos de chocolate y GPS de luz nocturna, elige autopistas de peaje y autovías solitarias. Elige no dormirte y relevar en gasolineras de baja estofa. Elige dormirte de copiloto, y deslumbrarte al llegar a casa. Elige subir sin desayunar.
¿Desayunar? ¿Quién necesita desayunar cuando tiene Mañanitos al volante de un A3 rojo?
¿Desayunar? ¿Quién necesita desayunar cuando tiene Mañanitos al volante de un A3 rojo?
domingo, 8 de marzo de 2009
Me evaporo, nena
Me evaporo, nena, me voy de esta ciudad y no te llevo conmigo porque no, porque estoy decidido a olvidarte, te lo escribo en una servilleta de papel, limpiate lo que quieras con mis letras [los labios, el culo] pero andate con cuidado, que ensucian también si aprietas mucho, como yo cuando me aprietas demasiado. Me voy, ahí te dejo las llaves de una casa que no es mía, de un coche que es de alquiler, de una taquilla prestada, te las dejo juntas en esa cadena para que te ates donde te dé la gana, porque yo estoy libre ahora que ya no me haces caso. No sé si tú y yo sabemos lo que pasa, no sé si yo sé lo que pasa, no sé si pasa algo, pero ahí te tengo, donde siempre estabas, y girando la cabeza hacia otro lado, y sin decirme nada, y es que yo tampoco tengo más que monosílabos para ti, punto y aparte.
Entonces empezaré el párrafo final, segundo y final, fíjate qué ironía, diciendo lo que no te voy a decir nunca. Que esto no existe, que cuando me haya vuelto a otra ciudad que tampoco sea mi ciudad ya habrás encontrado lo que buscamos, y yo seguiré perdiendo lo que encontraste por todos los bolsillos de mi cazadora cara del mercadillo de los martes por la mañana. Tengo tantas ganas de nada como de ti, tengo un dolor de cabeza provocado por las dosis de ironía con las que nos atacamos que presiento que voy a tener que cerrar este libro con un punto y final, antes de que se me escape el bus. Me evaporo, nena.
Entonces empezaré el párrafo final, segundo y final, fíjate qué ironía, diciendo lo que no te voy a decir nunca. Que esto no existe, que cuando me haya vuelto a otra ciudad que tampoco sea mi ciudad ya habrás encontrado lo que buscamos, y yo seguiré perdiendo lo que encontraste por todos los bolsillos de mi cazadora cara del mercadillo de los martes por la mañana. Tengo tantas ganas de nada como de ti, tengo un dolor de cabeza provocado por las dosis de ironía con las que nos atacamos que presiento que voy a tener que cerrar este libro con un punto y final, antes de que se me escape el bus. Me evaporo, nena.
sábado, 7 de marzo de 2009
Una de verdad
Cómo me gustaría llegar y tener una historia para contar. Simple, llena de tópicos, con su principio y su final. Una historia para llenar cien páginas. Para contaros cosas sobre el amor maduro e inmaduro, sobre el mío y el de otros. Para relatar un asesinato en tercer grado, cómo me gustaría una buena trama sobre la que sostener personajes redondos que se moviesen en la cuerda floja y que llegaran a buen puerto. Con sus flashback, con sus giros argumentales. Cómo me gustaría tener una buena historia que contar, y la voluntad para contarla.
Pero sin embargo aquí estoy, mi historia no merece más la pena que ninguna otra, así que todo lo que puedo hacer es no envolverla con artificios, contar verdades y callar otras cosas. De cómo me persiguen, y cómo escapo. De cómo no sé querer a quien me quiere y quiero querer a quien no lo hace. De cómo pasan los días y ni siquiera hay problemas que llamen a la puerta. De cómo se va la vida y nada se viene. Eso es.
Siéntate, quédate ahí, y escucha. El espectáculo siempre continúa.
