"Tengo una foto tuya en las entrañas de mi ordenador, entre algunos megabytes de música buena, y alejada de todo el porno, para que no se manche tu mirada, que le dice algo a la cámara. Y detrás, las palmeras, silenciadas por la sorda ciencia de los chips CCD de tu Lumix. Tú estás ahí, tumbada en apaisado, sobre tu esterilla, y después la arena, y atardece. Lo que más me gusta de tu foto no es ni siquiera que sólo lleves puesto un bikini, sino que sonríes, cosa que me llevará años aprender a hacer. Tu foto te la he robado, sin que lo sepas, porque está claro que jamás me la habrías dado. No son cosas que le vayas regalando a los borrachos y mucho menos a los alcohólicos.
Pero son cosas que voy superando con calma y con anfetas [tú y el alcohol] y todos mis propósitos de enmienda son anticonstitucionales, así que es probable que un día cualquiera entre esposado al juzgado. Dicen por ahí que al juzgado se va esposado, o a desposarse, espero no verme en la segunda, porque los pocos amigos que me quedaban cuando grité el otro dia, me han dicho que me quieren ver solo a los 50, y quién soy yo para decepcionarles a ellos; la cosa es no proponérselo.
No sin esfuerzo me estoy quitando [las gafas de sol y el sombrero] para poder cruzar la puerta sin tropezar, y es que por mucho que mis manos estén frías, y mis [in]constantes sean vitales, no me siento humano hasta que no vuelvo a escuchar la canción. Humano, e irregular como ente pensante, de esos que se dice que no les ha sido concedido sentirse felices en este mundo. Yo paso de todo, y como el Judas de Leonardo, me pinto perilla con rotulador permanente para que no me conozca nadie al salir a la calle. A tomar el aire, cago en la leche, a qué si no.
A sentirme humano sin ver tus fotos."
sábado, 27 de septiembre de 2008
viernes, 26 de septiembre de 2008
La Semana Fantástica

En la poesía que leo ahora, por recomendación de Clifor, hay sexodrogayrocanrol. Justo como en la Semana Fantástica.
Volví a Salamanca con una desgana de mierda, que se cambió a las dos horas en un ímpetu alcohólico que no había tenido desde Junio. Cosas de la vida, desde que me fui de Salamanca. Digamos que sólo me ha faltado beber para desayunar, que por otra parte me lo estoy planteando. Y es que cuando empiezas a dar Anatomía Patológica sólo puedes tener dos opciones vitales: reventar tu hígado, o seguir vivo. Yo, inconscientemente he girado a la primera opción sin ni siquiera haberlo elegido. El rocanrol (así, nada de americanadas de rock'n roll) ha estado en la cabeza noche tras noche, con olores a humo y bares, muchos bares. Lo del sexo han sido más bien aproximaciones simplemente, pero por un rato vale, como dicen en mi pueblo.
La Semana Fantástica me ha cundido de cojones, hablando en plata. Y sin embargo, como pasa después de todo esto, estoy lleno de mierda pero muy vacío a la vez.
Salamanca (o la gente que la llena) me quema, y yo no sé que hacer para adaptarme. Tres septiembres seguidos jugando a lo mismo ya puede conmigo. Yo no necesito setenta personas a mi alrededor para vivir, pero si me hubiera plantado, no estaría así. Yo no necesito salir cada día con un grupo diferente, ni cincuenta cambios de bar en la misma noche. Yo lo que necesito es calma, y sin embargo me he pegado la Semana Fantástica como los más grandes.
Ya lo decía mi abuela: hay que morir de algo, y claro, como yo no fumo...
domingo, 21 de septiembre de 2008
viernes, 19 de septiembre de 2008
Quemad esta ciudad
"Quemad esta ciudad,
y entonces todos habremos huido;
todos tendremos nuestros diez minutos de gloria,
y quince de pánico."
Se me acaba el verano otra vez, y yo sin saber qué hacer, corriendo de un lado a otro. Para no darme cuenta de que en realidad sólo quedan tres días, trato de enlazar unos momentos con otros, y para eso me gasto más de lo que debo en cervezas, aunque guardo fuerzas y dinero para la sublime semana que viene. Y me voy al pueblo como excusa, y como razón; como medio, y como fin en sí mismo. Me mezclo con conocidos y desconocidos para tener siempre un motivo por el que reir. Me he vuelto a cortar el pelo para ver si empiezo a pie cambiado el domingo por la noche, pero me huelo la misma jugada de todos los años. Joder, qué pereza. Volver a aprenderme sesenta nombres y caras, volver a tener que ver otras cien ya conocidas. Joder, qué pereza volver a hacer como que estudio Medicina. Septiembre, pese a todo, no está tan mal. Tiene su emoción, su anonimato, sus ratos. Creo que me voy a volver a aburrir en Salamanca, así que inventaré de nuevo un motivo para mantenerme ocupado. Lo mío son los pueblos, pero como siempre me toca elegir entre Videmala y Zamora, me acabo quedando con el más pequeño de los dos. Y así podre llevar boina y palillo plano sin sentirme fuera de sitio. Y es que aunque solo tenemos un puente, nos sobra.
y entonces todos habremos huido;
todos tendremos nuestros diez minutos de gloria,
y quince de pánico."
