miércoles, 12 de enero de 2022

El día después


El jefe murió. Eran los días en que la policía del amor patrullaba las esquinas. Aparecían de la nada en los callejones más oscuros con el coche camuflado y varias veces abandoné cervezas a medio beber por miedo a sanciones de ciento y un día de destierro menor.

 

El jefe murió y yo vivía en la carretera en aquellos tiempos así que la noticia me pilló fuera de casa. Los dedos ensangrentados del forense se abrían paso entre la carne hasta alcanzar el techo de la capilla sixtina por disección roma, los suspiros cayendo más repartidos que la lotería de navidad, de modo que cuando llegué se habían desmontado los catafalcos del féretro y de la coronación.

 

Para mí los velatorios estaban cerrados y no se me admitía en las camarillas conspiratorias por la tibieza caracterial con la que despachaba aquellos asuntos. Grabé varias letras en la banda que circundaba la corona de flores:rey de la nada del  más allá. Al morir el jefe quedaba el trono vacío y la orquesta comenzó a sonar con una cacofonía: ruido de sables, susurros en el viento, tambores de guerra. Decidí esperar a batir palmas hasta que atacasen la marcha Radetzky y mientras tanto me mantendría impávido como esos japoneses que invierten la nómina en un asiento de la mañana vienesa.

 

Cuando murió el jefe fuimos repudiados por la familia. Nuestros nombres sin caras ardieron para iluminar el ambiente de muchos cafés presumiblemente poblados de sillones tapizados con escai verde y mucho humo flotando. La amalgama de palabras donde todo empezaba y acababa se nutría de traiciones a las que sometimos al moribundo. Porque el jefe murió, pero lo hizo en el poder que ya no ejercía más que fácticamente, mientras los barrefondos dejábamos cristalina el agua de aquella piscina. Creo que eso no fue objeto de debate en ningún café. Tampoco limpió la repudia de la familia.

 

Como de costumbre imaginé conversaciones en las que la réplica teatral acudía rauda en mi ayuda y, sin embargo, nadie me dio el pie de entrada. Me escondí como un oficinista más a contemplar el desarme de las potencias que firmaron el armisticio en un vagón. Percibí que los huecos se rellenaban con la forma exacta dejada por el anterior propietario. Entendí que la sucesión era una cadena de eslabones brillantes más de esclavo que de orfebrería y que había almas voluntariosas deseando añadirse un peso en el tobillo.

 

El jefe murió y fue un amanecer de luz clara en el que las alimañas salieron de sus escondrijos invernales. Desterrados, olvidados, represaliados, ofendidos y rencorosos formaron una fila ante la ventanilla única donde recogían el formulario para enumerar las cuentras pendientes que no habían tenido oportunidad de saldar pero que satisfarían, aparentemente, con el mero hecho de nombrarlas en voz alta.

 

El jefe murió y a la semana siguiente continuaban mandando los mismos.




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