Pero sin embargo aquí estoy, mi historia no merece más la pena que ninguna otra, así que todo lo que puedo hacer es no envolverla con artificios, contar verdades y callar otras cosas. De cómo me persiguen, y cómo escapo. De cómo no sé querer a quien me quiere y quiero querer a quien no lo hace. De cómo pasan los días y ni siquiera hay problemas que llamen a la puerta. De cómo se va la vida y nada se viene. Eso es.
Siéntate, quédate ahí, y escucha. El espectáculo siempre continúa.
viernes, 6 de marzo de 2009
Va de viernes
Hoy me levanté, me duché y me corté un brazo. Sin querer, eh. Al principio no lo noté, fue duro pero fue contra mi armario, así que fue un choque digamos que familiar. Y luego dije: oh, dios, otra vez el brazo derecho no, ya la hemos cagado. Así que me tapé el muñón a la altura del hombro con tres toallas que dejaron de ser blancas en pocos minutos, y tiré el brazo a la papelera de mi habitación. Para compensar, me concedí seiscientos gramos de paracetamol, y seguí la jornada. "Hey, tío, ¿y tu brazo?" Bah, ya ves, cosas que pasan. Tirando p'alante con sólo la zurda. No os creais que fue fácil, la verdad es que lo asumo con dignidad, yo hago mi vida y eso. Pues nada, ahora escribo menos cartas y más despacio. Cambiar de marcha es una mierda, así que decidí pasarme al transporte público. También tuve que adaptarme a mi vida de soltero onanista y solitario, de modo y manera que ya no me valen mis viejos gayumbos, porque cargo hacia la izquierda. ¿Qué pensabais? Puedo tener sólo un brazo, pero no por eso dejar de estar soltero. Y nada, ahí andamos, como decía mi abuelo, el hombre, un tío sabio, ojalá me hubiese visto desenvolverme sin mi brazo derecho, habría estado orgulloso de ver cómo gané el campeonato del barrio de pingpong, y quedé finalista de volley a una mano. Sí, sí, y todo esto porque me levanté un viernes y me corté un brazo, pero sin querer, eh. Si es que las cosas tienen que ser naturales, son los palos de la vida, y bueno, podría ser peor, en fin, podrían haberme cortado la luz, el gas, o los huevos, y aún así tendría que seguir adelante, que lo dice el bueno de Punset. Lo de los brazos es una cuestión meramente materialista, lo importante es no marearte cuando te ves o te ven al espejo, cuando te llaman por teléfono con buenas nuevas o algo por estilo. Yo que sé, si yo de esto no entiendo. A mí dejadme tranquilo, que cuando me toca colocarme la almohada ahora o dormir de lado es dificilísimo, que doy vueltas en la cama de noventa como si no costara, y algún día si que me va a costar un disgusto. Ay, madre, si lo llego a saber aquel viernes habría salido a emborracharme la noche anterior, quién me manda levantarme a las siete de la mañana y ducharme, que igual voy y me quedo sin brazo en un bar, ya, nadie dice lo contrario, pero lo mismo me habría salvado. Bah, en el fondo lo importante es que todavía tengo el izquierdo para sacarle la peineta a todos esos suertudos que conservan la otra mano. Qué mal repartido está este mundo. ¿Me da usted una monedica pa' ponerme?
jueves, 5 de marzo de 2009
Papá

Mi padre es un buen tipo, o eso se comenta por ahí. Es el hombre al que la crisis tiene contra las cuerdas, el hombre que no puede leer las noticias económicas en internet [la mitad de las veces por prohibición expresa de mi madre, la otra mitad porque yo okupo el ordenador descaradamente] y aún así se tira los pocos ratos libres de las mañanas ojeando la intranet mientras escucha Eagles y Alan Parsons a la vez que le pone buenas caras a las ciento ochenta operaciones de caja a las que se enfrenta día a día. Él me enseñó todo lo que sabe sobre la música, incluso lo que no sabe. El resto, lo poco más que he aprendido, ya me lo he buscado yo solo, y claro, así me va. Mi padre es una fuente de historias que a veces me cansan y que otras veces nunca dejaría de escuchar [como la vez que traficó relojes]. Sabe del bien y del mal, pero está muy por debajo de eso, y nunca juzga la moral.