Se me acaba el verano otra vez, y yo sin saber qué hacer, corriendo de un lado a otro. Para no darme cuenta de que en realidad sólo quedan tres días, trato de enlazar unos momentos con otros, y para eso me gasto más de lo que debo en cervezas, aunque guardo fuerzas y dinero para la sublime semana que viene. Y me voy al pueblo como excusa, y como razón; como medio, y como fin en sí mismo. Me mezclo con conocidos y desconocidos para tener siempre un motivo por el que reir. Me he vuelto a cortar el pelo para ver si empiezo a pie cambiado el domingo por la noche, pero me huelo la misma jugada de todos los años. Joder, qué pereza. Volver a aprenderme sesenta nombres y caras, volver a tener que ver otras cien ya conocidas. Joder, qué pereza volver a hacer como que estudio Medicina. Septiembre, pese a todo, no está tan mal. Tiene su emoción, su anonimato, sus ratos. Creo que me voy a volver a aburrir en Salamanca, así que inventaré de nuevo un motivo para mantenerme ocupado. Lo mío son los pueblos, pero como siempre me toca elegir entre Videmala y Zamora, me acabo quedando con el más pequeño de los dos. Y así podre llevar boina y palillo plano sin sentirme fuera de sitio. Y es que aunque solo tenemos un puente, nos sobra.
jueves, 18 de septiembre de 2008
Y oír, y ver.
Para David y David. A uno por la frase que me inspiró, y a otro por la terraza de noche.
"Ella tenía dos lagos azules en las órbitas, y yo le pregunté si era de no haber llorado nunca.
- Qué va -me respondio-. Son de recoger la lluvia por las mañanas en mi tierra.
- Así que no eres de aquí- seguí avanzando. Y me contó que no, que era del norte, como todo lo frío y seco [el viento, el bacalao, el vodka] Y que si había venido aquí era por casualidad.
- La casualidad no existe, afirmé, tajante, con gran convicción. Entonces giró la cabeza desde su bolso hacia mí y me miró con aquellos ojos. Me rendí, que quereis que os diga. Ella se sonrió levemente.
-Pensé que eras más duro de convencer -mientras seguía riendose. Yo, bajaba la mirada como disculpándome por no haber sido la máscara prometida.
EL caso es que se fue, un día de febrero, y no la volví a encontrar. No fue una historia desesperada. Los primeros días los achaqué a un despiste por su parte. La tercera semana pensé en unas largas vacaciones de invierno. Cinco meses después ya la di por perdida definitivamente. Escuché alguna noticia sobre su música en conversaciones ajenas, como quien oye el telediario distraidamente mientras lee un libro en otra habitación.
Yo seguí con mi vida [supongo], acostándome tarde y levantándome pronto. Pasando frío en invierno y calor en verano, escribiendo cartas a máquina y postales a mano. Bebiendo aua de día, y de noche sólo zumo. Sentado en la terraza por las noches pensaba que sería genial fumar allí, bajo las estrellas, con esa puta pose elegante que te da un cigarrillo. Pero no fumaba, así que me rendí.
Fue una noche de agosto de delante de la televisión cuando volví a acordarme de ella. No había borrado su número de mi móvil, así que podía haberla llamado en aquel mismo instante. Pero, ¿qué le habría dicho? Yo no la echaba de menos, yo no la quería, yo no había vuelto a recordarla en tres años.
Dejé el teléfono en la mesilla, salí a la terraza a no fumar, y ella y su pelo negro se fueron de nuevo.
- No te persiguen las cosas que haces -me dijo un amigo una vez-. Te persiguen las que nunca hiciste."
"Ella tenía dos lagos azules en las órbitas, y yo le pregunté si era de no haber llorado nunca.
- Qué va -me respondio-. Son de recoger la lluvia por las mañanas en mi tierra.
- Así que no eres de aquí- seguí avanzando. Y me contó que no, que era del norte, como todo lo frío y seco [el viento, el bacalao, el vodka] Y que si había venido aquí era por casualidad.
- La casualidad no existe, afirmé, tajante, con gran convicción. Entonces giró la cabeza desde su bolso hacia mí y me miró con aquellos ojos. Me rendí, que quereis que os diga. Ella se sonrió levemente.
-Pensé que eras más duro de convencer -mientras seguía riendose. Yo, bajaba la mirada como disculpándome por no haber sido la máscara prometida.
EL caso es que se fue, un día de febrero, y no la volví a encontrar. No fue una historia desesperada. Los primeros días los achaqué a un despiste por su parte. La tercera semana pensé en unas largas vacaciones de invierno. Cinco meses después ya la di por perdida definitivamente. Escuché alguna noticia sobre su música en conversaciones ajenas, como quien oye el telediario distraidamente mientras lee un libro en otra habitación.