Supongo que es verdad eso que dicen de que los padres se proyectan en los hijos, conscientemente o no, pero lo hacen. Y por eso me gusta el Scalextric, los Beatles y toda esa clase de música qe oyen cuatro colgados, las motos y la Fórmula 1, la ciencia ficción, los maestros Asimov y Arthur C. Clarke, el grendérrimo Stanley Kubrick, por eso siempre he querido tocar la guitarra, volver a Londres, tener mi propio programa de radio y un largo etcétera. Pero es que también debido a esa proyección he aprendido otras cosas. A ser un caballero [estúpido, pero caballero] A ser diplomático, a estar en el medio de todo y no mancharme con nada. A practicar la paciencia [aunque eso se me da peor que a él]. A ser honrado. A mantener la calma. A escuchar. A ser humilde [ y qué difícil es ser humilde, cuando uno es tan grande, como dice Loquillo]
Mi padre hoy hace 53 años, ahí es nada. Y le quedan aún muchas cosas por hacer. Porque otra cosa que he aprendido de él es a no prometer nada que no pueda cumplir, así que algún día iremos juntos a Bélgica, incluso a Jerez. O le llevaré a que conozca el Topkapi, para que él pueda ambientar sus películas en blanco y negro. Dicen que llega un momento de la vida en el que te das cuenta de que los padres no son esos dioses que crees que son cuando eres un niño, unos seres todopoderosos. Y yo lo sé. Mis padres no son perfectos, pero es la naturaleza humana. Y aún así, ¿sabeis?, mi padre nunca falla. Él cree a veces que le guardo un oculto rencor por aquel barco pirata de Playmobil que no llegó a conseguir cuando yo tenía 5 años, pero lo hago sólo por putearle. Como otras muchas veces. Pero no me ha fallado, y espero que al contrario sea lo mismo, aunque podría darle más alegrías. Pero sé que él también se alegra cuando, a pesar de la vida que me pego, me salen las cosas bien jugando en la cuerda floja. Porque me divierto, y eso es algo que, si me hace feliz, él dice que le hace feliz.
Ser hijo conlleva una cierta responsabilidad. Pero ser padre tiene una responsabilidad más grande, o eso se dice. No sé. Nunca le voy a pasar cuentas a mi padre por lo que ha hecho o no ha hecho conmigo, porque hasta ahora no espero ni más ni menos que lo que hemos vivido. Y lo que nos queda por vivir. Feliz cumpleaños, Boss.
lunes, 2 de marzo de 2009
Coca Cola y la tele
Los que leais asiduamente este blog sabeis que me encanta opinar sobre asuntos en los que no tengo ni idea. Bien, hoy también voy a opinar sobre cosas que no tengo ni idea, véase Coca Cola y la publicidad. ¿El por qué? Porque esos cabrones de la agencia que sea han vuelto a clavarla.
Tratad de hacer una lista mental de anuncios que recordeis. De entre los miles de anuncios que hayais visto, que hayan resbalado por vuestras mentes engrasadas con indiferencia, y estoy seguro de que al menos uno de ellos es de Coca-Cola. Y sino lo recordais, al meno seguro que recordais haber parodiado, imitado, adulado, alguno de esos anuncios. Uno, dos, o tres al año. El clásico de navidades. El de los veranos. Y luego, entre medias, otro u otros dos, que son en los que entra la magia de la emoción.
El último vuelve a hablar del tema más manido de la historia de la publicidad. La felicidad. Otro día si eso ya os hago un ensayo sobre la felicidad, hoy ese no es el tema. El caso es que en el último anuncio se vuelven a tirar a degüello sobre la fibra sensible. Y saben cómo hacerlo, cómo emocionarte. Saben tirar a dar. Y no quiero decir con esto que vayan a vender más Coca Cola [¿es posible vender más aún?] sino que humaniza más y más la marca, como un sinónimo de felicidad, de buenos sentimientos. Wishful thinking que dirían en Harvard, según Leopoldo Abadía.