Yo seguí con mi vida [supongo], acostándome tarde y levantándome pronto. Pasando frío en invierno y calor en verano, escribiendo cartas a máquina y postales a mano. Bebiendo aua de día, y de noche sólo zumo. Sentado en la terraza por las noches pensaba que sería genial fumar allí, bajo las estrellas, con esa puta pose elegante que te da un cigarrillo. Pero no fumaba, así que me rendí.
Fue una noche de agosto de delante de la televisión cuando volví a acordarme de ella. No había borrado su número de mi móvil, así que podía haberla llamado en aquel mismo instante. Pero, ¿qué le habría dicho? Yo no la echaba de menos, yo no la quería, yo no había vuelto a recordarla en tres años.
Dejé el teléfono en la mesilla, salí a la terraza a no fumar, y ella y su pelo negro se fueron de nuevo.
- No te persiguen las cosas que haces -me dijo un amigo una vez-. Te persiguen las que nunca hiciste."
martes, 16 de septiembre de 2008
Lo de fuera
"Tuvo una época en la que todo lo que le decían le entraba por la nariz y le salía por el oído derecho, dejándole marcado el camino, por la cisura lateral de Silvio cuesta arriba. Aquella época no la recuerda, porque cada noche se machacaba con piedras de molino el trigo de las cunetas, y hacía pan de dilemas para poder cenar algo y no marcharse con el estómago vacío al jergón. Jergón que llenaba de las pajas que le sobraban de las susodichas espigas, así estaba de manchado.
Luego vino la época de las desgracias, en la que todo el mundo se convertía en nadie, y cada vez más personajes anónimos le saludaban por las aceras. En blanco y negro iba guardando las caras, recortadas del periódico local, y las pegaba en un cuadernito amarillo, de cuadros pequeños y anillas azules. La época de las desgracias alcanzó su máximo cuando el Ibex alcanzó su mínimo y cuando se cayó de tan alto el cuaderno a un charco una mañana de lluvia, y se borró todo, sobre todo la tinta. Sobre todo las caras.
Al final llegó la época en la que le temblaba el pulso al hablar, pero se le ponía firme al escribir dedicatorias con boli Bic. Negro como el tizón. Y a cobro revertido quisiera haber hablado contigo, pero nunca le dejaste sentir, ni oir, ni ver. Sintonizó la última emisora en onda corta, trató de pensar en todo lo que llevaba puesto la última vez, se arregló el pelo y las uñas, y dejó atrás toda su vida por puro aburrimiento.
Y empezó a vivir pensando en lo de fuera."
Luego vino la época de las desgracias, en la que todo el mundo se convertía en nadie, y cada vez más personajes anónimos le saludaban por las aceras. En blanco y negro iba guardando las caras, recortadas del periódico local, y las pegaba en un cuadernito amarillo, de cuadros pequeños y anillas azules. La época de las desgracias alcanzó su máximo cuando el Ibex alcanzó su mínimo y cuando se cayó de tan alto el cuaderno a un charco una mañana de lluvia, y se borró todo, sobre todo la tinta. Sobre todo las caras.
Al final llegó la época en la que le temblaba el pulso al hablar, pero se le ponía firme al escribir dedicatorias con boli Bic. Negro como el tizón. Y a cobro revertido quisiera haber hablado contigo, pero nunca le dejaste sentir, ni oir, ni ver. Sintonizó la última emisora en onda corta, trató de pensar en todo lo que llevaba puesto la última vez, se arregló el pelo y las uñas, y dejó atrás toda su vida por puro aburrimiento.
Y empezó a vivir pensando en lo de fuera."
lunes, 15 de septiembre de 2008
Ella dijo
Yo no sirvo para hacer las cosas largas
-me decía mi chica-
así que una mañana tomé una decisión
y empecé a reducir el tamaño de lo que hacía.
Los paseos, las siestas, los polvos
las horas, las comidas, las palabras.
Llegó por fin una mañana
-yo no sirvo para hacer las cosas largas-
en que ella se había ido a comprar
y yo tenía el periódico abierto
por sucesos
viendo como la gente se mataba, y pensé
¿es mi vida larga?
Me tumbé a mirar el sol
-en lo que volvía mi chica con el coche-
cerré el periódico,
cerré los ojos.
¿Quién sabe cuánto dura una función de teatro?
Yo no sirvo para hacer las cosas largas.
-me decía mi chica-
así que una mañana tomé una decisión
y empecé a reducir el tamaño de lo que hacía.
Los paseos, las siestas, los polvos
las horas, las comidas, las palabras.
Llegó por fin una mañana
-yo no sirvo para hacer las cosas largas-
en que ella se había ido a comprar
y yo tenía el periódico abierto
por sucesos
viendo como la gente se mataba, y pensé
¿es mi vida larga?
Me tumbé a mirar el sol
-en lo que volvía mi chica con el coche-
cerré el periódico,
cerré los ojos.
¿Quién sabe cuánto dura una función de teatro?
Yo no sirvo para hacer las cosas largas.
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