En este caso, un anciano de 102 años se dirige a una niña de pocas horas, en esos términos que sólo te da la senectud, pero con toda la naturalidad del mundo. Hablando sobre [nada más ni menos] que la Vida. Y llega, llega dentro a poco que te pongas. Otras veces es la familia la vena sensible que atacan. Otras veces el amor, juvenil o maduro. Y no suelen fallar. Qué agencias. Y qué indefensos estamos ante ellos, que con sólo un minuto y medio de metraje nos pueden dañar más que muchas películas. Es la doble lectura, más allá de me gusta o no me gusta.
Se tiran a por nosotros con mensajes de optimismo, con la felicidad que puede estar a sólo una botella de Coca Cola de distancia, con todo eso que no nos atrevemos a decir o hacer, hacen que nos veamos reflejados de manera inequívoca, nos hacen sentir diferentes. Bien o mal, pero diferentes. A mí este último me ha emocionado, a pesar de que puede que sólo sean palabras vacías con el fin de vender más y mejor.
En fin. Pseudofilosofía y Coca Cola, supongo que tan peligroso como mezclarlo con Johnnie Walker. Pero igual de bonito, en ambos casos. Y yo sólo espero que ninguno de los dos deje esa desagradable sensación de la mañana siguiente.
El último, al que me refiero:
Y otros de interés:
Tratad de hacer una lista mental de anuncios que recordeis. De entre los miles de anuncios que hayais visto, que hayan resbalado por vuestras mentes engrasadas con indiferencia, y estoy seguro de que al menos uno de ellos es de Coca-Cola. Y sino lo recordais, al meno seguro que recordais haber parodiado, imitado, adulado, alguno de esos anuncios. Uno, dos, o tres al año. El clásico de navidades. El de los veranos. Y luego, entre medias, otro u otros dos, que son en los que entra la magia de la emoción.
El último vuelve a hablar del tema más manido de la historia de la publicidad. La felicidad. Otro día si eso ya os hago un ensayo sobre la felicidad, hoy ese no es el tema. El caso es que en el último anuncio se vuelven a tirar a degüello sobre la fibra sensible. Y saben cómo hacerlo, cómo emocionarte. Saben tirar a dar. Y no quiero decir con esto que vayan a vender más Coca Cola [¿es posible vender más aún?] sino que humaniza más y más la marca, como un sinónimo de felicidad, de buenos sentimientos. Wishful thinking que dirían en Harvard, según Leopoldo Abadía.
En este caso, un anciano de 102 años se dirige a una niña de pocas horas, en esos términos que sólo te da la senectud, pero con toda la naturalidad del mundo. Hablando sobre [nada más ni menos] que la Vida. Y llega, llega dentro a poco que te pongas. Otras veces es la familia la vena sensible que atacan. Otras veces el amor, juvenil o maduro. Y no suelen fallar. Qué agencias. Y qué indefensos estamos ante ellos, que con sólo un minuto y medio de metraje nos pueden dañar más que muchas películas. Es la doble lectura, más allá de me gusta o no me gusta.
Se tiran a por nosotros con mensajes de optimismo, con la felicidad que puede estar a sólo una botella de Coca Cola de distancia, con todo eso que no nos atrevemos a decir o hacer, hacen que nos veamos reflejados de manera inequívoca, nos hacen sentir diferentes. Bien o mal, pero diferentes. A mí este último me ha emocionado, a pesar de que puede que sólo sean palabras vacías con el fin de vender más y mejor.
En fin. Pseudofilosofía y Coca Cola, supongo que tan peligroso como mezclarlo con Johnnie Walker. Pero igual de bonito, en ambos casos. Y yo sólo espero que ninguno de los dos deje esa desagradable sensación de la mañana siguiente.
El último, al que me refiero:
Y otros de interés:
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